La crisis del capitalismo ha vuelto a colocar la lucha de clases en el centro de la política mundial. Las movilizaciones que recorren Europa y el creciente descontento en Puerto Rico expresan una misma realidad: trabajadores y jóvenes están pagando las consecuencias de un sistema que pone las ganancias privadas por encima de las necesidades de la mayoría.
El capitalismo atraviesa una crisis que no ofrece una salida favorable para la clase trabajadora. Las contradicciones económicas, sociales y políticas del capitalismo se acumulan hasta estallar en protestas, huelgas y movilizaciones populares. Las protestas que observamos en Europa (y en algunos países de América Latina) son una clara expresión de ese proceso.
El llamado Otoño Rojo europeo no es simplemente una serie de manifestaciones desconectadas ni una reacción pasajera al aumento de los precios. En distintos países, estudiantes, trabajadores, jóvenes desempleados, pensionados y familias trabajadoras salen a la calle para expresar su indignación ante el acelerado deterioro de sus condiciones de vida.
De Francia a Italia, España, Portugal, Bélgica, Grecia y Albania, cada protesta tiene sus particularidades, pero todas parten de problemas comunes: alimentos y combustibles más caros, falta de vivienda accesible, salarios insuficientes, recortes en los servicios públicos, recortes en las pensiones y deterioro de la educación, tanto a nivel secundario como universitario.
En Francia, las movilizaciones estudiantiles contra el deterioro de las escuelas y la falta de recursos educativos se han unido al rechazo obrero a las medidas de austeridad del Gobierno. En Bélgica, las protestas también se dirigen contra los recortes presupuestarios y el encarecimiento de la educación. En Portugal y España, el acceso a una vivienda digna se ha convertido en una reivindicación central de la juventud. En Italia, las movilizaciones reúnen demandas contra la inflación, los bajos salarios y el deterioro de los servicios públicos.
No estamos ante un movimiento europeo unificado, ni todos sus participantes han alcanzado una conciencia anticapitalista. Lo verdaderamente importante es que sectores de la juventud y de la clase trabajadora están comenzando a identificar que sus problemas individuales tienen un origen común.
Las contradicciones del capitalismo europeo son cada vez más agudas. Los gobiernos justifican los recortes sociales en nombre del equilibrio fiscal, mientras destinan enormes recursos al rearme militar y a los intereses de las potencias imperialistas. Se exige sacrificio a los trabajadores, pero no a los grandes propietarios del capital.
El problema, por tanto, no es solo la mala administración de uno u otro gobierno. El problema es un sistema organizado en torno a la propiedad privada de los grandes medios de producción y su insaciable sed de ganancias. Cuando las necesidades de la población chocan con los intereses capitalistas, el pueblo trabajador es el primero en ser sacrificado.
El Otoño Rojo expresa, por tanto, una oportunidad política: transformar la indignación dispersa en organización, conciencia de clase y lucha colectiva.
¿Y qué pasa en Puerto Rico?
Puerto Rico no está al margen de estas contradicciones. Nuestra crisis económica tiene particularidades históricas y políticas: una economía colonial subordinada al imperialismo estadounidense, una deuda pública monumental, décadas de desindustrialización, emigración masiva y una Junta de Control Fiscal que impone las prioridades de los bonistas por encima de las necesidades de la población.
Sin embargo, detrás de estas particularidades se esconden las mismas contradicciones fundamentales del capitalismo. La clase trabajadora produce la riqueza, pero no controla los recursos económicos ni las decisiones que determinan su distribución. De igual manera, cuando el capitalismo entra en crisis, los gobiernos (sean PNP o PPD) buscan descargar el peso de la crisis sobre el pueblo trabajador para salvar las ganancias de los capitalistas.
