Hoy, 13 de octubre, la juventud estudiantil y de secundaria se ha movilizado de nuevo de manera masiva. Ha repetido la demostración de fuerza del 6 de octubre. Esto confirma la fuerza del movimiento, sus enormes reservas de combatividad y su potencial revolucionario.
Ahora, todas las miradas se dirigen hacia el 17 de octubre. La idea se lanzó antes de que empezara la magnífica movilización de los estudiantes de secundaria. Pero ellos, al igual que los universitarios, la han hecho suya de manera natural: han convertido el 17 de octubre en una etapa clave de su lucha contra el desmantelamiento del sistema educativo nacional. Sin duda, muchos trabajadores también saldrán a la calle este sábado.
Todo el mundo habla del 17 de octubre —o, más exactamente: todo el mundo excepto las direcciones confederales de las organizaciones sindicales. Hasta el momento1, no hay ni una sola mención del 17 de octubre en sus comunicados oficiales de las últimas seis semanas. Ayer, cuando una periodista le preguntó sobre la participación de la CGT el 17 de octubre, Sophie Binet no aprovechó para hacer un llamado a la movilización. Se limitó a decir de forma enigmática: «dondequiera que se den las condiciones, la CGT estará ahí». ¿Qué diablos quiere decir eso? ¿Acaso no es uno de los roles de la CGT garantizar que se «reúnan» las «condiciones» para una movilización social poderosa, como la del 17 de octubre?
Lo hemos subrayado decenas de veces en los últimos años: las direcciones sindicales —incluida la de la CGT— no temen nada tanto como un movimiento social explosivo que se les escape de las manos. De ahí su llamado a una movilización el 5 de noviembre, que busca neutralizar el enorme potencial del 17 de octubre. Ya vivimos el mismo escenario en septiembre de 2025, durante el movimiento «bloquemos todo», que también surgió en las redes sociales, es decir, al margen de las grandes organizaciones sindicales.
13 meses después…
Aun así, igual que el 10 de septiembre de 2025, la juventud se movilizará en gran número este sábado y, sin duda, en un número mucho mayor que hace 13 meses.
El 10 de septiembre de 2025 fue un miércoles: entre los muchísimos trabajadores que apoyaban el movimiento, la mayoría no hizo huelga y, por lo tanto, no pudo manifestarse. No se les podía culpar por eso, sobre todo porque, como acabamos de recordar, las direcciones sindicales habían hecho todo lo posible por neutralizar el poder explosivo del 10 de septiembre. Solo las estructuras federales y locales de los sindicatos, junto con los partidos políticos, habían convocado a la movilización.
El 17 de octubre —un sábado— se desarrollará en un contexto un poco diferente. Muchos trabajadores de todas las edades podrán movilizarse sin tener que ir a la huelga. Así que en las calles habrá una concentración masiva de estudiantes de secundaria, universitarios, asalariados, pero también de desempleados, jubilados —y hasta, sin duda, de una parte de la pequeña burguesía: comerciantes, artesanos, campesinos, profesionales liberales, etc.
Sobre todo, las condiciones de vida de las masas han seguido empeorando desde septiembre de 2025, y especialmente desde la agresión imperialista contra Irán en febrero pasado. La inflación ha vuelto a subir considerablemente. Los precios de los combustibles se han disparado y no bajan, mientras los jefes de TotalEnergies se llenan los bolsillos de superganancias. Este verano, la crisis climática y la negligencia del gobierno han dejado una huella imborrable en cuerpos y mentes, han matado a miles de personas mayores, han quemado 76 000 hectáreas de bosque y han golpeado brutalmente al sector agrícola.
La juventud ve su futuro con gran preocupación y se pregunta en qué mundo va a vivir —o sobrevivir—. Cuando se moviliza para exigir condiciones dignas para estudiar, el gobierno responde con insultos, brutalidad policial y una represión judicial de magnitud sin precedentes.
Millones de ciudadanos comunes están consternados por las imágenes que circulan en las redes sociales. El despliegue de violencia policial, los golpes, las mutilaciones y las humillaciones que las «fuerzas del orden» infligen a la juventud movilizada, la forma en que restringen el acceso a las manifestaciones y confiscan las pancartas que no les gustan, y cómo provocan sistemáticamente a los manifestantes, incluso mediante métodos de infiltración más o menos evidentes y ridículos: todo esto alimenta sin cesar la revuelta y la sed de venganza entre un número cada vez mayor de explotados y oprimidos. Así, en el corazón de millones de personas maduran rápidamente las condiciones para una explosión revolucionaria.

«¡Que los ricos paguen su propia crisis!»
Es en este contexto general que el gobierno quiere imponer nuevos recortes drásticos en el gasto social —y que la prensa anuncia cada día un deterioro duradero de la situación económica. Este es un aspecto de la ecuación que a veces se pasa por alto en la izquierda: las masas no se movilizan solo bajo la presión, ya insostenible, de los sufrimientos acumulados; a este factor fundamental se suma el de las perspectivas inmediatas, incluso en lo que respecta a la situación económica. Cuando ya no se aguanta más, la perspectiva de nuevos sufrimientos, de nuevos despidos, de un nuevo aumento del desempleo y de la miseria puede jugar un papel clave en el estallido de un poderoso movimiento social. En mayo del 68, por ejemplo, el inicio del deterioro de la coyuntura económica desempeñó un papel en precipitar la crisis revolucionaria.
