Juana Colón: la mujer que el periódico no quiso nombrar

Empiezo en la Biblioteca Hemeroteca Puertorriqueña digital, no en la sala fría de periódicos encuadernados. Estoy frente a la luz azul del monitor, que se refleja en mis pupilas secas mientras avanzo por las páginas escaneadas de periódicos antiguos de 1919. No hay crujido de papel ni olor a humedad. Solo el clic repetido del mouse, los golpes de las teclas, el cansancio que se acumula en la espalda y en el cuello. A veces me obliga a detenerme, a estirar los hombros y a respirar hondo antes de seguir. Me detengo unos segundos. Lo suficiente para que el cuerpo reclame su límite y la historia, su continuación.

Continúo, porque la historia que se esconde entre columnas torcidas, con la tinta gastada y los telegramas, es más fuerte que la incomodidad de mi silla, más insistente que el dolor y más urgente que la pausa que mi cuerpo exige. Sigo navegando, aunque no sé bien hacia dónde.

Voy a explicar primero qué es lo que ando rastreando. La prensa nombra a las mujeres —o no las nombra— según su clase, su oficio y el tipo de transgresión que cometen.

Mientras avanzo, descubro que la huelga tabacalera “que en esos días estremecía a Caguas, Coamo, Manatí y Comerío” aparece siempre en los márgenes del diario, como si la presencia masiva de mujeres en la calle no mereciera ocupar el centro. El Imparcial del 2 de mayo de 1919 tiene su primera plana dominada por cables internacionales, discursos del Kaiser y noticias de la guerra europea. La segunda columna se llena de incendios, renuncias, inspectores, alcaldes y bailes de sociedad. La tercera habla de estadísticas, de Malthus, de Rusia y Francia. Como si parte del globo terráqueo cupiera en esas páginas, menos la realidad inmediata de las obreras que sostenían la industria del tabaco.

Solo en una columna lateral, casi escondida, aparece un titular que menciona a las mujeres en huelga. Pero lo hace sin nombrarlas. Las reduce a cifras que se acumulan sin rostro: setenta y ocho en Caguas, ciento cincuenta en Coamo, seiscientas en Manatí. La prensa puede contarlas, pero no puede nombrarlas. Es más importante el pueblo que sus cuerpos invisibles.

No es casualidad. En el primer ensayo de esta serie, “Los obreros sin voz”, mostré cómo la historiografía tradicional convierte a los sujetos populares en masa deforme y en fuerza de trabajo anónima. Allí el borrado era producto del academicismo burgués. Aquí, además, opera una violencia de género: las mujeres no solo son masa, sino que ni siquiera merecen ser contadas una por una. La prensa no necesita sus nombres, con los números le basta. 

En esas mismas páginas, los nombres femeninos aparecen con una claridad inquietante cuando se trata de registrar delitos o tragedias domésticas: una mujer que altera la paz, otra acusada de agresión, una tercera por adulterio y una cuarta como víctima de un asesinato. Todas tienen nombre, la prensa se lo otorga sin reparos. Pero cuando se trata de mujeres que ejercen la acción política “las huelguistas, las que se toman la calle, las que desafían al patrón y a la policía” los nombres desaparecen. Las mujeres tienen nombre cuando encarnan el desorden o la desgracia. No cuando encarnan la lucha colectiva. La prensa produce así una jerarquía: unas mujeres son nombradas y otras apenas contadas. Esa jerarquía no terminaba en las obreras. Había mujeres a quienes ni siquiera se les concedía el estatuto de cifra.

Hasta aquí, a las obreras se les reduce a números. Pero la prensa tiene otra capa de violencia más profunda para quienes no entran ni siquiera en esa lógica.

Pero hay un escalón aún más bajo en esa jerarquía. El 18 de agosto de 1919, el mismo periódico El Imparcial publica una columna firmada por el “Dr. Banilla” sobre las “mujeres de vida inquieta”. No se refiere a obreras, sino a trabajadoras sexuales. Aquí el periódico no solo se niega a nombrarlas individualmente, sino que las convierte en algo peor que cifras anónimas: las animaliza (“perras sin perreras”), las patologiza (“focos de infección”, “germen fatal”), las acusa de amenazar a la “generación enferma, putrefacta, sifilítica”. Ni siquiera merecen ser contadas. Merecen ser higienizadas, reglamentadas y encerradas. El Dr. Banilla no pregunta por sus nombres, ni por sus historias, ni por las razones que las llevaron a “andar errantes”. Solo las nombra como problema. El periódico, cuando no puede ignorarlas, las convierte en epidemia. Ese es el destino de las mujeres que ni siquiera encajan en el orden burgués del delito o la desgracia doméstica. Ser borradas como sujetos y reescritas como enfermedades.

