En los últimos años, el término “fascismo” ha ganado una notable circulación en el discurso político en Puerto Rico y a nivel internacional. Diversos sectores advierten sobre su inminente ascenso, mientras otros sostienen que ya vivimos bajo un régimen fascista. Esta percepción ha alcanzado tal magnitud que incluso se han impulsado agrupaciones internacionales autodenominadas “antifascistas”, como las promovidas recientemente en Venezuela (2025) y Brasil (2026). Sin embargo, desde una perspectiva marxista, el uso alarmista de este concepto plantea más problemas que soluciones. No solo puede conducir a diagnósticos erróneos, sino también a estrategias políticas equivocadas y consecuencias contraproducentes.
Nuestro punto de partida debe ser claro: el marxismo no utiliza categorías políticas como simples insultos o etiquetas morales. Conceptos como “fascismo” poseen un contenido histórico y teórico preciso. Reducirlos a sinónimos de “derecha”, “autoritarismo” o “reacción” vacía su significado y dificulta la comprensión de la realidad concreta.
Fascismo: una categoría histórica concreta
El fascismo no es cualquier forma de gobierno represivo de derecha ni toda política reaccionaria, racista o violenta. Se trata de un fenómeno histórico específico que emergió en Europa tras la crisis del capitalismo provocada por la Primera Guerra Mundial. Sus ejemplos clásicos son la Italia de Benito Mussolini y la Alemania de Adolfo Hitler.
Desde un análisis marxista, el fascismo puede definirse como un movimiento de masas de la pequeña burguesía (campesinos, pequeños comerciantes) arruinada por la guerra, de veteranos de guerra desempleados y de sectores desclasados, movilizados con el objetivo de destruir violentamente las organizaciones de la clase trabajadora. Este movimiento actúa en defensa del gran capital, aunque lo hace mediante métodos que implican un alto costo para la propia burguesía: la cesión del control directo del aparato estatal a una burocracia fascista totalitaria. Como bien expresó Trotsky en 1933: “…el fascismo en el poder es, menos que nada, el gobierno de la pequeña burguesía. Por el contrario, es la dictadura más despiadada del capital monopolista.”
A diferencia de una simple dictadura militar, el fascismo no se limita a la represión desde arriba. Su rasgo distintivo es la movilización activa de sectores sociales desesperados ante la crisis y organizados en estructuras paramilitares. Estas fuerzas actúan como tropas de choque contra sindicatos, partidos obreros y cualquier forma de organización independiente de la clase trabajadora.
Históricamente, el fascismo surge en condiciones muy específicas: tras repetidas derrotas de la clase obrera en la lucha por el poder político, generalmente vinculadas a los errores de su dirección, en contextos de crisis capitalista profunda donde los partidos burgueses tradicionales son incapaces de mantener el “orden” y ninguna clase logra imponerse decisivamente. Es en ese equilibrio inestable donde la burguesía recurre a los partidos fascistas para reimponer el “orden”. Estos partidos ofrecen una salida contrarrevolucionaria extrema.

El error del alarmismo
Un sector de la burguesía liberal, de las ONG y parte de la izquierda contemporánea ha caído en una interpretación alarmista que identifica cualquier expresión de la derecha con el fascismo. Políticos conservadores, discursos racistas, machistas y homofóbicos, o políticas antiobreras, son etiquetados automáticamente como “fascistas”. Este uso indiscriminado no solo es teóricamente incorrecto, sino también políticamente perjudicial.
En primer lugar, invisibiliza el carácter estructural de la opresión en el capitalismo. La explotación, la desigualdad y la represión no son anomalías fascistas, sino características inherentes al sistema capitalista en todas sus formas.
En segundo lugar, genera una falsa urgencia que conduce a alianzas políticas equivocadas. Si el problema central se define como “el fascismo”, a renglón seguido la solución que se propone es la defensa de la “democracia” en abstracto, lo que en la práctica implica alianzas con sectores de la burguesía considerados “progresistas”. En Estados Unidos, el “fascismo” de Trump se enfrentaría votando por el Partido Demócrata; en Puerto Rico, el “fascismo” del PNP se combatiría votando por el “nuevo y renovado” PPD. El mero hecho que la “amenaza fascista” pueda derrotarse por la vía electoral es evidencia adicional que el país no ha abandonado el campo de la democracia liberal.
