Hay pocas figuras en la historia cuyo legado haya sido tan distorsionado y atacado como el de Lenin y Trotsky. Esto es tan cierto hoy como lo era en 1969, cuando Alan Woods y Ted Grant escribieron Lenin y Trotsky: qué defendieron realmente para aclarar las cosas. A continuación publicamos la introducción de Alan Woods a nuestra nueva edición de esta magistral defensa de los dos revolucionarios más importantes del siglo XX.
La reedición de Lenin y Trotsky: qué defendieron realmente llega en un momento muy oportuno.
Este libro, escrito en estrecha colaboración con mi gran amigo, camarada y maestro, el difunto Ted Grant, se publicó por primera vez en inglés en 1969 y recibió una acogida muy positiva.
Desde entonces se ha publicado en muchos idiomas, entre ellos el español, el ruso, el griego, el danés, el holandés y el bahasa indonesio.
La razón de ser del libro queda suficientemente explicada en las notas introductorias originales escritas por Ted y por mí. Por lo tanto, no veo mucho sentido en repetirlas aquí con mayor detalle.
Creo que el libro cumplió su propósito de aclarar los hechos históricos. Esta tarea era absolutamente necesaria, dada la avalancha de calumnias y distorsiones a las que han sido sometidos estos dos grandes revolucionarios, no solo por parte de los enemigos declarados del comunismo y del socialismo, sino también por una horda de revisionistas sin principios, tanto del campo del estalinismo como del sectarismo.
Sin embargo, ha pasado más de medio siglo desde que se publicó el libro y han ocurrido muchos acontecimientos dramáticos que confirman de manera contundente el análisis que hicimos en ese momento.
Hoy en día, el interés por el comunismo está experimentando un notable resurgimiento, especialmente entre los jóvenes. Esto no es casualidad. Se diga lo que se diga sobre la Revolución Bolchevique, es imposible negar que tuvo un profundo impacto a nivel mundial. Más que cualquier otro acontecimiento por sí solo, cambió todo el curso de la historia mundial.
Por primera vez, la clase trabajadora había llegado al poder y se había mantenido en él, luchando contra enormes adversidades. Y, en última instancia, ese gran acontecimiento solo fue posible gracias al trabajo de dos figuras destacadas: Vladimir Lenin y León Trotsky.
Por lo tanto, a pesar de la monstruosa campaña de falsificación a la que Lenin ha sido sometido durante décadas, hoy la reputación de ese gran revolucionario es más alta que nunca, mientras que la reputación de Trotsky también ha experimentado una bienvenida recuperación en las últimas décadas.
Por lo tanto, parece tanto necesario como apropiado reiterar algunas de las ideas principales contenidas en nuestro libro y comentar los acontecimientos ocurridos desde su primera publicación.
¿Quién fue Trotsky?
El materialismo histórico nos enseña a mirar más allá de los actores individuales en el escenario de la historia y a buscar causas más profundas para los grandes acontecimientos históricos.
Pero esto, de ninguna manera, niega ni menosprecia el papel del individuo en la historia. En determinados momentos, el papel de un solo hombre o una sola mujer puede ser decisivo. La clase trabajadora necesita un partido para cambiar la sociedad. Si no hay un partido revolucionario, capaz de brindar un liderazgo consciente a la energía revolucionaria de la clase, esta energía puede desperdiciarse, de la misma manera que se pierde el vapor si no hay una máquina que pueda aprovechar su potencia.
Lev Davidovich Bronstein (conocido en la historia como León Trotsky) fue, junto a Lenin, uno de los dos marxistas más importantes del siglo XX. Dedicó toda su vida a la causa de la clase trabajadora y a la lucha por el socialismo internacional.
El papel de Trotsky, tanto durante como después de la Revolución de Octubre, fue fundamental. De hecho, Trotsky era reconocido universalmente como el segundo en la dirección del partido, solo por detrás de Lenin.
Basta con señalar que, en aquella época, tanto las masas como los enemigos de la revolución se referían habitualmente al Partido Bolchevique como «el partido de Lenin y Trotsky».
Sin embargo, los individuos solo pueden desempeñar tal papel cuando se dan todas las demás condiciones. La concatenación de circunstancias en 1917 permitió que Lenin y Trotsky desempeñaran un papel decisivo.
Pero esos mismos hombres habían estado presentes durante más de dos décadas antes y no pudieron desempeñar el mismo papel. Del mismo modo, cuando la revolución decayó, a pesar de su colosal capacidad personal, Lenin y Trotsky no pudieron impedir la degeneración burocrática del Partido Bolchevique. Esto fue causado por fuerzas objetivas, contra las cuales incluso los líderes más grandes se mostraron impotentes.

Revolución y contrarrevolución
En toda gran revolución de la historia, la fuerza motriz es siempre la participación activa de las masas. Vemos este proceso muy claramente en el caso de la gran Revolución Francesa de 1789-93.
Capas sociales antes atrasadas e inertes de los oprimidos se levantan contra sus opresores. Descubren una inmensa reserva de cualidades desconocidas de confianza en su propio poder y son impulsadas siempre hacia adelante por un espíritu revolucionario indomable que asalta cada barricada y supera cada obstáculo.
Pero, como señaló Trotsky, las revoluciones son grandes devoradoras de energía humana. Tras un período inicial de inmensas luchas y sacrificios, que comienza con los elementos más atrasados, empieza a instalarse un clima de cansancio.
Agotadas por sus esfuerzos y sacrificios sobrehumanos, las masas comienzan gradualmente a caer en un estado de depresión y apatía, y poco a poco vuelven a hundirse en la vieja pasividad.
En este contexto, las clases contrarrevolucionarias comienzan a recuperar la compostura. Actuando al principio con gran cautela, poco a poco empiezan a hacer a un lado a los revolucionarios y a infiltrarse en puestos de poder y autoridad en el Estado.