El dramático aumento del costo de vida deja ver esa realidad todos los días. Una parte cada vez mayor de nuestros ingresos se va en alimentos, vivienda, transportación, medicamentos y electricidad. Los salarios no alcanzan el ritmo ascendente de los gastos, y tener empleo no garantiza una vida digna. Para muchos jóvenes, estudiar, conseguir vivienda y construir una vida independiente se ha convertido en una carrera de obstáculos. La única alternativa que se les ofrece es la migración.
La crisis energética es uno de los ejemplos más claros de esta situación. LUMA Energy y GeneraPR encarnan la incapacidad del modelo capitalista y colonial para garantizar un servicio esencial acorde con las necesidades sociales. La privatización de la generación, transmisión y distribución de la electricidad no ha resuelto los problemas del sistema eléctrico del país. Seguimos enfrentando apagones, deficiencias operativas y aumentos tarifarios dramáticos.

El 1 de octubre entró en vigor un aumento del 18.5 % en la factura residencial para el periodo de octubre a diciembre de 2026. Para un hogar que consume 800 kilovatios-hora al mes, se estimó un aumento de aproximadamente $228.59 a $270.86. Sin embargo, como hemos visto, las facturas actuales se han disparado de forma mucho más dramática. El costo de la electricidad aumenta, ya que a las privatizadoras solo les interesa el lucro y no el servicio a la población. La escandalosa conducta de GeneraPR, al no suministrar suficiente gas natural (sobre el cual tiene el monopolio) a las plantas generatrices y luego recurrir a combustibles más caros (como el diésel), cuyo costo les cobran a los consumidores, evidencia una vez más el afán insaciable de lucro de esta empresa.
El 24 de octubre, cientos de personas se manifestaron frente a las oficinas de LUMA en Santurce. La protesta tuvo un rasgo significativo: a diferencia de decenas de protestas previas, esta no fue convocada por sindicatos ni por organizaciones políticas. Un pequeño comerciante, agobiado por el costo de la electricidad, hizo un llamado en redes sociales y logró sumar a otros sectores afectados, principalmente otros pequeños comerciantes. Así salió a la superficie un malestar que llevaba tiempo acumulándose en este sector.
La pregunta es cómo darle continuidad a esa protesta y convertirla en un movimiento capaz de enfrentar no solo a LUMA, sino también al Gobierno, a la Junta y a los intereses capitalistas que se benefician de este modelo.
La Universidad de Puerto Rico es otro frente de esta ofensiva de austeridad. Entre 2017 y 2025, el presupuesto de la UPR se redujo en aproximadamente $421 millones, lo que representa cerca del 47 %. La aportación del Gobierno central al fondo presupuestario de la UPR bajó de unos $911 millones en 2017 a aproximadamente $500 millones en 2025. Mientras tanto, el costo del crédito subgraduado aumentó de $53 en 2015 a $157 en 2025.
Estos recortes responden a una política de austeridad que busca reducir el gasto público, restringir el acceso a la educación pública superior y abrir espacio a la inversión privada de capital. La ofensiva contra la UPR comenzó antes de la Junta; sin embargo, esta se ha convertido en su principal verdugo.
La lucha por defender la UPR no puede limitarse a defender el presupuesto de la institución ni a exigir que se reviertan determinados recortes. Esas reivindicaciones son importantes, pero debemos comprender que la ofensiva contra la universidad forma parte de un ataque generalizado contra las condiciones de vida de la clase trabajadora para pagar a los bonistas. Por eso debemos defender la educación pública como un derecho social y oponernos a que se la considere una mercancía, sometida a las exigencias del mercado.
La crisis energética, el deterioro de la Universidad, el recorte de pensiones, los bajos salarios y el encarecimiento de la vida están interrelacionados. Son expresiones de una misma crisis de la estructura económica. Por eso, tampoco podremos enfrentarlos de manera aislada.
