En 1926, un médico de Ponce se declaraba comunista y defendía el control de la natalidad frente a los padres dominicos. Ocho años después cofundó el Partido Comunista de Puerto Rico. Su nombre quedó fuera de la historia oficial. En este contexto se desarrolla esta historia.
La historiografía política puertorriqueña del siglo XX —incluso la socialista— ha preferido mirar desde el balcón: líderes, convenciones, alianzas y discursos parlamentarios. Los trabajadores aparecen como categoría administrativa, no como sujeto. Bolívar Pagán, en su monumental Historia de los partidos políticos puertorriqueños, reproduce ese encuadre: partidos políticos arriba, el pueblo abajo y la voz desaparece. Una historia ordenada, pulcra, sin los bordes que cortan y muestran la realidad.
En ese silencio cabe un nombre que casi nadie recuerda: José A. Lanauze Rolón. Nacido en Coamo en 1893 y formado en medicina en Howard, una de las grandes universidades negras de Estados Unidos. Fue poeta antes que militante. Miguel Á. Náter, en su artículo Ciencia, progreso y escepticismo en Momentos, lo rastrea ahí: un joven que duda, que busca y que no encaja del todo. Lanauze ya dejaba ver en Momentos (1916) la tensión que lo acompañaría siempre: fe en la ciencia frente al escepticismo moderno. Una “nueva fe” sin Dios pero con conciencia. Sandra Pujals, en De un pájaro las tres alas: el Buró del Caribe de la Comintern, Cuba y el radicalismo comunista en Puerto Rico, lo sitúa más tarde como militante comunista con una visión “controversial” sobre el control de la natalidad. Aun así, Lanauze no existe en la historia oficial.

En 1925 funda en Ponce la Liga para el Control de la Natalidad y escribe a Margaret Sanger. Un año después, publica El mal de los muchos hijos, un panfleto en el que discute —sin temblarle la mano— con los padres dominicos de Ensenada. Allí suelta una frase que debería estar en cualquier historia del comunismo puertorriqueño: “El ideal supremo de un comunista convencido es transformar el sistema social todo, de arriba abajo”. Ocho años antes de fundar el Partido Comunista, Lanauze ya se reconocía como comunista. No el doctrinario, sino el igualitarista radical que ve en la ciencia un arma emancipadora, en la Iglesia un aparato de control y en la mujer un sujeto con derecho a decidir. “Toda mujer debe tener el poder y la libertad para evitar la concepción”, escribe, adelantándose por décadas a los debates contemporáneos sobre autonomía reproductiva.
Ese feminismo temprano —antes del aborto, antes de la planificación moderna— es quizá su gesto más radical. Sin control de la natalidad, dice, la mujer queda reducida a “instrumento de procreación” y la familia obrera condenada a la miseria. No es demografía, es un gesto político.
Los dominicos responden con la artillería moral de siempre: pecado, masturbación y desorden social. Lo acusan de ocultar la eugenesia de Sanger y de promover la desmoralización. Lanauze responde sin concesiones: rechaza el calificativo de “criminal”, acusa a los frailes de fanatismo y se declara “casi materialista”. Esa grieta entre fe científica y materialismo dialéctico —que Náter detecta desde 1916— reaparece aquí con toda su tensión. La remata con una provocación: Jesús, “el revolucionario de Galilea”, estaría hoy del lado de los neomalthusianos. Lo que discute no es sexo: en su trabajo deja ver el filo del poder. El “mal de los muchos hijos” es el síntoma de un sistema que obliga a los pobres a reproducir su propia miseria.
Lo que Lanauze hacía en Ponce no era un esfuerzo aislado. Mientras él debatía con los dominicos sobre úteros y pecado, en Nueva York el Buró del Caribe de la Comintern preparaba otra cosa. Pujals lo documenta: desde 1931 se organiza en secreto un Partido Comunista para Puerto Rico, con entrenamiento, financiamiento y cuadros enviados desde la diáspora. No fue pura casualidad que en 1934, en ese proyecto deliberado, Lanauze apareciera en el centro de la trama.