Sin embargo, es necesario que los agentes de la contrarrevolución se disfracen, haciéndose pasar bajo la falsa bandera de defensores de la revolución.
Así ocurrió en Francia, tanto con los reaccionarios «termidorianos» que tomaron el poder tras la ejecución de Robespierre (la mayoría de los cuales se encontraban en las filas de los jacobinos) como con Napoleón Bonaparte, quien se presentaba como el principal representante de la Revolución Francesa, mientras pisoteaba sistemáticamente todos los principios básicos de esa revolución.
Los años de auge revolucionario se caracterizaron por el surgimiento de figuras destacadas. Pero un período de reacción requiere personas de estatura mucho menor.
La Gran Revolución Francesa de 1789-1793 produjo una serie de grandes oradores, estadistas y valientes representantes de las masas revolucionarias. Mirabeau, Danton y Robespierre son aceptados a regañadientes incluso por los críticos actuales de la revolución, mientras que los líderes más coherentes de las masas, Marat y Hébert, siguen siendo tratados como perros muertos, si es que se los menciona.
Pero el período del «Termidor» que siguió produjo figuras de un tipo muy diferente. Fue la época del oportunista sin principios, del conformista y del apóstata cobarde. El rugido del león fue silenciado por el ronco croar de las «ranas del pantano» en la Convención Nacional. A la era de los gigantes le siguió la era de los pigmeos.
Vemos procesos análogos en Rusia tras la muerte de Lenin. El agotamiento de las masas tras años de guerra, revolución y guerra civil, combinado con el aislamiento de la revolución en condiciones de espantoso atraso y pobreza, condujo al surgimiento de una burocracia privilegiada, que gradualmente se elevó por encima de la clase trabajadora e incluso del propio Partido Comunista gobernante.
Esto es algo que Lenin no solo identificó, sino contra lo que advirtió repetidamente.
El ascenso de Stalin
En tales circunstancias, ya no se requerían visionarios audaces ni líderes de la talla de Lenin y Trotsky. En cambio, la burocracia necesitaba a un hombre a su propia imagen. Ese hombre fue Joseph Dzhugashvili, también conocido como Stalin.
En un período de contrarrevolución, la mediocridad reina suprema y Stalin era la mediocridad suprema. En todos los sentidos, no era más que un político provincial. Otros bolcheviques destacados hablaban idiomas extranjeros con fluidez. Aparte de su georgiano nativo, Stalin solo hablaba ruso con un fuerte acento georgiano. Su estrecho nacionalismo acabaría desempeñando un papel fatal en la gestión de la cuestión nacional en la Unión Soviética.
Carente de una visión amplia, un hombre de poca o ninguna cultura era lo que podríamos describir como un «práctico»: un hombre cuyo principal interés era la organización en el sentido más limitado de la palabra. Su ámbito natural era el del aparato.
Por supuesto, esta definición no agota sus cualidades. También poseía una voluntad y una determinación de hierro, una sed obstinada e indomable de poder y de ascenso personal, y una habilidad innata para manipular a la gente, maniobrar e intrigar.
Pero no preveía nada y se limitaba a seguir los procesos que surgían objetivamente del reflujo del movimiento que siguió a la Revolución Rusa.
Tras la revolución, el aspecto organizativo del trabajo adquirió necesariamente una importancia mucho mayor. Al fin y al cabo, los bolcheviques tenían ahora la responsabilidad de dirigir un enorme aparato estatal, alimentar a la población, mantener operativo el sistema de transporte, etc., mientras se libraba una brutal guerra civil. Este trabajo, naturalmente, absorbió a una parte considerable de los cuadros del partido.
Era evidente que esta situación entrañaba peligros y, en particular, a Lenin le preocupaba que el partido mantuviera un firme control político sobre esta labor.
Sverdlov, como secretario general del partido, cumplió esta tarea de manera admirable. No era un teórico, pero sí un organizador maravilloso, honesto, completamente desprovisto de ambición personal y totalmente dedicado a la causa de la revolución y del partido.
Cuando Sverdlov murió en 1919, Lenin buscaba un buen organizador con un carácter fuerte para encargarse de este aspecto del trabajo y pensó que Stalin podría desempeñar ese mismo papel. Pero se equivocó. Stalin se aprovechó de su posición en el partido y en el aparato estatal (que por entonces se identificaban cada vez más entre sí) para promover a sus compinches y concentrar el poder en sus propias manos.
Cuando Lenin se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, inmediatamente inició una lucha contra Stalin. Pero también temía que las diferencias en la dirección pudieran derivar en una escisión de carácter de clase, lo cual debilitaría la dictadura del proletariado y conduciría a una contrarrevolución capitalista.
Por esa razón, Lenin se vio obligado a actuar con gran cautela. No obstante, en ese momento de peligro, se apoyó en una alianza con el único hombre de la dirección en quien podía confiar para continuar la lucha contra Stalin y la burocracia: Trotsky.
En su llamado Testamento, Lenin dice que Trotsky era:
… se distinguía no solo por su extraordinaria capacidad. Personalmente, es tal vez el hombre más capaz del actual Comité Central.
En relación con Stalin, escribió:
El camarada Stalin, al haberse convertido en secretario general, tiene una autoridad ilimitada concentrada en sus manos, y no estoy seguro de si siempre será capaz de ejercer esa autoridad con la suficiente cautela.
Aquí Lenin se expresaba en un lenguaje muy cauteloso. Pero unas semanas más tarde añadió una posdata, en la que describía a Stalin como grosero y desleal, y abogaba por su destitución como secretario general.
El consejo de Lenin no se puso en práctica. Stalin continuó en su cargo de secretario general, el cual utilizó para lanzar una lucha despiadada y sin escrúpulos contra Trotsky.