Para entender la jerarquía que produce el periódico, es conveniente mirar a quién sí le da nombre y voz.

El contraste se vuelve aún más evidente al día siguiente. En El Imparcial del 3 de mayo de 1919 aparece una columna firmada por Sarah Casalduc, que escribe sobre “la mujer moderna” desde un registro moral e intelectual que la prensa sí considera digno de publicación. Casalduc habla de la inteligencia femenina, de la educación, de la patria. Lo hace desde un lugar que la prensa reconoce como legítimo: la mujer que piensa, pero que piensa dentro de los límites de la respetabilidad burguesa. Esa mujer tiene nombre, firma, espacio y voz. La mujer obrera no.

Incluso cuando la voz de los huelguistas aparece en un comunicado del Comité Conjunto en El Imparcial, 5 de mayo de 1919 la firma es masculina. Modesto Calderín y Lupercio Arroyo hablan en nombre de los “torcedores”. Agradecen a empresarios, comerciantes y dueños de cines. Describen la lucha desde una perspectiva que invisibiliza por completo a las despalilladoras, aunque eran ellas quienes sostenían la mayor parte del trabajo y del conflicto. El borrado, entonces, no es solo un gesto de la prensa burguesa. Es también una práctica del propio movimiento obrero, que reproduce sin cuestionarlo un lenguaje masculinizado. Las mujeres quedan absorbidas en un plural neutro que no las reconoce como sujeto político. La historiadora María de F. Barceló Miller lo ha mostrado con claridad en La lucha por el sufragio femenino en Puerto Rico, 1896–1935, el discurso oficial de la Federación Libre de Trabajadores (FLT) proclamaba igualdad, pero en la práctica mantenía a las mujeres en los márgenes. Sin acceso a los espacios de decisión, sin voz en los comunicados y sin reconocimiento en la memoria sindical. La igualdad era un principio; la exclusión, una costumbre.

Meses antes, en febrero de 1919, El Imparcial había dedicado dos páginas a otra mujer con nombre propio: Ana Roqué viuda de Duprey, educadora, sufragista y directora de La mujer del siglo XX. Su nombre aparece decenas de veces en una columna firmada por J. E. Lévis. Pero no para celebrarla. La llama “Kaiser”, se burla de sus “fiebres de Parlamento” y de su “senadomanía”, y le dice “Aguántese, doña Ana”. Incluso cuando la prensa nombra a una mujer —si es de clase media, educada, respetable— lo hace para ridiculizar sus aspiraciones políticas. El nombre no garantiza respeto; garantiza visibilidad para la difamación. Las obreras del tabaco, en cambio, ni siquiera merecen ser insultadas. Para el periódico, ellas no tienen opiniones que rebatir. Solo tienen cuerpos que contar en cifras, y luego olvidar.

El 22 de septiembre de 1919, El Imparcial repite la fórmula: “Desde hace tres semanas se declararon en huelga las mujeres” del taller de William Shaw, pero no da ni un nombre ni una cifra. Los hombres de los muelles, en cambio, aparecen desglosados por oficio. La prensa puede narrar la huelga de ellas sin nombrarlas, porque para el archivo las mujeres obreras no necesitan identidad. Solo su presencia colectiva importa, y solo mientras dure el conflicto. 

Voy a detenerme en un caso que lo muestra con toda crudeza. En una misma noticia, los hombres tienen nombre y apellido. Las mujeres son anónimas. 

El mismo patrón se repite en Comerío, el jueves 10 de abril de 1919, en una huelga de escogedoras de tabaco de la fábrica “Porto Rico Leaf”. El Imparcial titula: “Un motín en Comerío. Un muerto y cinco heridos”. Las protagonistas son ciento cincuenta mujeres que piden que las “pesadas sean de nueve libras en vez de once”. Pero el periódico no las nombra. Son “las escogedoras”, “las huelguistas”, “las obreras”. Nunca “María” o “Juana”. En cambio, los hombres que intervienen en el conflicto —muertos, heridos, policías— tienen todos nombre y apellido: Vicente Rodríguez (muerto), Cirilo García (herido), Alfonso Hernández, Benito Ramírez, el cabo Costa, el policía Raimundo A. Pérez. También hay arrestados: “cuarenta y cinco de los amotinados, entre ellos once mujeres”. Las mujeres, otra vez, son una cifra dentro de una cifra. La prensa puede contar los cuerpos femeninos, pero no nombrarlos. Incluso cuando una de ellas muere o es arrestada, el archivo no registra su identidad. El contraste es inapelable: los hombres tienen biografía en la noticia y las mujeres, solo demografía.