El Estado capitalista: contenido y forma
Para comprender esta cuestión, es fundamental distinguir entre el contenido y la forma del Estado. Desde el análisis marxista, el Estado no es un árbitro neutral, sino un instrumento de dominación de clase. En palabras de Federico Engels, puede reducirse, en última instancia, a un “cuerpo de hombres armados”: policía, ejército, tribunales y burocracia, todos al servicio de la clase dominante.
Esto significa que, incluso en su forma más democrática, el Estado capitalista sigue siendo, por su contenido, una dictadura de la burguesía. En toda sociedad capitalista, las decisiones fundamentales responden a los dictados de la clase dominante, independientemente de si la forma del Estado es más o menos “democrática”. Las libertades políticas, como el derecho de asociación o de expresión, son concesiones que pueden ampliarse o restringirse según las necesidades del sistema capitalista.
La democracia representativa no elimina la dominación de clase; simplemente la reviste de una forma más estable y flexible. Mientras esta forma garantice la reproducción del capital, la burguesía no tiene ni interés ni necesidad de recurrir a soluciones extremas —y más difíciles de controlar— como el fascismo.
Desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, los desafíos al orden capitalista han sido enfrentados mediante otros mecanismos autoritarios, ya sea golpes de Estado, dictaduras militares, represión sistemática o intervenciones imperialistas.
¿Qué ocurre en la actualidad?
El capitalismo contemporáneo atraviesa una crisis prolongada que ha erosionado las bases del consenso social de la posguerra. El deterioro de las condiciones de vida, el aumento de la desigualdad y el desmantelamiento de servicios públicos han generado un creciente descontento entre amplios sectores de la población. En numerosos países, la clase trabajadora se moviliza masivamente contra las políticas de austeridad impuestas por los gobiernos al servicio del capital.
Este contexto ha favorecido el surgimiento de fenómenos políticos que suelen agruparse bajo la etiqueta de “populismo”. Sin embargo, estos movimientos, aunque puedan incorporar elementos reaccionarios, no constituyen fascismo en el sentido histórico del término. Carecen de una base de masas o de aparatos paramilitares orientados a la destrucción física del movimiento obrero.
De hecho, en la mayoría de los países capitalistas avanzados, las organizaciones fascistas existentes son marginales. Aunque pueden representar un peligro potencial, no cuentan con el apoyo decisivo de la burguesía ni con las condiciones sociales necesarias para convertirse en movimientos de masas. En muchos casos, grupos paramilitares de derecha han sido utilizados como complemento de la represión estatal, no como su sustituto.
Esto no significa que el fascismo sea imposible. Bajo determinadas circunstancias —especialmente tras derrotas significativas de la clase trabajadora— podría resurgir. Pero afirmar que estamos actualmente al borde de una toma fascista del poder, o que ya vivimos bajo el fascismo, no corresponde a la correlación de fuerzas existente. En la actualidad, la clase trabajadora no ha sido derrotada en una lucha por el poder político; en muchos casos, esa lucha ni siquiera se ha planteado en esos términos.
Fascismo, bonapartismo y otras formas autoritarias
El capitalismo dispone de múltiples formas de dominación política. Además del fascismo, existen otras variantes autoritarias, como las dictaduras militares, los regímenes bonapartistas o las monarquías absolutas. Todas estas formas pueden compartir rasgos represivos, pero no por ello son fascistas.
El bonapartismo, en particular, describe situaciones en las que el Estado adquiere una relativa autonomía, equilibrando las tensiones entre clases antagónicas mientras preserva el orden capitalista. Este tipo de régimen se apoya fundamentalmente en el aparato represivo, sin necesidad de movilizar a masas organizadas como lo hace el fascismo.
Históricamente, la burguesía ha preferido este tipo de soluciones antes que el fascismo, ya que implican un menor riesgo de perder el control político directo. Un ejemplo de ello fue la llamada “Operación Cóndor”, una campaña de represión política y terrorismo de Estado llevada a cabo a partir de 1975 por varias dictaduras latinoamericanas con el apoyo de Estados Unidos. Este plan sirvió para destruir sindicatos y partidos obreros con el objetivo de imponer programas de ajuste y reestructuración económica. Se trató de un aparato transnacional de terrorismo de Estado orientado a eliminar físicamente a una generación de militantes obreros y revolucionarios en América Latina. Pero no fue fascismo.