Alternativas para construir una respuesta de clase
La pregunta que debemos responder es cómo pasar de la indignación individual a la acción colectiva. No basta con reconocer la existencia de una crisis: hace falta construir una alternativa política y organizativa que vincule las reivindicaciones inmediatas de los diversos sectores del pueblo trabajador con la transformación de la sociedad. Para lograr esto, proponemos las siguientes alternativas:
1. Fomentar la unidad obrero-estudiantil
La primera tarea es romper la separación artificial entre las luchas estudiantiles y las reivindicaciones de la clase trabajadora. Los estudiantes que defienden la UPR comparten los mismos intereses fundamentales tanto con los trabajadores universitarios (docentes y no docentes) como con los trabajadores que luchan contra los aumentos de la electricidad, los bajos salarios, las pensiones y la precariedad laboral. De igual manera, representan los mismos intereses de nuestras comunidades que luchan contra los proyectos turísticos de los ricos, tanto extranjeros como del patio, en pueblos como Cabo Rojo y Fajardo.
Para comenzar a romper con este aislamiento, la defensa de la UPR debe salir de los portones universitarios: tiene que convertirse en una causa de toda la clase trabajadora. Grupos de estudiantes deben salir de los recintos hacia los centros de trabajo para hablar con los trabajadores e informar, mediante la distribución de hojas sueltas y la celebración de micromítines, a los diversos sectores de la clase obrera sobre la importancia de defender la educación pública universitaria. El movimiento estudiantil, junto con trabajadores docentes y no docentes, debe salir de los recintos para informar a las comunidades circundantes sobre las amenazas a la UPR. La educación superior pública es un derecho social de todos y, si es eliminada, será la clase trabajadora quien más sufrirá su pérdida, pues serán los hijos e hijas de nuestra clase a quienes se les privará de su educación.

Debemos impulsar la celebración de asambleas conjuntas y encuentros entre organizaciones estudiantiles, sindicatos y comunidades para realizar jornadas de lucha coordinadas. La defensa de la universidad pública debe vincularse con la lucha por mejores salarios, pensiones dignas, servicios públicos de calidad, vivienda accesible y un sistema energético bajo control público y democrático.
No debemos permitir que cada sector luche por separado mientras el Gobierno y las empresas capitalistas enfrentan nuestras reivindicaciones una a una. La unidad de acción es necesaria para construir la fuerza social capaz de imponer nuestras demandas. Así pues, el primer reto en nuestra agenda es articular un frente unido de los sectores explotados y oprimidos contra las políticas de austeridad.
2. Recuperar la movilización sostenida y la organización desde abajo
Una manifestación aislada puede expresar la ira e indignación del pueblo, pero difícilmente cambia por sí sola la correlación de fuerzas. Necesitamos recuperar las asambleas, los piquetes, las marchas, los paros y las huelgas, organizados democráticamente desde los centros de trabajo y de estudio para superar las protestas aisladas.
Eso requiere construir organizaciones de base que no dependan exclusivamente de las decisiones de los dirigentes sindicales ni de las organizaciones políticas existentes. Trabajadores y estudiantes deben participar directamente en la discusión, elaboración y puesta en práctica de sus acciones reivindicativas. Mucho podemos aprender del ejemplo de las huelgas renovables en Francia. La huelga renovable, también conocida como huelga prorrogable, es un tipo de huelga indefinida que se vota y se renueva periódicamente. A diferencia de una huelga convencional, convocada por un período fijo (como un paro de 24 horas), en una huelga renovable los trabajadores de un sector o empresa se reúnen en asambleas generales (normalmente cada día o cada pocos días) para debatir y votar democráticamente si continúan o no con el paro.
Al igual que los estudiantes, la clase obrera debe salir de sus centros de trabajo para informar a las comunidades circundantes sobre el alcance de las medidas de austeridad y la necesidad de enfrentarlas. Es importante que los trabajadores establezcan contacto con el liderato comunitario para dialogar sobre sus intereses y preocupaciones. Una jornada de protesta contra el alto costo de la vida, por ejemplo, puede servir para organizar comités en las comunidades y en los centros de trabajo. Vincular las luchas sindicales con las comunitarias puede llevar al desarrollo de diversos métodos de lucha, como el bloqueo de carreteras durante una huelga general.