Tras la muerte de Lenin en enero de 1924, Trotsky asumió el liderazgo de la lucha contra la degeneración burocrática del Estado soviético —una lucha que Lenin ya había iniciado desde su lecho de muerte—.

Los límites de la analogía histórica
Los paralelismos históricos a menudo pueden ser muy esclarecedores, pero tienen sus límites. Y este hecho es aún más cierto en el caso de la comparación entre individuos.
Trotsky describió la dictadura estalinista como un régimen de «bonapartismo soviético»; es decir, un régimen bajo el cual se ha derrocado al capitalismo, pero se ha privado al proletariado del poder político. Y Ted Grant utilizó el término «bonapartismo proletario» para referirse al mismo fenómeno. Esta definición es científicamente impecable, pero, como todas las definiciones, tiene sus limitaciones.
Cuando utilizamos la expresión «bonapartismo proletario», se puede deducir que se está haciendo una comparación entre Stalin y Napoleón Bonaparte.
Esa comparación puede ser correcta hasta cierto punto, pero solo si nos referimos al hecho de que ambos hombres actuaron como los sepultureros de una gran revolución.
Sin embargo, estos límites agotan por completo el contenido de cualquier comparación real. Sea lo que sea lo que se pueda pensar de Napoleón Bonaparte en el ámbito militar, sin duda demostró cualidades sobresalientes. ¡Difícilmente se puede decir lo mismo de Joseph Dzhugashvili!
Carente de toda capacidad para inspirar a las masas, ya sea como orador revolucionario o en el campo de batalla, el verdadero campo de acción de Stalin se limitaba a las cuatro paredes de su oficina, su teléfono y su infinita habilidad para intrigar, manipular y maniobrar.
La figura que más se asemeja a Stalin no es Napoleón Bonaparte, sino Joseph Fouché, quien, al igual que Stalin, era un hombre sin principios, un burócrata e intrigante consumado, impulsado por una ambición y una sed de poder que lo consumían por completo.
Fouché fue, sin duda, la figura más representativa de la reacción termidoriana.
Después de Termidor, el péndulo de la reacción se desplazó cada vez más hacia la derecha, pasando del Directorio a la dictadura de Bonaparte, y tras la derrota de Napoleón en Waterloo, culminó en la restauración de la monarquía borbónica.
Estos cambios convulsivos vinieron inevitablemente acompañados del ascenso y la caída de líderes políticos. Pero a lo largo de todo este proceso, un hombre logró no solo mantener su posición, sino también concentrar un inmenso poder en sus manos.
Fouché comenzó su carrera como un partidario particularmente sanguinario del Terror jacobino, ganándose el apodo de «el verdugo de Lyon». Pero como un camaleón, más tarde logró transformarse en un consumado agente de la reacción. El antiguo terrorista revolucionario jacobino se convirtió en jefe de policía, primero al servicio de Napoleón y más tarde de la monarquía restaurada.
El Termidor soviético bajo Stalin no terminó con el derrocamiento del Partido Comunista y la restauración completa del capitalismo —aunque en un momento, a finales de la década de 1920, esa fue una posibilidad clara—. Como escribió Trotsky:
El Termidor ruso sin duda habría inaugurado una nueva era de dominio burgués, si ese dominio no se hubiera demostrado obsoleto en todo el mundo. En cualquier caso, la lucha contra la igualdad y el establecimiento de diferenciaciones sociales muy profundas no ha logrado hasta ahora eliminar la conciencia socialista de las masas ni la nacionalización de los medios de producción y la tierra, que fueron las conquistas socialistas básicas de la revolución…
Aunque socava estos logros, la burocracia aún no se ha atrevido a recurrir a la restauración de la propiedad privada de los medios de producción.
Al final, la Revolución de Octubre sobrevivió, pero solo como una caricatura monstruosamente deformada, burocrática y totalitaria de un Estado obrero.
El terror de Stalin
Stalin y la burocracia respondieron a los argumentos políticos de Trotsky con el puño de hierro de la represión. Los miembros de la Oposición de Izquierda rusa fueron despedidos de sus trabajos, acosados y, más tarde, arrestados y encarcelados. Pero estos métodos resultaron insuficientes.
Para consolidar su poder, los usurpadores burocráticos de octubre necesitaban erradicar por completo las tradiciones del bolchevismo y de la Revolución Rusa. Esto requirió el exterminio físico del partido de Lenin, lo cual se llevó a cabo mediante los monstruosos juicios de purga.
Trotsky describió las purgas como una guerra civil unilateral, librada por Stalin y la burocracia contra el Partido Bolchevique. Stalin incriminó, torturó y asesinó a todos los líderes del partido de Lenin.

Un hombre contra el mundo entero
Desde su exilio en México, Trotsky fue testigo de la masacre de sus amigos y colaboradores dentro y fuera de la URSS, y de la destrucción de los logros políticos de la Revolución de Octubre.
La sed de venganza de Stalin se extendió incluso a las familias de sus víctimas. Uno por uno. Trotsky presenció el asesinato de sus hijos y de otros miembros de su familia. Sin embargo, se mantuvo desafiante: un hombre contra el mundo entero.
En medio de la feroz contrarrevolución estalinista, siguió defendiendo las tradiciones revolucionarias, democráticas e internacionales de octubre.
Siguió expresándose con valentía, sin miedo, denunciando los crímenes de Stalin. Pero al mismo tiempo, Trotsky siguió siendo un firme defensor de la URSS y de las conquistas de la Revolución de Octubre —una postura que mantuvo hasta el final de su vida.
Al inicio de la Segunda Guerra Mundial, Trotsky predijo que la Unión Soviética sería inevitablemente atacada por la Alemania nazi y planteó la consigna de la defensa incondicional de la Unión Soviética.