Para las obreras, el sufragio no era un símbolo de progreso moral, sino una herramienta para combatir la miseria, el hambre y la explotación.

Todo lo que he contado hasta aquí era el preámbulo. La prensa pudo nombrar a las obreras como cifras, a las trabajadoras sexuales como plagas y a las sufragistas como ridículas. Pero hay una mujer a la que el periódico ni siquiera se molestó en registrar. El Estado, en cambio, la castigó con furia. Se llamaba Juana Colón.

Pero hay algo más, algo que la prensa no podía nombrar porque ni siquiera lo veía. Juana Colón era hija de esclavos libertos. Eso no es un detalle biográfico: es una marca jurídica, social y económica que la ubicaba en el estrato más bajo de la sociedad colonial. Las lavanderas como ella —que caminaban kilómetros con ropa ajena sobre la cabeza, expuestas a las crecidas de los ríos— realizaban un trabajo feminizado y racializado. La historiadora Glorimar Rodríguez González recuerda que su oficio era uno de los más precarios y peligrosos: un golpe de agua podía arrastrarlas y nadie las registraba en ninguna estadística. El censo de 1910 registraba 160 lavanderas solo en Comerío, y más de veinticinco mil en toda la isla. Cobraban doce centavos por una docena de piezas, lavadas a mano sobre las piedras del río. Ninguna de esas mujeres tenía nombre en los periódicos. El socialismo de la FLT hablaba de clase, pero no supo nombrar la raza. Por eso Juana no cabía en sus filas. Por eso, décadas después, la recordamos como “la Juana de Arco de Comerío” —blanca, europea, cristiana— y no como la mujer negra que curaba con hierbas y hablaba de precariedad y levantamientos desde la orilla del río.

Juana Colón era hija de esclavos libertos.

Después de ver cómo el periódico trataba a las mujeres anónimas, quise buscar a una dirigente con nombre propio de Comerío.

Aquí debo hacer una pausa y contar algo que busqué y no encontré. Pasé horas rastreando el nombre de Juana Colón en las páginas de El Imparcial de 1919. Revisé los días de la huelga, los días siguientes, las columnas de avisos judiciales, los listados de multas, los embargos y las deudas. No encontré nada. Ni una sola línea que registrara su arresto. Ni una sola nota que mencionara los 800 dólares de multa. La prensa burguesa, que había reducido a las huelguistas a cifras anónimas, también se encargó de borrar el castigo ejemplar que el Estado le impuso a la mujer más peligrosa de Comerío. No tuve suerte en la hemeroteca digital. Pero la memoria popular y la historiografía reciente sí guardaban ese dato. Fue entonces cuando encontré lo que el periódico había silenciado.

Lo que sí está documentado en las fuentes secundarias es que Juana Colón recibió la multa más alta entre los detenidos. El historiador Wilson Torres Rosario, quien fue profesor en la escuela que hoy lleva su nombre, lo confirma con palabras precisas: “de todas las personas arrestadas y llevadas al cuartel, haya sido Juana Colón a quien se le impuso la multa más alta, 800 dólares, que en aquel momento era realmente una fortuna”. También la historiadora Rodríguez González, en su artículo “La Juana de Arco de Comerío”, señala que Colón fue arrestada y que se le impuso una multa de 800 dólares. Si la prensa que analicé de 1919 no consideró necesario asentar ese hecho, la memoria popular y la historiografía reciente se han encargado de no olvidarlo. El Estado sabía quién era Juana Colón, aunque los titulares no la nombraran. Sabían que era peligrosa. Sabían que su voz movía cuerpos. Por eso la castigó con una multa que ninguna lavandera podría pagar. Esa multa —aunque no aparezca en la columna que quería encontrar— se ha vuelto el testimonio histórico más elocuente que cualquier editorial o crónica de sociedad.

