La extrema brutalidad policial desatada contra los estudiantes de secundaria que protestaban tenía como objetivo sofocar el movimiento. Pero ocurrió justo lo contrario: el movimiento sacó nuevas fuerzas de ello, se ganó el apoyo de muchos docentes y se extendió a cientos de preparatorias más. Los universitarios —evidentemente solidarios con los estudiantes de secundaria— han comenzado a movilizarse.
Las imágenes de la violencia policial causaron una fuerte conmoción entre la abrumadora mayoría de la población. Millones de jóvenes y trabajadores están consternados e indignados por la odiosa respuesta del Gobierno ante un movimiento que denuncia condiciones de estudio indignas de un país «desarrollado», así como el carácter cada vez más desigual del sistema educativo.
Bajo la presión de la indignación masiva, la dirección de la CGT está llamando a los trabajadores a movilizarse —«incluso mediante la huelga»— para participar en las manifestaciones de los estudiantes de secundaria organizadas para el 6 de octubre. Las estructuras locales, regionales y sectoriales de la CGT y de otras confederaciones están llamando más directamente a una huelga para proteger a la juventud movilizada y apoyar sus reivindicaciones legítimas.
Al recurrir al gas lacrimógeno, a las palizas, a las lesiones y las detenciones, el gobierno ha puesto de relieve precisamente lo que buscaba evitar: que las protestas se extiendan a toda la clase trabajadora.
¿Hacia un nuevo mayo del ’68?
Cualquiera que conozca la historia del Mayo del ’68 no puede dejar de sorprenderse por las similitudes en la secuencia de los eventos hasta este momento. A principios de mayo de 1968, una movilización estudiantil fue reprimida ferozmente por la CRS, policía antidisturbios francesa. La brutalidad policial de la «noche de las barricadas», el 10 de mayo, desató una ola de indignación tan poderosa que las direcciones sindicales se vieron obligadas a convocar una huelga general de protesta de 24 horas, el 13 de mayo, que fue un enorme éxito —y el inicio de una crisis revolucionaria (para gran disgusto de las direcciones sindicales).
En ese entonces, como ahora, el periódico Le Monde, temiendo una explosión social, había instado al Gobierno a moderar la represión y cambiar de estrategia. Tanto entonces como ahora, la autoridad del jefe del Estado estaba completamente erosionada. En el poder desde el 1 de junio de 1958, De Gaulle fue duramente criticado por los manifestantes, que clamaban: «¡Diez años, ya basta!». Con unos pocos meses de diferencia, esta consigna se adapta perfectamente al movimiento actual y a los sentimientos de odio que Macron suscita en amplios sectores de la población.
Estas similitudes no son casualidad: son características del inicio de una crisis prerevolucionaria. Esto no significa necesariamente que el país vaya a embarcarse, en los próximos días, en un movimiento de la magnitud de la gran huelga general de mayo y junio de 1968. Pero es claramente una posibilidad, en un contexto de subida vertiginosa de los precios de los combustibles, de un presupuesto de austeridad y de una efervescencia social que se ha manifestado desde principios de septiembre, como lo demuestra el enorme éxito de las convocatorias a una gran movilización popular el 17 de octubre.
Al igual que en mayo del 68, las direcciones de las confederaciones sindicales no están haciendo nada para avivar las llamas de la revuelta. Al contrario, tratan de controlar el movimiento. Recurren al Gobierno para pedirle que «calme los ánimos». En mayo del 68, esta estrategia fracasó: el movimiento se había escapado por completo del control de las direcciones sindicales.

¡Movilízate para defender a los estudiantes!
No se puede predecir qué sucederá en los próximos días y semanas. Sin embargo, sí podemos decir cuál debería ser —en nuestra opinión— la estrategia y el programa de los militantes políticos y sindicales más combativos.
Empecemos por lo obvio: ningún «día de acción», por más masivo que sea, hará que el gobierno de los ricos ceda ni siquiera un centímetro. Solo tiene una cosa en mente: imponer un presupuesto de austeridad para intentar contener la crisis de la deuda pública, que empeora día a día.