Explicó que era deber de todos los trabajadores unirse en su defensa. Pero también advirtió que el mayor peligro para el futuro de la Unión Soviética no provenía de una intervención militar extranjera, sino de las intolerables contradicciones que surgían inevitablemente de la existencia del régimen burocrático estalinista.
La historia posterior ha demostrado que tenía razón.
El asesinato de Trotsky
Ya en la década de 1920, Zinóviev y Kámenev habían advertido a Trotsky: «Tú crees que Stalin responderá a tus ideas. ¡Pero Stalin te golpeará en la cabeza!».
Esa advertencia profética finalmente se convirtió en un hecho trágico el 20 de agosto de 1940, cuando un agente de la NKVD, Ramón Mercader —alias Jacson— logró infiltrarse en la casa de Trotsky bajo falsos pretextos.
Convenció a Trotsky de que leyera un artículo que había escrito y, mientras este lo leía, Mercader se colocó detrás de él, levantó el brazo y lo bajó con toda su fuerza, clavando un picahielo en el cráneo de este hombre indefenso.
Trotsky se defendió valientemente y los guardias redujeron al agresor. Pero la sangrienta obra del asesino ya se había consumado.
El hombre que, junto con Lenin, condujo a los trabajadores rusos a la conquista del poder, que construyó el Ejército Rojo y derrotó a las fuerzas combinadas de la contrarrevolución, murió al día siguiente en un hospital mexicano.
Cuando Stalin se enteró de la noticia, seguramente se sintió muy satisfecho de sí mismo. Había resuelto este problema, tal como había resuelto todos los demás: mediante el uso de la fuerza bruta.
En realidad, no fue tan difícil. Los seres humanos somos criaturas débiles. Cualquier cosa puede cortar el frágil hilo que nos une a la vida: una bala, un cuchillo o un picahielo.
Es fácil matar a un hombre o a una mujer. Pero no es posible matar una idea cuyo momento ha llegado.
La URSS en guerra
De todos los muchos mitos que rodean a Stalin, el más persistente —y el más mendaz— es el de Stalin como un «gran líder de guerra». Esto no resiste el más mínimo escrutinio.
Las purgas de Stalin provocaron la destrucción masiva de los cuadros dirigentes del Ejército Rojo, lo que debilitó gravemente la defensa de la Unión Soviética.
Cuando los generales de Hitler se opusieron al ataque contra la Unión Soviética, Hitler respondió que no se trataba de una fuerza seria, porque «no tienen buenos generales». Afirmó que la Unión Soviética era un edificio podrido y que una buena patada bastaría para derribarlo.
Por su parte, Stalin depositó todas sus esperanzas en el pacto de no agresión que había firmado con Hitler en 1939. Tanto fue así que, cuando Hitler invadió en el verano de 1941, Stalin se negó a creerlo y, temiendo una provocación, ordenó al ejército que no opusiera resistencia. El resultado fue una catástrofe.
La Fuerza Aérea Soviética quedó destruida en tierra, mientras que millones de soldados del Ejército Rojo fueron rodeados, capturados y enviados a campos de exterminio, donde la mayoría de ellos pereció.
Como consecuencia, el ejército alemán avanzó profundamente en territorio soviético sin encontrar inicialmente ninguna resistencia efectiva. Los líderes soviéticos estaban desorientados. Stalin, al principio, entró en pánico y se escondió. Sus acciones equivalieron a una capitulación abyecta.
La verdadera situación fue revelada más tarde por Jrushchov, quien escribió:
Sería un error olvidar que, tras el primer desastre grave y la derrota en el frente, Stalin pensó que eso era el fin. En uno de sus discursos de aquellos días dijo: «Todo lo que Lenin creó lo hemos perdido para siempre».
La Unión Soviética se vio en peligro mortal. Pero, gracias a sacrificios sobrehumanos, las masas soviéticas demostraron su tremenda fuerza de voluntad y su lealtad inquebrantable a la Revolución de Octubre.
La gloriosa victoria del Ejército Rojo también demostró la viabilidad de las nuevas relaciones de propiedad establecidas por la Revolución de Octubre. Fue gracias a la colosal superioridad de una economía planificada y nacionalizada que la URSS pudo sobrevivir a los primeros desastres de la guerra y reorganizar la producción más allá de los Urales.
Para 1942, la economía se estaba recuperando rápidamente. Para 1943, los soviéticos superaban en armamento al enemigo, produciendo equipo y armas de primera calidad, a menudo superiores a las que utilizaban los alemanes, los británicos y los estadounidenses. Este es el secreto de su éxito y desmiente la afirmación tan repetida de que una economía planificada y nacionalizada es incapaz de producir bienes de alta calidad.
El hecho es que, a pesar de todos los problemas de la Unión Soviética bajo el mandato de Stalin, una economía atrasada y semifeudal se convirtió, en unas pocas décadas, en un poderoso Estado industrial moderno, que demostró su vitalidad al derrotar a las fuerzas de la Alemania de Hitler en la Segunda Guerra Mundial.
En realidad, la URSS ganó la guerra contra Hitler por sus propios medios. Los británicos y los estadounidenses fueron meros espectadores en una batalla titánica entre la Unión Soviética y la Alemania de Hitler, que contaba con el respaldo de las fuerzas productivas combinadas de Europa.
Pero la guerra la ganaron los trabajadores y campesinos soviéticos, no gracias al régimen de Stalin, sino a pesar de él.
La Unión Soviética pagó un precio terrible, con 27 millones de muertos y una destrucción generalizada de las fuerzas productivas en una vasta franja de su territorio. Sin embargo, a pesar de la colosal destrucción que sufrió, se recuperó rápidamente después de la guerra. En un par de décadas, la economía planificada y nacionalizada logró crear la segunda mayor potencia del mundo.

