Esta es una traducción al castellano del artículo «Why communists are revolutionary optimists», de nuestra sección británica. Nuestros compañeros en el Reino Unido, al igual que el resto de las secciones de nuestra internacional, se dirigen a los jóvenes y estudiantes, apelando a conquistar el futuro y a luchar no sólo por acabar con el sistema capitalista parasitario y explotador, sino también para llegar a nuevos horizontes para la humanidad mediante el socialismo. Necesitamos, en todo nuestro país, camaradas que también vean que el futuro es nuestro y que debemos luchar por el comunismo para tomarlo. ¡Únete a los comunistas!
Guerra y genocidio. Caos climático y catástrofes. Violencia racista y ataques contra migrantes, musulmanes y minorías. La IA que nos quita nuestros trabajos y que nos está empobreciendo culturalmente. Los multimillonarios que se vuelven billonarios, mientras el resto de nosotros luchamos por pagar la renta y las cuentas.
Es fácil entender por qué muchos —al ver todos estos horrores en la sociedad, en nuestras pantallas y en nuestras calles— se sienten desilusionados y desmoralizados.
Los que vayan a la universidad este otoño habrán nacido y crecido en medio de la crisis financiera de 2008: una crisis profunda y global del capitalismo, cuyos efectos seguimos sufriendo hasta hoy.
Esta generación no ha conocido más que miseria, penurias e incertidumbre. Para ellos, tiene todo el sentido del mundo ser pesimistas respecto al presente y mucho más respecto al futuro.
Pero esta es solo una cara de la moneda. Junto a toda esta barbarie capitalista, vemos que también se está dando un proceso igual y opuesto: un clima creciente de descontento, de rabia y de radicalización, de revolución.
Como marxistas, es en este sentimiento en que nos basamos. Por eso nosotros, los comunistas del Internacional Comunista Revolucionaria, somos optimistas revolucionarios.
Erupciones y explosiones
En las profundidades subterráneas de la sociedad se está gestando una poderosa presión, que estalla en la superficie con cada vez mayor frecuencia, como los temblores tectónicos y las erupciones volcánicas que presagian un gran terremoto o una sacudida geológica.
Poco a poco, la conciencia se va transformando bajo el golpe contundente de los acontecimientos.
León Trotski, el gran revolucionario y teórico marxista, describió esto como el «proceso molecular» de la revolución: el cambio gradual y cuantitativo que ocurre en la mente de la gente y que, al final, se hace notar y se siente —a escala social— cuando los trabajadores y los jóvenes salen a las calles por miles y millones.
En todo el mundo, este tipo de cambio cualitativo se está dando cada vez más. Por cada caso de guerra imperialista, corrupción capitalista o injusticia incendiaria, vemos un caso opuesto de protesta masiva, insurrección y revolución.
En 2020, hubo el enorme movimiento Black Lives Matter, que se extendió como la pólvora desde EE. UU. hasta Europa y más allá.
En 2022-23, hubo una tremenda ola de huelgas en Gran Bretaña, en la que participaron cientos de miles de trabajadores de la salud, maestros, empleados de correos, maquinistas, funcionarios públicos y más.
Desde el 7 de octubre de 2023, ha habido un enorme movimiento por Palestina, con millones de personas saliendo regularmente a las calles en Gran Bretaña para protestar contra el genocidio y el papel de «nuestro» gobierno al facilitar esta atrocidad.
Y esto es solo una pequeña muestra de los acontecimientos titánicos que han sacudido a la sociedad en los últimos años: un presagio de las explosiones sociales y los levantamientos revolucionarios que, sin duda, vendrán en el período volátil y plagado de crisis que se avecina.

Oportunismo y sectarismo
Desafortunadamente, el resto de la llamada «izquierda» no ve lo que nosotros vemos. En cambio, están infectados por una enfermedad que parece incurable: la del cinismo y el escepticismo.
En su mayoría, cuando ocurren estos eventos inspiradores, se dejan llevar por la euforia. Pierden la cabeza, se disuelven y se funden en el movimiento. Y se vuelven políticamente indistinguibles de los liberales moralistas e hipócritas en cuanto a sus consignas y tácticas.