Juana nació en 1886 en el barrio Río Hondo de Comerío, hija de esclavos libertos. Creció como agregada en la hacienda cafetalera de Julián Colón, terrateniente del pueblo, de quien ella y su familia tomaron el apellido. Lavandera desde niña. Viuda y madre soltera cuando llegó al pueblo en 1912. Nunca trabajó dentro de una fábrica de tabaco, pero se solidarizó con las despalilladoras porque el conflicto era también el suyo: el de quienes sostenían una economía que no las nombraba. Era analfabeta. Su oratoria, corporal y directa, no era un don excepcional sino una práctica política construida desde la precariedad. Eso, y no una virtud heroica, fue lo que el Estado quiso silenciar con 800 dólares. Pero Juana no era solo el blanco del silencio. Era también su interruptora. En el río compartía jornada con otras lavanderas y las escuchaba: los salarios miserables, las responsabilidades como madres solas, el miedo a los golpes de agua. Fue ahí donde construyó su política, no en un congreso obrero ni en una tribuna formal, sino en el único espacio que el orden colonial le dejaba. De ese río bajaba luego al pueblo envuelta en una bandera socialista roja, cantando. El licenciado William Fred Santiago Vázquez la recordó así décadas después: “bajaba de la loma del Cielito, gritando, cantando… ‘la unión nos salvará, abajo los infames y traidores’”. Cuando llegaba a las esquinas de Comerío desafiaba a lo que ella misma llamaba las “viejas llenas de talco en los balcones”. Analfabeta, negra, descendiente de esclavos, sin derecho al voto que defendía desde las tribunas: esa es la Juana que el archivo no quiso nombrar. No porque no existiera, sino porque existía demasiado. En la huelga de 1919 hubo disparos, heridos y muertos. Juana fue arrestada. Recibió la multa más alta. En los años siguientes fundó la Primera Sección Socialista de Comerío. Habló en tarimas, denunció a los que abusaban del poder económico, defendió el sufragio femenino desde el hambre, desde el salario miserable y desde la certeza de que votar era una herramienta para sobrevivir.

Bajaba de la loma del Cielito, gritando, cantando… “la unión nos salvará, abajo los infames y traidores”

La historiadora Rodríguez González en su artículo la llama “la Juana de Arco de Comerío”. Aunque rescata su figura, ese apodo tan heroico se vuelve otra forma de borrarla. La convierte en símbolo moral, no en sujeto político. La cristianiza, la blanquea y la despolitiza. Las fuentes orales la describen alta, negra, de facciones gruesas y con un pañuelo blanco en la cabeza. La Juana que me interesa no es la santa, sino la mujer que organizó huelgas, que enfrentó a capataces armados, que habló sin leer, que sostuvo a su familia sola, que caminó kilómetros con ropa ajena sobre la cabeza y que fue castigada por el Estado porque sabía movilizar a otras mujeres.

Pero el registro no solo está en los periódicos. También está en las calles, en las escuelas y en la memoria de los pueblos. Hoy una escuela en Comerío lleva el nombre de Juana Colón. Una organización sin fines de lucro se llama Casa Juana Colón y atiende problemas de mujeres desde una perspectiva de género. En el barrio, los mayores aún cuentan que ella curaba con yerbas y que nunca cobraba. Ese es otro tipo de memoria: no necesita papel ni certificación. Se transmite de voz en voz, y el socialismo tradicional nunca supo qué hacer con ella.

Escribo su nombre porque la prensa no quiso escribirlo, pero eso no basta. El archivo también escribe nombres, pero los inscribe en el catálogo de la falta, el desorden o la desgracia. Nombrar no es redimir. La pregunta no es si Juana Colón aparece, sino cómo aparece cuando se menciona. Mi trabajo no termina cuando escribo su nombre. Más bien, empieza cuando aprendo a leer el silencio que lo rodea. Cuando entiendo que el registro no olvida: archiva, clasifica y jerarquiza. Que archivar es a veces la forma más eficaz de enterrar y silenciar.

Juana Colón no está sola en este silencio. Mientras escribía estas páginas, mientras dudaba de mi propia memoria frente al monitor cansado, aparecieron otros nombres. Otras voces que el archivo tampoco quiso guardar. Algunas ni siquiera tienen un apodo que las santifique. Otras apenas son una línea en un censo, un pie de foto sin fecha o un rumor que alguien susurró. La pregunta que abre Juana Colón no se cierra aquí: ¿Quién más fue olvidado por el mismo socialismo que decía representarlos? ¿Quién más fue olvidada por la historia que debía rescatarla? Nombrarlas no es redimirlas. Pero tal vez sea el primer paso para aprender a escuchar de otra manera. Juana Colón caminó kilómetros con ropa ajena sobre la cabeza. Ese peso no desapareció cuando el archivo decidió no verla. Sigue ahí, esperando que alguien aprenda a cargarlo con ella. 

Imagen: Colectiva Feminista en Construcción

Author: Christian Vélez Pagán

Historiador egresado del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, donde completó su doctorado en Historia de Puerto Rico. Su investigación se centra en el movimiento obrero y las transformaciones sociales de la historia contemporánea puertorriqueña. Su trabajo busca rescatar las voces del pueblo trabajador y aportar a una comprensión más profunda de las dinámicas históricas que configuran el presente puertorriqueño.