¿Por qué se derrumbó la Unión Soviética?
La Unión Soviética logró milagros en los ámbitos del desarrollo económico, social y cultural, superando rápidamente el atraso extremo que había heredado del pasado.
Pero hay que plantearse la pregunta: a pesar de todos estos grandes logros, la Unión Soviética finalmente fracasó y se derrumbó. ¿Fracasó porque el socialismo no puede funcionar?
Este argumento ha sido repetido sin cesar por los defensores del capitalismo como una forma de justificar la existencia continua de su propio sistema socioeconómico decrépito y en bancarrota.
Pero el argumento de que el socialismo no funciona se ve contradicho por toda la experiencia de la Unión Soviética a partir de octubre de 1917. Nunca en la historia se ha visto una transformación tan colosal.
Los éxitos de la economía planificada no pueden ser seriamente cuestionados. Quedaron brillantemente demostrados por los notables logros del programa espacial soviético, que lanzó el primer satélite espacial en 1957 y, poco después, logró enviar al primer hombre al espacio. Aún en la década de 1980, la CIA admitió que el programa espacial soviético llevaba décadas de ventaja al de Estados Unidos.
Lo que fracasó en la Unión Soviética no fue el socialismo, en ningún sentido que Marx o Lenin hubieran entendido, sino una monstruosa caricatura burocrática que sofocó y estranguló toda iniciativa creativa, y que finalmente anuló las ventajas de la economía planificada y nacionalizada, asegurando así el colapso de todo el sistema.
El yugo de la burocracia
Trotsky señaló que una economía planificada y nacionalizada requiere democracia de la misma manera que el cuerpo humano requiere oxígeno.
Todo trabajador sabe que en las empresas privadas no faltan la mala gestión, los errores, las estafas y la corrupción. Pero si una empresa lleva esto demasiado lejos, eventualmente quebrará.
Es decir, bajo el capitalismo, el mecanismo del mercado actúa como un «control» rudimentario. Es extremadamente derrochador y destructivo, pero establece un límite a las empresas improductivas.
Sin embargo, en una economía planificada y nacionalizada, el mecanismo de mercado no se aplica, o solo lo hace de manera muy limitada. La única forma de mantener a raya las prácticas corruptas e improductivas es mediante la participación y el control conscientes de la propia clase trabajadora.
Sin la participación activa de la clase trabajadora a través del control y la gestión de la industria por parte de los trabajadores, el nivel de incompetencia, corrupción y mala gestión burocrática actuará inevitablemente como una carga constante e insoportable que pesará fuertemente sobre el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas.
El control burocrático puede tener éxito por un tiempo en una economía primitiva, donde las tareas de reconstrucción dependen principalmente de la construcción de la industria pesada. Ese fue el caso de la Unión Soviética en la década de 1930.
Incluso en esa época, la chapuza, la mala gestión, las estafas y la corrupción en las altas esferas tuvieron sin duda un efecto negativo, pero no impidieron que la URSS alcanzara altas tasas de crecimiento durante los primeros planes quinquenales.
Sin embargo, a medida que la Unión Soviética se fue convirtiendo en una economía moderna, donde las relaciones entre las diferentes ramas de producción y la tarea de la gestión se volvían cada vez más sofisticadas y complejas, la economía planificada entró en conflicto con el dominio asfixiante de la burocracia en un grado cada vez mayor.
La existencia de una casta burocrática privilegiada, libre de todo control desde abajo, pasó de ser un obstáculo relativo a uno absoluto para el desarrollo de las fuerzas productivas.
Cuando era estudiante en la Universidad Estatal de Moscú en 1970, la prensa soviética se llenaba todos los días de informes sobre el uso indebido más escandaloso de los recursos, la mala gestión y el despilfarro colosal que representaban una sangría muy grave para la economía.
Este hecho se manifiesta de manera llamativa en la desaceleración de la tasa de crecimiento, que pasó de alcanzar hasta un 20 por ciento antes de la Segunda Guerra Mundial a un 10 por ciento después de la guerra, cayendo a alrededor del 6 por ciento bajo el mandato de Jruschov en 1960, y acercándose luego al 0 por ciento en los años de estancamiento diez años más tarde.
En los años de estancamiento bajo Brezhnev, la brecha entre la Unión Soviética y Estados Unidos se hizo cada vez más amplia. Incluso en términos de la tasa de crecimiento del PIB, la Unión Soviética ya no era capaz de lograr mejores resultados que el Occidente capitalista.
Una vez alcanzada esta etapa, la burocracia había dejado de desempeñar incluso el papel relativamente progresista que había tenido en el pasado. Este hecho selló en última instancia su destino. Ted Grant fue el único marxista que sacó la conclusión necesaria de esto en ese momento. Predijo que la caída del estalinismo era inevitable ya en 1972.
Todo lo que es real es racional
Por coincidencia, al momento de preparar esta introducción, estoy trabajando en la producción de un nuevo libro sobre el materialismo dialéctico.
Siguiendo los pasos de Lenin, realicé un estudio minucioso de la gran obra maestra dialéctica de Hegel, La ciencia de la lógica, en la que leemos lo siguiente:
Todo tiene su fundamento suficiente.
Si algo existe, lo hace por necesidad. Pero, del mismo modo, si algo pierde su «fundamento», entonces necesariamente dejará de existir.
En su libro Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, Engels aborda la afirmación de Hegel: «Todo lo que es real es racional; y todo lo que es racional es real». Esta afirmación es correcta, en la medida en que se aplica, pero sacada de contexto y presentada como una justificación del orden existente en todo momento, se vuelve parcial y, por lo tanto, falsa.