Los periodistas y políticos burgueses hacen todo lo posible por convencer a la gente de que un nuevo presupuesto de austeridad es una necesidad absoluta, de que deben ajustarse el cinturón por su propio bien, de que es «un mal necesario», que la crisis de la deuda pública (muy real) no le deja al gobierno ningún margen de maniobra presupuestario, que el primer ministro Lecornu debe tratar de tranquilizar a los mercados financieros imponiendo recortes adicionales por decenas de mil millones de euros —y que la única alternativa a esta política reaccionaria es el descenso al infierno de la economía francesa.
Y cada día, un número cada vez mayor de jóvenes, trabajadores, desempleados y jubilados se hunde un poco más en ese infierno. Y cada vez son más los que, a estas alturas, se niegan a pagar los platos rotos de una crisis económica de la que no son responsables. De forma más o menos clara, exigen que los verdaderos responsables —los ricos y los poderosos— asuman ellos mismos las consecuencias de su debacle económica.
Una expresión muy clara de este estado de ánimo, en el plano político, es la extraordinaria dinámica de la campaña electoral de Jean-Luc Mélenchon, a más de seis meses de las elecciones presidenciales. Pero incluso entre el electorado obrero de la derechista Marine Le Pen, aunque de forma más confusa, se puede encontrar esta aspiración simple y clara: «¡Que los ricos paguen su propia crisis!». Las implicaciones revolucionarias de esta idea son evidentes: en última instancia, solo la expropiación de los más ricos, es decir, de la gran burguesía, permitirá poner fin a los constantes retrocesos sociales. Es cierto que la mayoría de los trabajadores aún están lejos de haber llegado a esa conclusión. Pero se está abriendo camino y avanza un poco más cada día, sobre todo entre la juventud.
¿Cómo vencer?
Así que ya se dan las condiciones generales para una movilización enorme el 17 de octubre. La contribución mínima —o más bien negativa— de las direcciones sindicales tendrá, paradójicamente, el efecto de darle a la magnitud de esta movilización un significado muy especial. Si millones de personas se movilizan a pesar del sabotaje consciente de las direcciones confederales de los sindicatos, el país dará un paso más hacia una crisis revolucionaria.
Hasta entonces, claro, los sindicalistas más combativos, las estructuras sindicales que no están paralizadas por el conservadurismo y, en general, todos los militantes comprometidos con la causa de nuestra clase deben multiplicar las iniciativas para impulsar una movilización masiva el 17 de octubre.
Sin embargo, también deben prepararse para lo que vendrá después. Sea cual sea la magnitud del 17 de octubre, será una etapa en un movimiento cuyas reservas de energía, ira y combatividad son considerables. ¿Cómo asegurarnos de que esas reservas no se agoten en vano, bajo la batuta de direcciones confederales cuya única ambición es el «retorno a la calma», la desmovilización —en resumen, la derrota del movimiento?
En el país de junio del ’36 y de mayo del ’68, el estallido y la expansión frenética de un movimiento de huelgas indefinidas, tanto en el sector privado como en el público, son una posibilidad que estos días atormenta las noches de la burguesía… y de las direcciones sindicales. Si el 17 de octubre es poderoso, esa posibilidad se hará muy concreta. Sin embargo, el papel de los militantes más combativos no consiste, obviamente, en confiar en la espontaneidad y las tradiciones revolucionarias de la clase obrera francesa. Su papel es hacer todo lo posible para que se ponga en marcha un movimiento de huelgas renovables, que abarque un número cada vez mayor de empresas y servicios públicos —en resumen, que se encamine hacia la parálisis del país, como en junio de 1936 y en mayo de 1968.
Sabemos muy bien que es más fácil decirlo que hacerlo. Pero para emprender este camino, hay que empezar por explicara todos los trabajadores que solo un movimiento de esta magnitud les abrirá la perspectiva de una victoria decisiva. En otras palabras, hay que lanzar una amplia campaña de agitación en la mayor cantidad posible de empresas, basada en un programa de ofensiva que incluya todas las demandas de la juventud movilizada —y que añada otras como un aumento significativo de los salarios, su indexación a la inflación, la expropiación de TotalEnergies y la derogación de todas las contrarreformas de los últimos diez años.
Bajo la creciente presión de los mercados financieros, el gobierno de Lecornu preferiría ahorcarse antes que satisfacer siquiera una de estas demandas. Por eso, el programa del movimiento debe culminar con una consigna que sea a la vez general y, en el fondo, muy concreta: «¡Abajo el gobierno de los ricos! ¡Por un gobierno de los trabajadores!». Si en las próximas semanas se desarrolla en el país un poderoso movimiento de huelgas renovables, le demostrará de manera concreta a la clase trabajadora que ella es la que crea toda la riqueza, que es la fuerza decisiva de la sociedad moderna —y que, por lo tanto, le corresponde a ella dirigirla—, es decir, expropiar a la gran burguesía, repudiar la deuda pública y reorganizar la economía sobre bases socialistas.
Notas:
- Desde que se publicó este artículo, la dirección de la CGT ha —¡por fin!— mencionado el 17 de octubre, sin mucho entusiasmo. Insiste, una vez más, en el 5 de noviembre. ↩︎