Si los alumnos de secundaria y los estudiantes universitarios se quedan solos en primera línea después del 6 de octubre, el Gobierno intentará desarticular el movimiento combinando la represión policial, las promesas vacías y las «concesiones» simbólicas. Solo una movilización masiva y duradera de la clase obrera permitirá frustrar este escenario.
Es cierto que «una huelga general no se puede decretar», como recuerdan sin cesar los dirigentes sindicales, quienes, sin embargo, no proponen ninguna alternativa. No se puede «decretar», pero sí podemos esforzarnos por organizarla. Hay que lanzar una amplia campaña de agitación, basada en un programa ofensivo, en todos los sectores de la economía. Esta es la única forma de medir la combatividad de los diversos sectores de la clase trabajadora y, a partir de ello, elaborar un plan de batalla concreto.
Los sectores más militantes de la clase obrera, los más combativos, los más preparados para la lucha, deben movilizarse ya —el 6 de octubre y los días siguientes— junto a los alumnos de secundaria y los estudiantes universitarios, aunque solo sea para protegerlos de la violencia policial. Si cientos de miles de trabajadores dan ejemplo, al día siguiente del 6 de octubre, enviarán un mensaje contundente a toda nuestra clase.
¡Abajo el gobierno de los ricos!
El programa de lucha del movimiento es una parte fundamental de la ecuación. La juventud exige condiciones de estudio dignas, pero también el fin de la violencia y del acoso policial, del racismo de Estado, del sistema de acceso a la universidad Parcoursup1, del desempleo y de los empleos precarios a los que está condenada. Tras un verano infernal, también exige medidas radicales para enfrentar la crisis medioambiental. En resumen, exige un futuro digno de ese nombre.
Ninguna «concesión» del gobierno de los ricos dará una respuesta seria a estas demandas. Solo un gobierno de los trabajadores podría llevar a cabo una política económica y social acorde con las aspiraciones básicas de la juventud.
En otras palabras, todas las reivindicaciones inmediatas de la juventud movilizada —inversiones masivas en la Educación Nacional, la derogación del Parcoursup y de Mon Master2, el rechazo al presupuesto de austeridad del primer ministro Lecornu, etc.— deben vincularse al objetivo de derrocar al actual Gobierno. A este mismo objetivo deben vincularse las demandas inmediatas que afectan al conjunto de los trabajadores: un aumento significativo de los salarios y su indexación a la inflación, la derogación de todas las contrarreformas de los últimos diez años, la nacionalización —bajo el control de los trabajadores— de TotalEnergies, etc.
Sabemos muy bien que este no es ni el programa ni la estrategia de los líderes oficiales del movimiento obrero. Esta mañana, por ejemplo, Sophie Binet (CGT) le pidió al gobierno que «enviara una señal a los estudiantes de secundaria» para calmar los ánimos. Pero este gobierno no les «enviará» a los estudiantes más que «concesiones» simbólicas, promesas vacías y, sobre todo, policía antidisturbios, armada hasta los dientes.
Sophie Binet lo sabe muy bien, pero, al igual que los dirigentes oficiales del movimiento obrero en mayo del 68, nada le da más miedo que una explosión social que se le escape de las manos. Por eso, en lugar de hacer todo lo posible por intensificar la lucha, implora al Gobierno que «envíe una señal» —igual que otros le piden un milagro al cielo—.
La pelota está, pues, en la cancha del ala izquierda del movimiento sindical, pero también en la del partido «La Francia Insumisa». Mientras ejercen la máxima presión sobre los líderes de las confederaciones sindicales para que organicen bien la lucha, los activistas más militantes deben tomar todas las iniciativas necesarias para proteger y apoyar la movilización de los estudiantes de preparatoria y de la universidad. Al mismo tiempo, deben elaborar un plan de batalla destinado a paralizar la economía, derrocar al Gobierno y crear las condiciones para una victoria decisiva de nuestra clase.
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- Portal para la preinscripción en el primer año de la educación superior, denunciado por su proceso de selección, descrito como una forma de selección social que favorece a quienes provienen de escuelas de élite y de zonas acomodadas. ↩︎
- Portal para solicitar estudios en instituciones de educación superior públicas y privadas acreditadas por el Estado francés. ↩︎
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