Necesitamos un programa de reivindicaciones inmediatas: salarios que permitan vivir dignamente, servicios esenciales asequibles, defensa de las pensiones, educación pública gratuita y de calidad, medidas efectivas para combatir el alza del costo de vida y rechazo a los recortes de la Junta. A la hora de divulgar este programa, debemos explicar que ninguna conquista estará plenamente segura mientras una minoría capitalista conserve el control de las decisiones económicas y políticas.
3. Construir un partido revolucionario de la clase obrera
Esta es la tarea política fundamental. Las luchas sindicales, estudiantiles y comunitarias son imprescindibles, pero por sí solas no pueden resolver el problema del poder político y económico: quién tiene el poder y a favor de quién se ejerce.
La clase trabajadora necesita su propio instrumento político, independiente de los partidos que representan a la burguesía y a las distintas fracciones del capitalismo colonial. Hace falta un partido revolucionario que reúna a los trabajadores más conscientes, a la juventud combativa y a todos aquellos que comprendemos la necesidad de transformar radicalmente la sociedad.
No se trata de reemplazar las organizaciones existentes ni de imponerles una dirección desde fuera. Se trata de construir una organización política que intervenga en las luchas, aprenda de ellas, eleve la conciencia política y presente un programa de lucha con una perspectiva claramente anticapitalista.
Ese partido debe explicar con paciencia por qué la independencia política de la clase trabajadora es indispensable. No podemos subordinar nuestras reivindicaciones a los intereses electorales de los sectores patronales ni conformarnos con administrar un sistema que produce explotación y desigualdad. Tampoco podemos subordinar nuestras necesidades y reivindicaciones a sectores que se proclaman “amigos de la clase obrera”, pero que en los momentos más importantes se olvidan de nosotros.

La alternativa es el socialismo
El Otoño Rojo europeo debe servirnos de referencia y motivo de reflexión. No porque las condiciones sean idénticas, sino porque demuestra que la indignación social puede convertirse en movilización colectiva cuando distintos sectores comienzan a reconocer sus intereses comunes e identificar claramente a su enemigo.
En Puerto Rico existen condiciones materiales para desarrollar una respuesta similar. Tenemos una clase trabajadora que sostiene la economía, una juventud que enfrenta un futuro incierto y comunidades que sufren directamente las consecuencias de las políticas de austeridad y de privatización. Como si no fuera suficiente, tenemos un gobierno corrupto cuyos funcionarios premian descaradamente a sus allegados con jugosos contratos mientras cenan en restaurantes caros.
Lo que falta no es descontento. Lo que falta no es indignación. Lo que falta es organización, dirección política y una perspectiva revolucionaria.
Debemos rechazar la idea de que tengamos que resignarnos a vivir peor para garantizar las ganancias de las empresas y el pago de una deuda que no contrajo la clase trabajadora. Los recursos y la riqueza que produce nuestra sociedad deben estar al servicio de las necesidades colectivas.
La lucha contra LUMA y GeneraPR, contra los desmanes de la Junta, por la defensa de la UPR, por pensiones dignas, por mejores salarios y contra el encarecimiento del costo de la vida debe convertirse en parte de una lucha general contra el capitalismo. Esto exige unidad de clase, independencia política y organización revolucionaria.
¡Que el ejemplo de las movilizaciones europeas sirva para impulsar una nueva etapa de lucha en Puerto Rico!
¡Por la unidad de estudiantes y trabajadores!
¡Por la defensa de los servicios públicos y de los derechos de la clase obrera!
¡Por la construcción de un partido revolucionario de los trabajadores!
¡Para que podamos vivir, el capitalismo debe morir!
¡Por un Puerto Rico socialista, libre de explotación y opresión!