El caso de Puerto Rico
La historia de Puerto Rico ofrece múltiples ejemplos de represión estatal intensa sin que pueda hablarse de fascismo. La Ley de la Mordaza (1948-1957), dirigida a suprimir el movimiento independentista, tipificó como delito grave poseer o exhibir la bandera de Puerto Rico, así como reunirse, hablar o escribir a favor de la independencia.
La persecución policíaca sistemática y la confección de archivos secretos (“carpetas”), la existencia de escuadrones policiales vinculados a torturas y asesinatos, la acción de grupos terroristas de derecha y episodios como los asesinatos de Santiago Mari Pesquera (1976), del líder sindical Juan Rafael Caballero (1977), del Cerro Maravilla (1978) y de Carlos Muñiz Varela (1979) reflejan el carácter represivo del Estado.
Sin embargo, estos fenómenos se inscriben mejor en la lógica de un Estado capitalista dependiente que en un régimen fascista. No existió una movilización de masas pequeñoburguesas organizada en estructuras paramilitares con el objetivo de destruir físicamente al movimiento obrero.
Reconocer esta diferencia no minimiza la gravedad de la represión, pero permite ubicarla correctamente en el marco del análisis de clase y orientar con mayor precisión la estrategia política a seguir.
Estrategia política: antifascismo o anticapitalismo
El uso indiscriminado del término “fascismo” tiene implicaciones estratégicas profundas. Si la lucha política se define como “antifascista”, existe la tendencia a construir frentes amplios –en aras de la “unidad”– que incluyen a sectores de la burguesía “progresista” bajo la bandera de la defensa de la democracia.
En el contexto estadounidense y puertorriqueño, esto se traduce en el apoyo a partidos tradicionales de la burguesía como supuestos diques frente al fascismo. Sin embargo, estos mismos sectores son responsables de políticas que deterioran las condiciones de vida de la clase trabajadora.
Desde una perspectiva marxista, esta estrategia resulta limitada y contradictoria. Si el fascismo es un producto del capitalismo en crisis, la lucha contra sus manifestaciones más extremas no puede separarse de la lucha contra el sistema que lo engendra. En consecuencia, combatir el “fascismo” sin cuestionar el capitalismo es un contrasentido político y estratégico.
Por ello, la alternativa no es un frente interclasista que agrupe a la clase trabajadora con la burguesía “progresista”, sino la construcción de un frente único de clase que agrupe en la acción a los trabajadores y sectores explotados en torno a una perspectiva anticapitalista. La tarea central no es elegir entre formas “buenas” o “malas” de capitalismo, sino impugnar el sistema en su conjunto.
Conclusión
El debate sobre el fascismo no puede resolverse mediante consignas ni analogías superficiales. Requiere un análisis concreto de las condiciones históricas y de la correlación de fuerzas entre clases.
En la actualidad, no existen las condiciones que definieron el ascenso del fascismo en el período de entreguerras: ni una movilización masiva de la pequeña burguesía en función contrarrevolucionaria, ni una situación en la que la burguesía haya optado por entregar el poder a un movimiento de este tipo para aplastar al movimiento obrero en auge en la lucha por el poder político.
Lo que sí existe es una crisis profunda del capitalismo que se expresa en inestabilidad política, avance de tendencias autoritarias y ataques a las condiciones de vida de la mayoría. Estas dinámicas deben entenderse como parte del funcionamiento del capitalismo en crisis, no como una transición hacia el fascismo. Esta distinción no implica subestimar la capacidad represiva del Estado.
El principal riesgo del alarmismo antifascista es desviar la atención del problema fundamental: el carácter explotador del capitalismo. Mientras este sistema permanezca intacto, seguirá generando tanto formas “democráticas” como autoritarias de dominación.
La tarea, por tanto, no es simplemente oponerse al “fascismo”, sino desarrollar una estrategia política que enfrente la raíz del problema: el dominio del capital sobre la sociedad. Solo desde esa perspectiva puede plantearse una alternativa real para la clase trabajadora.
Este artículo fue publicado en el primer número de nuestro periódico impreso correspondiente al mes de mayo de 2026.
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