Las mayores manifestaciones callejeras en la historia de Brasil, que se extendieron durante tres semanas, dieron lugar a un giro electoral sin precedentes que prácticamente todos los analistas consideraban imposible.
Lula terminó la primera vuelta con 2.2 millones de votos por detrás de Flávio Bolsonaro. Sin embargo, en la segunda vuelta, Lula logró una ventaja de 4.4 millones de votos, a pesar de que Flávio Bolsonaro aumentó su propia votación en 3.7 millones de sufragios. Lula obtuvo 10.4 millones de votos más en la segunda vuelta y alcanzó la mayor votación en la historia de Brasil, con un total de 64.2 millones de votos.
Millones de jóvenes y trabajadores salieron a las calles justo después de la primera vuelta, lo que cambió radicalmente la situación política. Fueron las masas trabajadoras en las calles las que derrotaron al candidato de Trump, al candidato del llamado «mercado financiero», al candidato de las grandes empresas tecnológicas estadounidenses, de los grandes medios de comunicación privados brasileños y de la mayor parte de la burguesía nacional.
El «Ejército de Lula»
Muchos analistas burgueses han buscado la explicación de este espectacular giro electoral en una iniciativa digital llamada «Ejército de Lula».
Justo después de la derrota de Lula en la primera vuelta, el diputado federal André Janones (Rede) creó un canal de WhatsApp con ese nombre y comenzó a reclutar «soldados».
Cada día les asignaba una misión a sus seguidores. La mayoría de las veces, la tarea consistía en reclutar nuevos miembros; es decir, conseguir nuevos seguidores para el canal de WhatsApp, con metas que aumentaban constantemente. En solo tres días, el canal ya contaba con 2 millones de seguidores y, al cabo de tres semanas, alcanzó los 10.8 millones.
Janones publicaba mensajes escritos y de audio en este canal, compartía videos y exigía obediencia militar a sus seguidores cuando les ordenaba que interactuaran con los contenidos en otras redes sociales, sobre todo en Instagram. Esta práctica llevó al equipo de Bolsonaro a solicitar a la justicia electoral que prohibiera el canal de WhatsApp de Janones, bajo el argumento de que se obligaba a los activistas digitales a actuar como robots.
Por su parte, el diputado federal Nikolas Ferreira (PL) creó un canal similar llamado «la Tropa de Flávio», que llegó a contar con 2 millones de seguidores.
Las acciones del grupo de Janones, sin duda, tuvieron un impacto importante en la difusión y el alcance de diversos contenidos a favor de Lula y en contra de Flávio Bolsonaro; sin embargo, este no fue el factor decisivo para el giro electoral.
No es exagerado afirmar que durante la primera vuelta no hubo una campaña militante en las calles. La campaña oficial de Lula no entusiasmaba a nadie. Sus seguidores, en general, se mantenían replegados y les daba vergüenza manifestar su voto. No utilizaban distintivos, no declaraban su apoyo y preferían evitar las discusiones políticas.
En cambio, durante la campaña de la segunda vuelta, las multitudes colmaron las calles con sus banderas y proclamaron a los cuatro vientos que votarían por Lula. ¡Provocaban debate político en todos los ámbitos y ante cualquier oportunidad!
Miles de jóvenes se encargaron de acompañar a sus abuelos y bisabuelos a votar; en ocasiones, incluso tuvieron que trasladar en vilo a quienes presentaban dificultades de movilidad.
En las regiones de difícil acceso, las comunidades afrodescendientes, ribereñas e indígenas salieron a votar en masa, pese a las serias deficiencias en el transporte. Las terminales de autobuses del noreste se llenaron desde la noche anterior de personas que necesitaban desplazarse para votar al día siguiente.

Sin embargo, la candidatura de Lula no solo se benefició de la disminución de la abstención (que pasó de 33.4 millones en la primera vuelta a 30.5 millones en la segunda) y de la reducción de los votos en blanco y nulos (de 5.9 millones a 4.1 millones). También captó cerca de 5.5 millones de sufragios de electores que habían optado por candidatos de derecha en la primera vuelta.
Todo ese entusiasmo, la voluntad de convencer a otros votantes y los sacrificios realizados para acudir a las urnas fueron el resultado directo de una enorme movilización de masas, iniciada e impulsada por la juventud. Dos millones de personas en Río de Janeiro, más de un millón en São Paulo y cientos de miles en todo Brasil salieron a las calles de forma espontánea, sin esperar la convocatoria de Lula ni de Janones.
Al parecer, Lula y el general de su «ejército» temían despertar fuerzas sociales que no pudiesen controlar. Janones no utilizó ni una sola vez su canal de millones de «soldados» para difundir las fechas, horarios o lugares de las manifestaciones callejeras.
