El fuego no se apaga con metáforas: una crítica marxista a «El fuego que la ortodoxia no ve»

El capitalismo mundial se tambalea bajo el peso de una crisis orgánica que sacude cada poro de la sociedad. En Puerto Rico, esta realidad golpea con saña redoblada: una inflación asfixiante devora los salarios, el desempleo estructural empuja a nuestra juventud a la emigración forzosa y la caída en picada del nivel de vida reduce la existencia de la clase trabajadora a una lucha desesperada por la supervivencia. Esta descomposición de la base económica no ocurre en el vacío; determina directamente el colapso de la superestructura política. Lo vemos en la quiebra colonial y el descrédito absoluto de las instituciones criollas, títeres de la Junta de Control Fiscal burguesa. También lo vemos en la aceleración de las guerras imperialistas a nivel internacional, en las que las potencias se disputan el saqueo de los mercados mundiales. Frente a este escenario de barbarie inminente, la clase obrera y la juventud demuestran una rabia latente y una disposición combativa que la intelectualidad es incapaz de encauzar.

Es en este momento de polarización cuando el reformismo redobla sus esfuerzos por desarmar ideológicamente a los explotados. El reciente artículo publicado en Bandera Roja, titulado «El fuego que la ortodoxia no ve», firmado por Christian Vélez Pagán, es una muestra perfecta de esta capitulación. Bajo una prosa lírica impregnada de romanticismo, el autor lanza un ataque directo contra el internacionalismo marxista de la Internacional Comunista Revolucionaria (ICR), acusa al materialismo dialéctico de ser «eurocéntrico» y pretende sustituir las leyes científicas de la economía política por el fetiche del «marxismo decolonial». Vélez Pagán contrapone, de forma artificial, la explotación de la mujer que monda plátanos en la avenida Ponce de León o la del obrero en el taller de Barrio Obrero con la universalidad del concepto de plusvalía, argumentando que la «herida colonial» sitúa a nuestra clase fuera de los manuales del «marxismo tradicional».

«El fuego que la ortodoxia no ve» acierta al exigir que el marxismo mire de frente la historia colonial, la esclavitud y el racismo en Puerto Rico. Pero de ahí salta a una conclusión que no demuestra ni es capaz de demostrar: que la universalidad del método marxista borra las particularidades de nuestra experiencia. El artículo convierte una crítica válida a la aplicación mecánica de la teoría en una impugnación de la teoría misma. Y al hacerlo, deja sin respuesta las preguntas decisivas: ¿Qué relaciones materiales producen y reproducen hoy la explotación capitalista? ¿Cómo acabar con esa explotación?

Ni la explotación ni la crisis son abstracciones importadas de Europa. Se sienten en el precio de la compra, en los salarios que no alcanzan, en el empleo precario, en las pensiones amenazadas y en los apagones que interrumpen la vida cotidiana. La emigración y la austeridad vacían las comunidades, mientras la deuda y los intereses privados pesan sobre los servicios públicos. Esa base económica colonial se expresa en una superestructura política subordinada al capital financiero: una Junta que impone recortes, instituciones incapaces de responder a las necesidades populares y un Estado que protege la propiedad y los pagos a los acreedores. En el plano internacional, la competencia imperialista y las guerras trasladan sus costos a los trabajadores, aquí y en todas partes.

Ni la explotación ni la crisis son abstracciones importadas de Europa.

Llamar la atención sobre esa realidad concreta no refuta el materialismo histórico. Al contrario, exige aplicarlo. La universalidad marxista no significa que Francia, Ghana y Puerto Rico tengan la misma historia, ni que la explotación adopte formas idénticas. Significa que podemos investigar las relaciones sociales que conectan esas historias: quién posee los medios de producción, quién vende su fuerza de trabajo y cómo la acumulación capitalista organiza la desigualdad. El propio artículo de Bandera Roja reconoce que la plusvalía en el Caribe se originó a partir de la esclavitud y de la plantación. Esa observación no invalida las categorías marxistas; muestra por qué hay que estudiar la formación social concreta del capitalismo en la región. De lo contrario, repetiríamos mecánicamente el siguiente silogismo aristotélico: EE.UU. es capitalista y Haití es capitalista; por lo tanto, EE.UU. es igual a Haití. 

La imagen de la trabajadora que pela plátanos, del obrero migrante o de las centrales abandonadas puede abrir una discusión política. No la resuelve por sí sola. La literatura y la memoria hacen visible el sufrimiento; para explicar sus causas, hay que ir más allá de la metáfora. ¿Cómo se conectan el racismo en el empleo, la precariedad, la división entre trabajadores y la ganancia patronal? ¿Qué clase controla los recursos y las decisiones? Sin contestar esas preguntas, la experiencia corre el riesgo de quedar como testimonio moral: poderoso, pero sin una estrategia para transformar las condiciones que la producen.

Aquí, la crítica del camarada Ubaldo Oropeza —que, dicho sea de paso, es mexicano y no europeo— al llamado «marxismo decolonial» nos ofrece herramientas útiles. Señala que cambiar el lenguaje o «descolonizar» el pensamiento no transforma por sí solo las relaciones de propiedad; que combatir el neoliberalismo sin luchar contra el capitalismo deja intacta la fuente de la explotación; y que confiar en fortalecer el Estado burgués —bajo el anhelo de un capitalismo más democrático y humano— puede convertir la esperanza popular en la administración del mismo orden de explotación. También advierte contra proyectos que prometen una sociedad distinta para un futuro indefinido, mientras les piden a los trabajadores que esperen pacientemente ese mundo mejor. Son críticas fundamentales al «marxismo decolonial» que merecen nuestra atención, porque una praxis revolucionaria debe preguntarse qué fuerza social puede transformar la sociedad y qué poder tendrá que enfrentar. 