Otras veces, ignoran movimientos importantes o los descartan por completo: porque no tienen el programa «perfecto», porque contienen confusiones y contradicciones, o porque no se ajustan a su imagen rígida y formalista de cómo «debería» ser una revolución.
La primera tendencia es a lo que nos referimos con el término «oportunismo». La segunda es lo que políticamente se conoce como «sectarismo».
Ambas tendencias quedaron reflejadas de manera paradigmática dentro del movimiento palestino — a menudo manifestadas simultáneamente por los mismos grupos e individuos.
Cuando estallaron por primera vez las protestas contra el imperialismo israelí, estadounidense y británico, el resto de la izquierda se limitó a las mismas demandas dóciles y moralistas que los liberales. En concreto, esto significó pedir a los belicistas de Westminster un «alto el fuego ya».
Sin embargo, en octubre pasado, la clase trabajadora empezó a hacerse sentir como una fuerza, cuando millones de trabajadores en Italia llevaron a cabo una poderosa huelga general que «lo bloqueó todo» por Palestina.
Esto logró más en cuestión de días de lo que se había conseguido en dos años de marchas impotentes de un punto a otro. Sin embargo, los líderes del movimiento por Palestina en Gran Bretaña no mencionaron este ejemplo brillante porque no encajaba con su perspectiva y estrategia liberal.
Solo los comunistas revolucionarios destacamos el ejemplo de los trabajadores italianos, exigiendo a la izquierda y a los líderes sindicales en Gran Bretaña que siguieran su ejemplo para detener la maquinaria de guerra de los imperialistas mediante la lucha de clases y la acción militante de masas.
Desmoralización y desdén
La verdad es que estos cínicos y escépticos agotados no reconocerían una revolución, ni siquiera si les diera en la cara.
Son totalmente empíricos e impresionistas. Sin ningún sentido de la proporción ni de perspectiva que los ancle y guíe, se emocionan cuando la izquierda está en alza, pero se llenan de desesperación cuando las cosas van de mal en peor.
Su único papel es inyectar pesimismo en el movimiento, sembrar ilusiones en los liberales y reformistas y crear confusión en cada encrucijada crítica.
En realidad, no creen que la sociedad pueda transformarse ni que el capitalismo pueda ser derrocado. Y no tienen fe en el poder de la clase trabajadora para llevar a cabo esta tarea, ni siquiera para luchar por sus propios intereses.
En cambio, se aferran al statu quo que se desmorona y al establishment corrupto que intenta mantenerlo. Como resultado, se convierten en los mayores defensores del capitalismo, pidiendo constantemente esfuerzos utópicos para remendar y regular este sistema podrido y de «sálvese quien pueda».
Por eso, les damos la espalda a estas personas. Son un obstáculo activo en la lucha por un futuro socialista: envenenan las mentes de la juventud con su supuesto «realismo» y «pragmatismo» —es decir, con su pesimismo y desánimo; su desmoralización y desprecio; su actitud burlona y desdeñosa hacia la clase trabajadora y, sobre todo, hacia la idea de la revolución.

Guerra de clases
Estas damas y caballeros pesimistas se aprovechan de cada caso de reacción para retorcerse las manos y lamentarse del apocalipsis político que se avecina.
Para ellos, la amenaza del fascismo y la dictadura acecha constantemente a la vuelta de la esquina. Lo mejor que la izquierda puede esperar, por lo tanto, según nos dicen, es el supuesto «mal menor»: un Burnham, un Biden o un Macron, en lugar de un Farage, un Trump o una Le Pen.
Si dependiera de ellos, la clase trabajadora se ataría de pies y manos al establishment liberal. Es decir, el movimiento obrero perdería toda independencia política. En lugar de luchar por nuestros propios intereses de clase, estaríamos a merced de los caprichos y deseos de los capitalistas y sus representantes.
Por el contrario, los comunistas buscamos darles a los trabajadores y a la juventud confianza en su propia fuerza. Decimos: ¡No confíes en los liberales! ¡No a los «frentes populares» y a las «alianzas progresistas»! ¡No a la colaboración de clases!
Los trabajadores y la juventud deben confiar solo en sí mismos; en su propia organización y movilización. Nuestro poder proviene de nuestra unidad de clase; de nuestro peso y posición dentro de la sociedad, no de trucos ingeniosos ni de «acuerdos» con los que están en la cima.