La política del gobierno y la política de las calles
A primera vista, para quien observa desde la distancia, podría parecer que las grandes manifestaciones callejeras expresaban un apoyo incondicional a la política del gobierno. No obstante, eso dista mucho de reflejar lo que realmente ocurrió.
Hasta la primera vuelta de las elecciones, con las masas inactivas, cualquier candidato de la oposición habría podido vencer a Lula. Flávio Bolsonaro se presentaba como la principal opción «anti-Lula». Sin embargo, en los escenarios hipotéticos de la segunda vuelta medidos por las encuestas de opinión, incluso figuras como el escritor de autoayuda Augusto Cury aparecían con posibilidades de derrotarlo.
Lula gobernó durante cuatro años con una política fiscal orientada a favorecer al rentismo parasitario en detrimento de las áreas sociales; asimismo, mantuvo el nuevo techo de gastos, que ya compromete el presupuesto mínimo de salud y educación para el próximo año. Avanzó en las privatizaciones y no revirtió las contrarreformas de los mandatos anteriores. Cuando se produjo una importante movilización en las calles para abolir la jornada laboral de 6×1, por ejemplo, el mandatario prefirió ignorar la demanda de la clase trabajadora. Del mismo modo, cuando tuvo la oportunidad de crear una empresa estatal de tierras raras, se negó a fundar Terrabras y optó por regular la explotación de minerales críticos a cargo de corporaciones extranjeras.
A pesar de que las cifras oficiales muestran niveles bajos de inflación y desempleo, la realidad es que el endeudamiento de las familias se ha incrementado y cada vez resulta más difícil llenar el carrito del supermercado. Las jornadas laborales son extenuantes y los jóvenes con estudios superiores o de posgrado se ven empujados a trabajar en plataformas como Uber, 99taxi o iFood debido a la falta de ofertas de empleo calificado.
Este panorama, sumado a la crisis de la república burguesa (que ya hemos explicado en otros artículos) y a la insistencia de Lula en presentarse como defensor de las desgastadas instituciones de esta democracia, generó un alto nivel de insatisfacción popular. Ante la falta de un referente de izquierda radical, este descontento se canalizó hacia la demagogia de la extrema derecha bolsonarista.
La campaña de Lula en la primera vuelta presentaba la política gubernamental de los últimos cuatro años como la mejor opción posible; defendía la idea de que todo marchaba bien y que debía continuar por el mismo rumbo. Incluso apostaron por una victoria inmediata en la primera ronda (para lo cual Lula requería más del 50 % de los votos válidos). Esa estrategia los condujo a la derrota.
Por el contrario, la campaña que las calles impusieron en la segunda vuelta asumía que el gobierno arrastraba fallas y que había mucho por transformar, pero que permitir el retorno de la extrema derecha bolsonarista al poder agravaría la situación. Era necesario elegir a Lula para derrotar a Bolsonaro, pero también organizar la lucha para construir una alternativa a la izquierda de Lula en el período venidero. Ese planteamiento condujo a la victoria.
Dicha postura coincide con la que nosotros, desde «Brasil Comunista», defendimos durante toda la campaña de la primera vuelta a través de tres consignas:
- Derrotar al bolsonarismo
- Voto crítico a Lula
- Construir una alternativa comunista
«Nosotros contra ellos»
Tan pronto como se escrutaron los votos de la primera vuelta —lo que confirmó un avance significativo de la extrema derecha en el Senado y en la Cámara de Diputados, además de la sorprendente ventaja de Flávio Bolsonaro—, amplios sectores de la burguesía dieron por hecha la victoria de Flávio en la segunda vuelta y comenzaron a tender puentes con su nuevo representante político.
El mercado financiero reaccionó con un repunte en la bolsa de valores de São Paulo, lo que provocó la caída del dólar. Flávio Bolsonaro ya evaluaba la conformación de su gabinete ministerial y las reformas que introduciría en la Constitución.
En vísperas de la primera vuelta, el propio Lula comprendió que debía radicalizar su postura o sería derrotado. Prohibió las apuestas y concentró sus esfuerzos en lograr que el Senado aprobara la enmienda constitucional para poner fin a la jornada 6×1. Tras el revés de la primera vuelta, prometió transporte público gratuito los fines de semana.
El 16 de octubre, subido a un camión con altavoces en las calles de Ipatinga —una ciudad industrial de Minas Gerais—, Lula pronunció un discurso que evocó su retórica de los años 80. Denunció que ese mismo día los directivos de TV Globo habían almorzado a puerta cerrada con Flávio Bolsonaro, apenas unas horas antes de la entrevista que la cadena le realizaría al candidato esa noche. El día anterior, Lula había sido entrevistado por Globo y debió responder a duros cuestionamientos de los periodistas.
