La movilización del 17 de octubre marca una etapa importante en el desarrollo de un movimiento que, sin duda, está lejos de haber agotado sus reservas de energía, determinación y combatividad.
Estudiantes de secundaria, universitarios, jóvenes trabajadores y desempleados: la «generación Z» dominaba las manifestaciones y las animaba con un radicalismo contagioso. También se movilizaron en gran número trabajadores de más edad. Todos los sectores de la economía, todas las fuerzas vivas del país estaban representadas.
Las cifras anunciadas por la prensa —entre 500.000 y 800.000 personas en todo el país— subestiman la magnitud de la movilización. En París, en particular, las calles adyacentes al recorrido oficial de la manifestación estaban abarrotadas. Barrios enteros vibraban al ritmo de consignas y cánticos. Los residentes salían de sus casas o de los comercios para sumarse al ambiente electrizante de un pueblo en rebelión. ¡Nos gustaría conocer el método utilizado —aparte del cálculo a ojo— para contar con precisión a semejantes multitudes en plena efervescencia!
Numerosos manifestantes —algunos de ellos con chalecos amarillos— portaban pancartas que competían en cuanto a humor e imaginación. Las reivindicaciones, los juegos de palabras y las ocurrencias convergían en un rechazo radical al Gobierno, a los ultrarricos, a su Estado, a su policía y a su sistema. Muchas pancartas hacían referencia a las grandes tradiciones revolucionarias del pueblo francés, en particular a Mayo del 68 y a la Gran Revolución francesa de 1789-1794. La idea de guillotinar a Macron, por ejemplo, estaba bastante extendida y contaba con la aprobación unánime.
La brutalidad policial de las últimas semanas estaba en la mente de todos. Los jóvenes de los barrios más pobres querían enfrentarse a una policía de la que sufren a diario —y desde hace demasiado tiempo— el racismo, el acoso y la brutalidad.
Tan pronto como se lanzaba la consigna «ACAB» —acrónimo inglés de All Cops Are Bastards, «Todos los policías son unos bastardos»—, cientos de manifestantes la coreaban, entre ellos algunos que hacía apenas unas semanas desconocían su existencia y su significado.
«Violencia»: el doble discurso del poder
Sin la más mínima intención de responder a las demandas básicas del pueblo, el Gobierno se hunde en la condena ritual de la «violencia urbana», calificada de «extrema», «inaudita», etc. En cambio, Macron, Lecornu, Núñez y compañía consideran que la violencia policial es maravillosamente «proporcionada». En cuanto a la violencia económica y social que constituye el fundamento de la revuelta popular, no dicen nada ni quieren saber nada al respecto.

El 12 de octubre, un informe de Acción contra el Hambre reveló que en la Francia metropolitana siete millones de adultos carecen de alimentos suficientes. Esta situación afecta al 25 % de la juventud entre 18 y 24 años. Esta violencia social «inaudita» y «extrema» deja indiferentes a los ricos y poderosos, que, además, preparan nuevos recortes drásticos en el gasto público y las ayudas sociales.
Con la mano en el corazón, el gobierno jura que defiende el derecho a manifestarse «pacíficamente». Pero, al mismo tiempo, Macron, Lecornu y toda su pandilla organizan una brutal represión policial y anuncian que no pueden satisfacer ninguna demanda. En otras palabras, el pueblo debe aceptar «pacíficamente» que lo desprecien, lo exploten, lo empobrezcan y lo repriman. ¿No es eso lo que suele pasar? Sí, pero esta vez las masas ya no lo aceptan y exigen respuestas concretas —o, a falta de ellas, la caída del «gobierno de los ricos». Esa es la esencia de la situación actual.
¿Y ahora qué?
Al igual que ocurrió durante la huelga general de 24 horas del 13 de mayo de 1968, la juventud y los trabajadores movilizados han enviado un poderoso mensaje a toda la clase obrera. En 1968, la demostración de fuerza del 13 de mayo marcó el punto de partida de un movimiento de huelgas indefinidas que, en el transcurso de una semana, paralizó por completo la economía y dejó suspendidas en el aire todas las instituciones del Estado burgués.
En los próximos días y semanas, el movimiento podría emprender el mismo camino revolucionario que en la primavera de 1968. El 17 de octubre representó un paso muy claro en esa dirección. En un país saturado de ira y combatividad, podría bastar con que los trabajadores de las grandes empresas dieran el ejemplo y tomaran la iniciativa para encender la mecha de un poderoso movimiento de huelgas indefinidas.
Una cosa es segura: cuando las masas explotadas y oprimidas se ponen en movimiento, como ayer, no es para conformarse con marchas inofensivas —a razón de una o dos al mes— a las que se reduce la habitual «estrategia» de las direcciones confederales de los sindicatos. Por cierto, estas direcciones no participaron en la organización ni en la dirección del 17 de octubre, que ignoraron deliberadamente durante muchas semanas.

Esas mismas direcciones sindicales han convocado una jornada de movilización para el 5 de noviembre. En un principio, el objetivo era desactivar la fuerza explosiva del 17 de octubre. Ahora, sin embargo, la jornada del 5 de noviembre podría salirse del control de sus organizadores. Entretanto, sin duda se tomarán otras iniciativas y se organizarán nuevas manifestaciones. La explosión de ira y combatividad no se ajustará a la «estrategia» de las direcciones sindicales, cuya única ambición es canalizar y contener el movimiento.
Los militantes políticos y sindicales más combativos deben comprender la magnitud de la situación y las enormes posibilidades que esta abre para el desarrollo de la lucha de clases. Hay que aprovechar el impulso de la juventud para poner en el orden del día un amplio movimiento de huelgas renovables.
Como escribimos el martes 13 de octubre, las organizaciones del movimiento obrero deben construir un movimiento de huelgas basado en «un programa ofensivo que recoja todas las demandas de la juventud movilizada —y les sume otras como un aumento significativo de los salarios, su indexación a la inflación, la expropiación de TotalEnergies y la derogación de todas las contrarreformas de los últimos diez años.
«Bajo la creciente presión de los mercados financieros, el Gobierno de Lecornu preferirá ahorcarse antes que satisfacer una sola de estas reivindicaciones. En consecuencia, el programa del movimiento debe culminar con una reivindicación que sea a la vez general y, en el fondo, muy concreta: “¡Abajo el gobierno de los ricos! ¡Por un gobierno de los trabajadores!”.
«Si en las próximas semanas se desarrolla en el país un poderoso movimiento de huelgas renovables, demostrará de manera concreta a la clase trabajadora que ella es la que crea toda la riqueza, que es la fuerza decisiva de la sociedad moderna —y que, por lo tanto, le corresponde a ella dirigirla. Esto significa expropiar a la gran burguesía, repudiar la deuda pública y reorganizar la economía sobre bases socialistas».