Como explica Engels:
Ahora bien, según Hegel, la realidad no es, sin embargo, en modo alguno un atributo que pueda atribuirse a cualquier situación dada, ya sea social o política, en todas las circunstancias y en todo momento.
Cuando un Estado en particular o sus instituciones han dejado de ser necesarios, pierden su «fundamento» y no tienen razón de ser. El ideal ya no se corresponde con la realidad. Como lo expresó Hegel:
Los conjuntos como el Estado y la Iglesia dejan de existir cuando se disuelve la unidad entre su concepto y su realidad.
Las cosas que antes tenían todo el sentido del mundo, ya no tienen sentido alguno. Para citar al Fausto de Goethe: «La razón se convierte en irracionalidad».
La teoría ya no se corresponde con la práctica. Las palabras no se corresponden con los hechos. Las viejas creencias se desmoronan y se disuelven en la nada, y con ellas, los cimientos mismos del Estado comienzan a tambalearse.
¿De qué servirían las ideas si no se correspondieran con la realidad objetiva? Lo único que queda es un cascarón vacío, hipocresía, fingimiento, que debe ser barrido.
Y esa era precisamente la situación que existía en la Unión Soviética en vísperas de su colapso. La burocracia estalinista había perdido todo derecho a gobernar; toda la autoridad que había usurpado a la Revolución de Octubre y convertido en una caricatura burocrática se había agotado, y todo el edificio podrido se tambaleaba a punto de derrumbarse.
La gran traición
Trotsky había esperado que la clase trabajadora derrocara al régimen estalinista mediante una revolución política, preservando la economía planificada y nacionalizada. Pero si eso no sucedía, planteó la posibilidad de que, en cierta etapa, el proceso de contrarrevolución burocrática pudiera conducir a la restauración del capitalismo.
Los viejos líderes estalinistas del llamado «Partido Comunista» de la Unión Soviética, en su etapa final, ofrecían un lamentable panorama de decadencia y decrepitud.
Al final, solo una pandilla de jefes militares borrachos se mantuvo a su lado y este se les escapó de sus dedos temblorosos. A pesar de todo su poderío y fuerza militar, en el momento de la verdad, un edificio aparentemente todopoderoso, sólido y monolítico se derrumbó como un castillo de naipes.
La responsabilidad principal recae en los propios estalinistas. Este hecho es difícil de aceptar para los estalinistas de hoy en día. Pero no por eso deja de ser un hecho.
¿Cómo es posible explicar el colapso de la Unión Soviética y la monstruosa traición de prácticamente todos los líderes del llamado Partido Comunista?
¿Acaso todos ellos se vieron repentinamente afectados por alguna misteriosa aberración mental que los transformó al instante en una banda contrarrevolucionaria, dispuesta a traicionar todo aquello que dicen defender?
Tales ideas, que rayan en el misticismo, no tienen nada en común con el método científico del marxismo, que se basa en los hechos, no en ficciones convenientes.
¡No! No se trató de una aberración repentina, sino de la consecuencia inevitable de décadas de retroceso y traición a las auténticas ideas leninistas del bolchevismo, lo cual terminó inevitablemente en la completa degeneración de los estalinistas rusos. Y esto, a su vez, tenía una base material.
La hinchada casta de millones de funcionarios, junto con sus esposas, hijos y parásitos, se apoyaba en la economía planificada y nacionalizada, mientras esta siguiera siendo la fuente de su riqueza y sus privilegios.
Pero cuando eso ya no estuvo garantizado, inevitablemente buscaron una alternativa. Y como predijo Trotsky, para preservar sus privilegios, la burocracia «deberá, inevitablemente, en etapas futuras, buscar apoyo para sí misma en las relaciones de propiedad [capitalistas]». La historia demostró que tenía razón.

Tal como predijo Trotsky, la burocracia no se conformó con la colosal riqueza y los privilegios que había obtenido mediante el saqueo del Estado soviético.
Hombres como Boris Yeltsin y Eduard Shevardnadze, quienes durante décadas alabaron el socialismo y el comunismo y ocuparon puestos de liderazgo en el llamado Partido Comunista de la Unión Soviética, se convirtieron de inmediato en fervientes defensores del capitalismo.
Pasaron al bando de la restauración capitalista, transformándose de una casta parasitaria a una clase dominante sin pestañear. Esto incluyó no solo a la cúpula directiva y a quienes se han convertido en multimillonarios, sino también a la mayoría de los altos mandos del ejército, la policía y la burocracia estatal.
El repugnante espectáculo de líderes, gerentes y funcionarios del Partido Comunista de larga trayectoria transformándose repentinamente en «empresarios» capitalistas, con la misma facilidad con la que un hombre pasa de un compartimento a otro en un tren, muestra cuán alejado estaba el régimen estalinista del socialismo genuino.
Esto constituye un comentario devastador sobre la podredumbre de la burocracia estalinista. Pero todo esto es pasado por alto hoy en día por los estalinistas con un silencio avergonzado. Es un silencio que no es más que una máscara hipócrita para encubrir su complicidad en un crimen histórico monstruoso.
El papel del PCRF
Las leyes de la mecánica nos dicen que toda acción tiene una reacción igual y opuesta. La misma ley se aplica a la sociedad y a la lucha de clases.
A medida que las realidades de la barbarie de clase se volvían cada vez más evidentes, surgió una reacción inevitable contra el nuevo orden, basado en el robo generalizado de la propiedad estatal por parte de una banda codiciosa de oligarcas parásitos.
Durante la crisis de 1998, amplios sectores de la pequeña burguesía habían perdido sus empleos e ingresos y se estaban volviendo en contra del capitalismo. Hubo huelgas masivas y protestas de los trabajadores. Si el «Partido Comunista» (CPRF) hubiera querido liderar un movimiento de regreso a una economía planificada y nacionalizada, ese era el momento de hacerlo.