Acto seguido, Lula continuó su discurso ante la multitud que colmaba las calles de Ipatinga: «Seguro que Globo está enojada conmigo porque prohibí las apuestas, y Globo tenía su propia apuesta. ¡Seguro que Globo está enojada conmigo porque aprobamos el fin del turno 6×1!». Tras concluir que la cadena ya no merecía su confianza, sentenció: «Ahora tenemos que enfrentarnos a la bandera estadounidense, tenemos que enfrentarnos al presidente Trump, tenemos que enfrentarnos al presidente Milei, tenemos que enfrentarnos al calvo que robó el INSS, tenemos que enfrentarnos a Vorcaro que robó miles de millones, tenemos que enfrentarnos a la extrema derecha; y a mi lado solo tengo al pueblo brasileño y vamos a ganar».
Lula recurrió a la retórica del «nosotros contra ellos» porque entendió que era la única forma de conectar con la radicalización que se percibía en las calles.
En su discurso de victoria, tras conocerse los resultados de la segunda vuelta, afirmó que cambiaría la «forma de gobernar» para otorgar un mayor espacio a la participación popular y juvenil; sin embargo, amplios sectores de los manifestantes ya las consideran promesas vacías.

«Jones Manoel 2030»
En las calles tomadas por la juventud trabajadora en varias ciudades del interior de Brasil se exhibían pancartas con consignas como «Lula 2026, Jones 2030» o «Jones presidente 2030». Inmediatamente después del triunfo de Lula, las redes sociales se inundaron de publicaciones y memes que expresaban: «Ahora que aseguramos la victoria de Lula, puedo empezar la campaña por mi verdadero presidente: Jones Manoel»; «Bolsonaro derrotado. Próxima misión: Jones presidente»; o «Hice la L en 2026, haré la J en 2030».
Jones Manoel fue elegido diputado federal con casi 250 mil votos en Pernambuco, un estado con 7.2 millones de electores. Se consolidó como el segundo candidato más votado, solo por detrás del principal representante de la burguesía local. A modo de comparación, en el estado de São Paulo —que cuenta con 34.1 millones de votantes— el caudal de Jones equivaldría a unos 1.2 millones de sufragios en un colegio electoral de esa magnitud. Lo más significativo es que logró este respaldo postulándose abiertamente como comunista y en defensa de la revolución brasileña.
Por su parte, las candidaturas de la Bancada de la Izquierda Radical —un bloque impulsado por Jones Manoel junto a figuras como Sâmia Bomfim, Glauber Braga y Fernanda Melchionna— obtuvieron cerca de 2 millones de votos en todo el territorio nacional. Estas expresiones espontáneas de apoyo a una futura presidencia comunista en 2030 evidencian el nivel de radicalidad que esta nueva generación desarrolla.
En este contexto, nuestra consigna de «construir una alternativa comunista», sumada al respaldo a Jones Manoel y a los demás integrantes de la Bancada de la Izquierda Radical, nos permitió conectar con los sectores más combativos del movimiento de masas en las calles.
Esto explica la avalancha de solicitudes de ingreso a la ICR-Brasil en las últimas semanas, que suman más de 3 mil peticiones de afiliación desde el escrutinio de la primera vuelta hasta la redacción de este artículo (28 de octubre).
¿Qué viene ahora?
Predecir el panorama con precisión resulta complejo debido a la inmediatez y convulsión de los acontecimientos. No obstante, los primeros tres días posteriores al balotaje ya ofrecen elementos para el análisis.
Por un lado, se observan las maniobras erráticas de Flávio Bolsonaro. Inicialmente afirmó que solicitaría la anulación de los comicios; poco después se echó para atrás y dijo que exigiría la invalidación de la fórmula Lula-Alckmin, asegurando además que no abandonaría el país y que lideraría la oposición. Sin embargo, terminó huyendo de Brasil tras que la Policía Federal le confiscara el pasaporte para impedir su fuga, mientras era investigado por múltiples delitos. Finalmente reapareció en suelo estadounidense, bajo el evidente amparo de la administración Trump, donde publicó una «carta al pueblo brasileño» en la que se autoproclamaba el «verdadero presidente electo». Minutos más tarde difundió una versión modificada en la que sustituyó dicho título por el de «Líder de Brasil». Todo esto ocurrió en menos de 72 horas tras conocer los resultados.
En sintonía, Lucas Pavanato, diputado bolsonarista electo por São Paulo con más de 3 millones de votos, convocó movilizaciones para protestar contra un supuesto fraude electoral, aunque los llamados fueron cancelados poco después. Mientras tanto, Donald Trump ha evitado reconocer formalmente la victoria de Lula.
Resulta difícil anticipar los próximos pasos de la extrema derecha ante estos bandazos estratégicos. Aunque el primer borrador de la carta de Flávio sugería un plan de doble legitimidad institucional al estilo de Juan Guaidó en Venezuela, es imposible prever el rumbo de la agenda de Trump, Marco Rubio y el clan Bolsonaro.