Para luchar contra la derecha, tenemos que luchar con nuestros propios métodos de clase, en defensa de nuestro propio programa de clase. Eso significa librar una guerra de clases para derrocar a los multimillonarios, a los banqueros y a su sistema decrépito.
Un mundo al revés
A medida que el capitalismo se hunde cada vez más en la crisis, surgen acontecimientos intensos que evidencian el potencial de una revolución mundial.
En Minneapolis, a principios de este año, vimos cómo la lucha de clases puede atravesar la guerra cultural, con comunidades de la clase trabajadora organizándose en masa para defender a los migrantes y echar a los agentes del ICE de Trump de la ciudad. Y todo esto en las «entrañas del monstruo», en el corazón del sistema capitalista.
En Italia, como ya mencionamos, vimos cómo los trabajadores pueden movilizarse como clase contra la guerra y el imperialismo.
Y con las «revoluciones de la Generación Z» —desde Sri Lanka y Serbia, pasando por Nepal e Indonesia, hasta Marruecos y Madagascar— estamos viendo cómo condiciones similares de desigualdad, inflación y corrupción están generando resultados revolucionarios similares en todo el mundo.
Todos estos acontecimientos son confirmaciones concretas de nuestra perspectiva marxista: muestran, en la lucha viva, la validez de nuestras ideas comunistas; demuestran cómo las cosas pueden convertirse —y se convertirán— en su opuesto, a medida que la crisis del sistema pone el mundo patas arriba.

Ellos contra nosotros
Lo más significativo es que, en todos estos sucesos, vemos cómo se forma y se transforma la conciencia.
Sobre todo, hay un desarrollo cada vez mayor de la conciencia de clase. Mires donde mires, hay un reconocimiento creciente de que la sociedad está, ante todo, dividida en clases; que se trata de «ellos» —las élites— contra «nosotros», las masas oprimidas y explotadas.
A su vez, la gente común está empezando a atar cabos. La guerra, el racismo, la crisis del costo de vida: cada vez más personas llegan a la conclusión correcta de que todo esto es producto del mismo sistema podrido, presidido por una degenerada «clase de Epstein».
Claro que rara vez se llega a esas conclusiones de manera totalmente clara y consciente. Más bien, para la mayoría de los trabajadores y los jóvenes, se trata más bien de un sentimiento semiconsciente o una «sensación»; un sentimiento que no se puede expresar con palabras y que no encuentra una expresión genuina y explícita en la política dominante.
Por eso, estos estados de ánimo se reflejan de todas las formas posibles, parciales o distorsionadas: en los atentados contra directores ejecutivos y en los incendios de edificios corporativos, como se ve en EE. UU.; en la propaganda anti-Trump generada por IA y difundida por el régimen iraní; o en figuras populistas tanto de la derecha como de la izquierda.
Todos estos ejemplos — en mayor o menor medida — son un reflejo de la ira de clase que hierve en la sociedad, buscando desesperadamente una salida.
Y es tarea de los comunistas reconocer y conectarse con este estado de ánimo, sea cual sea la forma o apariencia externa que adopte.
Nuestro papel es sacar a la luz el núcleo progresista y revolucionario que contienen estos acontecimientos confusos y contradictorios; reconocer la esencia, el significado y las implicaciones de estos fenómenos y sucesos reales y vivos; actuar como un catalizador de la conciencia, ofreciendo una explicación marxista científica que ayude a los trabajadores y a la juventud a atar cabos y entender la causa raíz de sus problemas.
Únete a los comunistas
Sobre esta base, podemos construir un liderazgo revolucionario capaz de brindar al movimiento una brújula teórica, una perspectiva clara que nos oriente y nos muestre el camino a seguir.
Esta es la base de nuestro optimismo revolucionario: la capacidad de reconocer y explicar, parafraseando a Rosa Luxemburgo, cómo toda revolución parece imposible hasta que se vuelve inevitable.
Así que a la juventud de hoy les decimos: no te desesperes; no te quedes aislado, ni te dejes vencer ni agotar por las pesadillas aparentemente interminables que el capitalismo nos lanza.
En cambio, organízate. Únete a los comunistas. Sé realista, exige lo imposible: exige el futuro.
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