En 1936, celebrando el 19° aniversario de la Revolución Rusa, pronuncia un discurso que marca su giro definitivo. Ya no es el médico reformista: es un marxista-leninista que habla de “partido de vanguardia”, “dictadura del proletariado” y “expropiación de los medios de producción”. Narra la Revolución con lenguaje casi bíblico: “Con ella se abrió una nueva etapa en los dilatados horizontes de la historia humana”, como si fuera un nuevo amanecer. Pero lo más interesante es cómo aterriza esa épica en Puerto Rico. Conecta la guerra civil española con la miseria isleña, cita a Clara Lugo de Sendra y a Ángel Osorio. Entonces aparece algo nuevo en su discurso: la independencia. Lanauze ya no habla solo de clase; ahora habla de colonia. El leninismo le da el lenguaje para nombrar lo que ya sabía: la opresión nacional.

Ese giro no es menor. Lanauze no abandona el análisis de clase, más bien lo amplía. Decía que el imperialismo no es solo explotación económica, es también dominación nacional. La independencia no sustituye la revolución social: es su condición de posibilidad. En eso, Lanauze se diferencia tanto de los socialistas reformistas (que negociaban con el colonialismo) como de los nacionalistas puros (que a veces ignoraban la lucha de clases). Su originalidad reside en este tejido: sin independencia no hay socialismo y, sin socialismo, la independencia es un cambio de banderas.
Su programa en 1936 es claro: siete horas de trabajo, salario mínimo, seguro social, tierra para los campesinos, fin de las hipotecas y socialización de la tierra. Propone un Frente Unido Antiimperialista que reúna a nacionalistas, izquierdistas, independentistas y comunistas. Propone también convocar una conferencia panamericana antiimperialista en San Juan o en México. Era su ambición sin miedo.
¿Y Bolívar Pagán? El silencio es su fuerte. En su Historia de los partidos políticos, el Partido Comunista es una nota al margen. Lanauze se convierte en un nombre más en su lista y desaparece de sus páginas como un fantasma. Pagán mira desde arriba: coaliciones, pactos y presupuestos. No hay espacio para un médico comunista que en 1936 acusa a los socialistas de traicionar a las masas “a cambio de migajas del presupuesto insular”. Pero el silencio de Pagán no explica todo; la historiografía tradicional tiene razones propias para esquivar a Lanauze. Su defensa del control de natalidad lo acerca al feminismo y a la anticoncepción en una sociedad profundamente católica. Su anticlericalismo militante —esa afirmación de que Jesús estaría hoy del lado de los neomalthusianos— choca de frente con el orden moral dominante. Su “casi materialismo”, esa posición fronteriza entre la fe científica y el ateísmo, lo hace incómodo tanto para los creyentes como para los marxistas ortodoxos. Lanauze no cabe en ningún cajón. La omisión es política, religiosa y cultural a la vez. Recuperar a Lanauze es corregir todas esas omisiones a la vez.
Tras la disolución del PCP en 1944, Lanauze no desaparece. Náter reconstruye ese tramo final con precisión detectivesca. Fue presidente de la Asamblea Municipal de Ponce en 1948, una figura respetada y no marginal. Pero pronto se desencanta del proyecto de Muñoz Marín y se une al PIP. Muere en 1951, sin ver la independencia que defendió con tanta claridad. Su vida —del escepticismo poético al comunismo, del comunismo al independentismo— fue una búsqueda coherente de cómo liberar a Puerto Rico de la miseria, la ignorancia y el colonialismo.
El comunismo puertorriqueño no fue un accidente ni una importación tardía: fue una respuesta local, creativa, científica, anticlerical y antiimperialista. Lanauze lo encarnó antes que nadie. Fue comunista cuando decirlo era peligroso. Fundador cuando el país ardía en pedazos. Independentista, cuando el autonomismo se volvió moda asimilista. Que su nombre no aparezca en las historias oficiales dice menos de él que de quienes escribieron esas historias.