A pesar de ello, una certeza destaca: cualquier plan para impugnar el resultado mediante disturbios similares a los acaecidos frente a los cuarteles a finales de 2022 —que derivaron en el asalto del 8 de enero de 2023 en Brasilia— quedó desactivado por la masiva movilización de la juventud trabajadora antes de la votación y durante las celebraciones en la Avenida Paulista la noche del 25 de octubre. La presencia de las masas en las calles desarticula las estrategias de la burguesía.
Por otro lado, las manifestaciones contra la extrema derecha mantienen su dinamismo. En la ciudad de São Paulo se organizaron protestas bajo la consigna «Fuera Nunes» contra el alcalde bolsonarista Ricardo Nunes, acusado de sabotear la jornada electoral mediante la reducción de la flota de autobuses. Cabe recordar que, en la primera vuelta, Lula se impuso en la capital paulista con el 46.58 % de los votos válidos frente al 42.13 % del candidato oficialista. Queda por ver si estas protestas se replicarán en otras municipalidades donde se registraron bloqueos similares por parte de administraciones locales y empresas de transporte.
En las redes sociales proliferan nuevos espacios de articulación colectiva. Un ambiente de alerta ante eventuales amenazas externas o internas impregna a la juventud que se movilizó en las últimas tres semanas.
Más allá de la resistencia, millones de trabajadores experimentaron un salto cualitativo en su conciencia política. Para una generación que nunca había marchado, quedó demostrado que la acción colectiva puede cambiar el rumbo político y doblegar a poderes consolidados.
La exigencia de construir una alternativa a la izquierda del gobierno se percibe con claridad y las ideas comunistas encuentran una receptividad inédita desde la década de 1960.
Los procesos históricos acelerados transforman la conciencia de las masas; en Brasil, la población atribuye legítimamente el vuelco electoral a su propia movilización. Reconocer ese poder colectivo representa un desafío directo para la clase dominante, y Lula tendrá que gobernar bajo ese escenario.

Paralelamente, una extrema derecha fortalecida en el Congreso Nacional ejercerá una presión constante. Con un margen de maniobra estrecho debido a la crisis estructural del capitalismo, Lula intentará aplicar su fórmula tradicional: tejer alianzas amplias con el «centro» institucional para aislar a los radicales de derecha. Este enfoque centrista lo llevará a gestionar el Estado en favor de los intereses de la burguesía, lo que chocará inevitablemente con una clase trabajadora activa que se asume victoriosa.
Por todo esto, la contención institucional no será suficiente. La clase trabajadora requiere mantener sus estructuras organizativas listas para movilizarse, incluso frente a las disposiciones del nuevo gobierno, ya que los avances sociales dependerán exclusivamente de la presión popular. Es este balance el que impulsa a miles a la militancia comunista.
Son excelentes noticias para los comunistas. Todavía es difícil decirlo en tan pocos días, pero las condiciones actuales sugieren que el país podría estar entrando en la fase inicial de una coyuntura prerrevolucionaria.
Sin embargo, es imperativo concluir con una advertencia: la conciencia política no es un elemento estático; fluye y refluye. Para preservarse y propiciar nuevos saltos cualitativos, la conciencia debe materializarse en organización. Si este nuevo contingente de millones de personas que acaba de experimentar un despertar político no encuentra canales de articulación organizativa, tarde o temprano su conciencia retrocederá.
La clase trabajadora brasileña necesita con urgencia un partido comunista revolucionario de masas. No obstante, edificar una organización de estas magnitudes en un país de las dimensiones de Brasil no es una tarea sencilla ni algo que se logre de la noche a la mañana.
Figuras como Jones Manoel y las propuestas que impulsará la Bancada de la Izquierda Radical en el próximo período pueden desempeñar un papel crucial en este proceso. Sin embargo, para cumplir ese cometido es fundamental superar las ilusiones en el denominado «modelo de desarrollo chino» y en teorías económicas que contradicen abiertamente el marxismo, como la Teoría Monetaria Moderna (MMT). (lee más sobre esto aquí.)
Hoy en día, el embrión del futuro partido de la revolución brasileña se está gestando en la sección brasileña de la Internacional Comunista Revolucionaria (ICR), a través de su periódico Brasil Comunista, su revista América Socialista, diversas publicaciones teóricas, sus plataformas digitales e innumerables células comunistas que se multiplican en las principales ciudades del país. Miles de personas ya están buscando organizarse con nosotros. ¡Súmate a este movimiento y organicemos la lucha para hacer realidad nuestros ideales!
¡Organízate ya por la revolución brasileña!