Esto podría haber sido la base para una poderosa oposición comunista en Rusia, que condujera al derrocamiento del nuevo y odiado régimen. Pero no fue así.
La razón de esto no hay que buscarla en la clase trabajadora rusa, sino en la completa podredumbre de los líderes estalinistas del llamado Partido Comunista.
El CPRF siguió siendo un partido poderoso con una base de masas. Pero en lugar de movilizar a la clase trabajadora contra la restauración capitalista, Ziuganov y los demás líderes dedicaron todo su tiempo a maniobrar e intrigar con la élite gobernante y la oligarquía.
Desde el principio, el partido ha limitado sus actividades al parlamentarismo de la peor clase. A sus diputados les interesa mucho más mantener sus carreras, salarios y privilegios que luchar por la clase trabajadora.
Ziuganov y los dirigentes del PCFR no hicieron ningún intento por apoyar la renacionalización. Para llevar a cabo una lucha seria contra la restauración capitalista, los dirigentes del PCFR habrían tenido que movilizar a los trabajadores.
Pero estos supuestos «comunistas» estaban aterrorizados ante cualquier movimiento de la clase trabajadora. Demostraron ser incapaces incluso de luchar por un retorno al antiguo sistema burocrático, que probablemente la mayoría de la gente habría apoyado en ese momento. Habían hecho las paces con el capitalismo.
En ese momento, Ted Grant estaba convencido de que se produciría tal reviravolta y de que el avance hacia el capitalismo podría detenerse. Pero había subestimado enormemente el grado de degeneración de esos líderes.
Recuerdo muy bien cómo Ted llegaba a la oficina por la mañana, con un ejemplar del Morning Star —el diario del Partido Comunista Británico— en la mano. Apenas podía contener su incredulidad e indignación ante la conducta de los líderes del PCRF. «¡Es increíble!», exclamaba: «¡Mira lo que están haciendo!».
Pero no era nada increíble: simplemente el resultado inevitable de décadas de degeneración, retroceso y abandono sistemático de todos y cada uno de los principios e ideas de Lenin.
El momento para una acción decisiva pasó. La economía comenzó a recuperarse del colapso. Al no ver otra alternativa, las masas volvieron a sumirse en un estado de pasividad, y el régimen de Putin pudo consolidarse.
El trotskismo ruso
En la década de 1930, Trotsky había predicho que la crisis del estalinismo se manifestaría en una polarización entre el ala abiertamente procapitalista de la burocracia, a la que llamó la facción de Butenko, y un ala de izquierda, a la que llamó la facción de Reiss (en honor a Ignace Reiss, un oficial de la NKVD que rompió con Stalin y proclamó su lealtad a Trotsky antes de ser asesinado).
En el período previo al colapso de la Unión Soviética, la existencia de una poderosa tendencia procapitalista en las altas esferas de la burocracia se hizo cada vez más evidente, encontrando a su principal portavoz en la persona de Boris Yeltsin.
Sin embargo, no se puede hablar de nada que se parezca ni remotamente a una facción de Reiss, aunque hubo algunos casos aislados de personas que a veces se autodenominaban (sin mucho fundamento real) «trotskistas».
Tres generaciones de estalinismo afectaron la conciencia de la clase trabajadora. Como resultado, las cosas resultaron ser diferentes de lo que habíamos esperado.
Stalin logró, con más éxito del que podría haber esperado, destruir los últimos vestigios de la verdadera tradición del bolchevismo. Como resultado de la confusión general, al pequeño número de jóvenes que simpatizaban con el trotskismo les resultaba difícil formarse una idea clara de lo que Trotsky realmente defendía.
Por supuesto, había un número significativo de jóvenes que se esforzaban honestamente por recuperar las auténticas tradiciones del bolchevismo y el leninismo. Pero los grupos trotskistas, tanto escasos en número como ideológicamente confusos, se veían frecuentemente influenciados por ideas y métodos anarquistas.
La característica más llamativa de muchos de estos grupos en Rusia era una antipatía profundamente arraigada, que rayaba en el odio absoluto hacia el estalinismo. Dada la larga historia de los crímenes de Stalin, esto puede ser comprensible. Pero el propio Trotsky siempre insistió en que sus seguidores debían intentar por todos los medios acercarse a los trabajadores y jóvenes comunistas que se encontraban bajo la influencia del estalinismo.
Siempre se opuso al tipo de retórica histérica de los sectarios de la ultraizquierda. El lema de Trotsky fue siempre el de Lenin: explicar con paciencia.
En la época de la que hablamos, existían bastantes partidos estalinistas, que surgieron como resultado de numerosas escisiones en el PCRF. Muchos trabajadores y jóvenes, en busca de una organización combativa que liderara la lucha, se volcaron naturalmente hacia las organizaciones comunistas, que contaban con cierta base en la clase trabajadora.

En general, las masas no comprenden a las organizaciones pequeñas. Las minúsculas sectas trotskistas no podían ofrecer una alternativa seria —incluso si estos trabajadores y jóvenes se percataban de su existencia—.
En estas circunstancias, no cabe duda de que, si Trotsky estuviera vivo, habría insistido en que sus seguidores en Rusia ofrecieran un frente único a los estalinistas para una lucha conjunta contra la restauración capitalista.
Había buenas perspectivas, siempre y cuando los trotskistas trabajaran correctamente y no cometieran demasiados errores. Desafortunadamente, cometieron todos los errores imaginables —y no pocos que son inimaginables—.
Recuerdo un incidente que me dejó absolutamente atónito. Hubo una gran manifestación estalinista en San Petersburgo. Esto ocurrió en el momento en que la contrarrevolución capitalista estaba en pleno apogeo. Pero el pequeño grupo de trotskistas que existía en San Petersburgo decidió presentarse en esa manifestación con una enorme pancarta, decorada con el lema: «Stalin es el sepulturero de la revolución socialista».