El marxismo no gana nada minimizando la persistencia del racismo, del sexismo, de la violencia colonial o del despojo territorial. Debe explicar cómo operan en una sociedad de clases y organizar la lucha contra estas opresiones como parte de la lucha común de los sectores explotados.

Tampoco basta con decir que las ideas reflejan la realidad material y dar por cerrado el debate. Las ideas, las instituciones y las formas de identidad se desarrollan en condiciones históricas concretas y pueden influir en la lucha de clases. El racismo no es un simple error de pensamiento ni el producto de la maldad del «hombre blanco»: sirve para justificar jerarquías, segmentar la fuerza laboral y descargar los costos de la crisis sobre sectores específicos. En Europa existió —y existe— el racismo de blancos contra blancos, mientras que en África existió —y existe— el racismo de negros contra negros. Combatir el racismo requiere unidad de clase de los explotados contra los explotadores, pero una unidad construida mediante la lucha efectiva contra la opresión, no mediante el silencio sobre ella. La solidaridad obrera no surge automáticamente; se organiza.

El punto más débil de «El fuego que la ortodoxia no ve» es que presenta la universalidad como si fuera necesariamente la voz de una oficina europea que dicta pautas desde la lejanía. Pero una categoría no se vuelve inútil por su lugar de origen: se juzga por su capacidad para explicar la realidad y orientar la acción. Así pues, la ley de la gravedad se aplica tanto en Europa como en las Américas. Igual ocurre con la explotación capitalista: no importa que el explotado use un mameluco azul o se monte diariamente en una pisa y corre para llegar a un taller en Barrio Obrero.

El análisis marxista no exige copiar una revolución ni calcar una historia. Exige partir de las condiciones concretas, reconocer el desarrollo desigual y combinado del capitalismo y construir una estrategia capaz de unir las luchas de trabajadores, mujeres, jóvenes, comunidades racializadas y sectores colonizados contra el poder que las fragmenta. Como bien dijo Lenin en 1904: «El principio fundamental de la dialéctica es: no hay verdad abstracta, la verdad siempre es concreta»

Esa tarea no cabe en la espera de un cambio cultural futuro ni en la promesa de reformar indefinidamente un Estado subordinado al capital. Tampoco se cumple con una identidad política que no señale quién controla la economía ni cómo arrebatarle ese control. Hace falta una dirección revolucionaria capaz de enlazar las demandas inmediatas —salarios, vivienda, servicios, derechos y soberanía— con la lucha por expropiar a la burguesía y poner los recursos bajo control democrático de la clase trabajadora, fuente de toda riqueza. Frente al imperialismo, esa perspectiva requiere solidaridad internacional: ningún pueblo puede emanciparse de manera duradera si su economía sigue atada a los intereses de una clase capitalista, tanto a nivel local como mundial.

La crisis orgánica del capitalismo no ofrece una salida automática. Puede prolongar la miseria, alimentar la reacción y multiplicar las guerras; también puede abrir el camino a grandes combates sociales. La fuerza para cambiar el rumbo existe en la clase obrera y en la juventud, que sostienen la vida diaria y ya se movilizan contra la austeridad, el racismo y el despojo. Lo que falta es una organización que convierta esa fuerza en conciencia, programa y acción común.

Sobre todos estos asuntos podemos dialogar. Podemos tomar café y elucubrar hasta el amanecer sobre la inmortalidad del cangrejo. Pero si en realidad nos preocupa la mujer que lleva treinta años pelando plátano y yuca, tenemos la obligación de descender a tierra firme y buscar la forma de que esta pueda liberarse. No debemos contemplar la realidad ni limitarnos a interpretarla de una u otra manera.  En este sentido, para quienes somos marxistas, hay pocas lecciones más importantes que la expresada por Marx cuando sentenció:  «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.»

La crisis actual evidencia la necesidad urgente de una revolución social para transformar la realidad. La inmensa mayoría de los seres humanos en este planeta vive en condiciones de precariedad porque un puñado de capitalistas se apropia de nuestro trabajo, sin importar si somos hombres o mujeres, blancos o negros, puertorriqueños o estadounidenses, latinoamericanos o europeos. Para que podamos vivir, el capitalismo debe morir. Cualquier otra consideración o perspectiva solo servirá para justificar la permanencia de la explotación y, con ella, todas las formas de opresión, sean raciales, de género o coloniales.

Por tal razón, es urgente construir el partido revolucionario: una organización capaz de aprender de la experiencia internacional, ya sea europea, africana, latinoamericana o asiática, y que se prepare para dirigir la lucha contra el capitalismo y combatir toda forma de opresión. A quienes comparten esa perspectiva, y para apagar ese fuego, les llamamos a organizarse con la Internacional Comunista Revolucionaria.

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Author: Carlos Quirós Méndez

Carlos Quirós Méndez es abogado laboral y educador sindical. Por espacio de veinte años fue Director del Instituto Laboral de Educación Sindical (ILES). Ha sido cofundador de la Coordinadora Sindical (CS), el Partido del Pueblo Trabajador (PPT), el Movimiento Victoria Ciudadana (MVC) y la Casa de Estudios Sindicales (CES). Actualmente es editor de la revista digital RumboAlterno.net