Ahora bien, independientemente de lo que se pueda pensar del contenido de la consigna mencionada, ¡hay que reconocer que esa no era precisamente la mejor manera de establecer relaciones camaraderiles con las bases de un partido estalinista!
Desafortunadamente, este tipo de acciones eran demasiado comunes entre muchos que se identificaban falsamente como seguidores de Trotsky.
Consideremos un posible paralelo. Imaginemos que los partidarios de la teología de la liberación convocaran una manifestación para protestar contra el asesinato de trabajadores, campesinos y sacerdotes de izquierda, y nosotros nos presentáramos con una pancarta que proclamara: «La religión es el opio del pueblo».
Al actuar de esta manera, nos aseguraríamos de quedar completamente aislados de las bases del movimiento. Tales métodos no tienen absolutamente nada en común con los métodos de León Trotsky y del auténtico bolchevismo-leninismo.
De esta manera, los autodenominados trotskistas no hacen más que desacreditar la idea misma del trotskismo y aseguran que queden marginados para siempre como sectas insignificantes.
Es esencial que los auténticos seguidores de Trotsky trabajen con paciencia para convencer a las bases de las organizaciones comunistas de que el trotskismo no es más que otro nombre para el bolchevismo, y de que tenemos todo el derecho a ser considerados una corriente genuina dentro del movimiento comunista. ¿El fin de la historia?
¿El fin de la historia?
La caída del Muro de Berlín y el colapso del estalinismo en Rusia y Europa del Este provocaron una ola de euforia en Occidente.
Los enemigos del comunismo creyeron haber exorcizado con éxito los fantasmas de octubre. El colapso de la Unión Soviética parecía confirmar su sospecha de que el comunismo estaba muerto y enterrado. «La Guerra Fría ha terminado», se regodeaban, «y ganamos».
Embriagados por sus ilusiones de éxito, los defensores del capitalismo hablaron del fin del comunismo, del fin del socialismo y Francis Fukuyama incluso habló del «fin de la historia». Pero de la historia no se puede deshacer tan fácilmente.
La crisis que ahora afecta a toda la economía mundial ha sacudido al sistema capitalista hasta sus cimientos.
Los líderes soviéticos hablaban del socialismo y del comunismo exactamente de la misma manera en que los capitalistas y sus apologistas hablan ahora de la democracia. Pero esa palabra suena cada vez más vacía y sin sentido en sus labios. Ya nadie la cree.
La clase multimillonaria está contemplando su propio futuro como en un espejo. Al igual que la Unión Soviética en vísperas de su colapso, el sistema capitalista se encuentra en una crisis terminal: un cascarón vacío, desprovisto de todo contenido real, que hace mucho que perdió cualquier razón para seguir existiendo y está condenado a ser arrojado al basurero de la historia.
La quiebra de la «izquierda»
Resulta profundamente irónico que, durante la crisis más profunda de los últimos 200 años, los llamados partidos de «izquierda» hayan abandonado por completo el socialismo y se aferren a los faldones de la burguesía.
Los reformistas y los burócratas sindicales temen la lucha revolucionaria de la clase trabajadora como el diablo teme al agua bendita. Esto también se aplica (quizás incluso más) a ciertas «izquierdas», que se esconden detrás de frases socialistas radicales o incluso comunistas, pero que, de hecho, representan solo el flanco izquierdo de una corriente conservadora y burocrática dentro del movimiento obrero.
Su odio hacia el «trotskismo» no solo se debe al miedo por sus propios puestos, empleos y salarios, sino también a su incapacidad para responder a los marxistas con argumentos políticos. Como siempre, un hombre con ideas confusas odia a un hombre con la cabeza bien puesta sobre los hombros.
Las cosas son aún peores con los antiguos «comunistas» que han tirado por la borda las ideas de Lenin y el marxismo y se han rendido ante los partidos de la clase dominante.
Bajo el pretexto del «frente popular» y la «estrategia del mal menor», intentan atrapar a la clase trabajadora en una alianza de clase colaboracionista con sus enemigos, los liberales burgueses. El resultado ha sido el mismo en todas partes: derrota y desmoralización.
Los partidos comunistas estalinistas siguen la misma política errónea bajo la bandera de «un mundo multipolar», con la que intentan subordinar a la clase obrera internacional a las maquinaciones de tal o cual grupo de Estados imperialistas.
En todo esto, revelan su total falta de fe en la clase trabajadora, su escepticismo venenoso y su abandono total de la lucha revolucionaria por el socialismo. Los viejos estalinistas eran al menos una caricatura de lo auténtico. Ahora no son más que una pálida imitación del reformismo.
Un legado invaluable
Hoy, más de treinta años después de la tan cacareada “muerte” del comunismo, los representantes de la burguesía en la política, la prensa y el mundo académico están produciendo un aluvión de propaganda anticomunista. La razón de esto no es difícil de entender. La crisis mundial del capitalismo está dando lugar a un cuestionamiento general del sistema existente.
Hay un resurgimiento del interés por la idea del comunismo, lo cual está alarmando a la burguesía. La nueva campaña de calumnias no es un reflejo de confianza, sino de miedo.
Una nueva generación está entrando en el camino de la lucha de clases y, instintivamente, se orienta hacia el comunismo en busca de un camino a seguir. Este es un hecho de enorme significado progresista.
A esta nueva generación de luchadores, las ideas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky les ofrecen un legado invaluable: una guía y una brújula que necesitarán para encontrar el camino que conduce al socialismo: el camino revolucionario.
Espero que la publicación de este libro les proporcione la munición ideológica que necesitan para llevar adelante la lucha hasta la victoria final.













