Nota editorial: Ya se han publicado anuncios de una nueva “Marcha por la Independencia” que se celebrará el próximo 18 de julio. Y, al igual que el año pasado, sobre el tapete se encuentra la discusión sobre el contenido de la “independencia” a la que se aspira. Hay compañeros que simplemente desean la independencia, sin importar el contenido. Ya hemos señalado en otra ocasión que esta “independencia” conduciría inevitablemente al neocolonialismo. Hay otros que se conformarían con que el presidente Donald Trump, mediante una Orden Ejecutiva, impusiera la independencia para ahorrarle dinero al imperialismo. Para ubicar esta discusión, nos complace publicar este artículo del camarada Ubaldo Oropeza, en el que analiza cómo la independencia formal sólo conduce a formas de subordinación semicolonial y de sometimiento al capital financiero internacional.
“Los países de América Central y del Sur sólo podrán salir de su atraso mediante la unión de todos sus Estados en una poderosa federación. Pero no será la atrasada burguesía sudamericana, agente totalmente prostituido del imperialismo extranjero, quien resolverá esta tarea, sino el joven proletariado sudamericano llamado a dirigir a las masas oprimidas” (León Trotski, Sobre las tareas revolucionarias en América Latina).
El imperialismo
En este periodo, cuando el imperialismo norteamericano aprieta con fuerza el cuello de los diferentes países de América Latina, vale la pena retomar algunos aspectos teóricos del marxismo respecto a la soberanía nacional en la época imperialista.
Tanto Vladimir Lenin como León Trotski escribieron ampliamente sobre esta cuestión, pues consideraban que la lucha por la independencia nacional de las naciones oprimidas y coloniales era un aspecto fundamental de la lucha por la revolución socialista.
Los marxistas consideran que el imperialismo es el resultado natural del desarrollo de la libre competencia y que su aparición acelera las contradicciones del sistema de explotación capitalista:
“En el siglo XIX la lucha por la mayor productividad del trabajo tomó principalmente la forma de la libre competencia, que mantuvo el equilibrio dinámico de la economía capitalista a través de las fluctuaciones cíclicas. Pero, precisamente a causa de su rol progresivo, la competencia condujo a una monstruosa concentración en los trusts y corporaciones, lo que a su vez implicó la concentración de las contradicciones económicas y sociales. La libre competencia es como una gallina que empolló, no un pollito sino un cocodrilo. ¡No hay que asombrarse de que no pueda manejar a su cría!” (León Trotski, El nacionalismo y la economía).
El desarrollo imperialista —la fase superior del capitalismo, como la describió Lenin— implica el dominio del capital financiero de los países capitalistas avanzados sobre aquellos países débiles y atrasados.
Esto podría parecer el ABC en una época en la que la dominación imperialista se manifestaba de forma directa mediante la ocupación militar de territorios enteros. Sin embargo, cuando los países del llamado “tercer mundo” lograron su independencia formal, los gobernantes de los antiguos países coloniales y los representantes del gran capital comenzaron a afirmar que el imperialismo había desaparecido, que las relaciones internacionales eran ahora vínculos entre iguales y que toda cooperación se realizaba de mutuo acuerdo.
Todo este discurso democrático y liberal tenía el objetivo de ocultar la persistencia de la dominación imperialista detrás de la independencia formal de los países atrasados. La ocupación militar fue sustituida, momentáneamente, por los acuerdos comerciales desiguales, la deuda externa, la presión diplomática, la dependencia tecnológica, las amenazas militares y el control financiero que los países imperialistas mantienen sobre los países sometidos.
Los marxistas siempre hemos defendido que, en la época imperialista, la independencia de los países atrasados sólo puede ser formal y no real. El desarrollo de las fuerzas productivas y la voracidad del capital financiero rebasan las fronteras nacionales de los capitalistas avanzados y los empujan a buscar el dominio de otros territorios para garantizar la continuidad de la acumulación capitalista.
Lenin, en El imperialismo, fase superior del capitalismo, lo explica de la siguiente manera:
“El capitalismo ha llegado a la fase de desarrollo en que ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero; ha adquirido señalada importancia la exportación de capitales; ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de toda la tierra entre los países capitalistas más importantes”.
Es decir, no puede existir un imperialismo “bueno” o altruista que contribuya al desarrollo de los países dependientes y atrasados. Estos países son las presas de potencias hambrientas que buscan su sometimiento y control para garantizar el flujo de las ganancias capitalistas.
Además, el imperialismo rompió las barreras nacionales y enlazó la economía mundial en un solo sistema. Esta interconexión plantea aspectos fundamentales: no puede existir una solución definitiva a la explotación en un país aislado cuando éste permanece encadenado a la economía mundial.
Los grados de dominación varían según cada caso, pero ello no elimina la opresión. Lenin explica que esta dominación adopta distintas formas: colonias, protectorados, semicolonias y países formalmente independientes pero sometidos financieramente.
Esto es importante porque, aunque formalmente la mayoría de los países latinoamericanos son independientes, prácticamente todos se encuentran amenazados militarmente, subordinados a organismos financieros internacionales, dependientes de fondos externos para la seguridad interna o sometidos a mecanismos de control económico. Algunos territorios siguen siendo colonias directas, como Puerto Rico, mientras otros mantienen formas de subordinación semicolonial como Venezuela actualmente.
Comprender científicamente el fenómeno imperialista nos permite desnudar las mentiras de las potencias que afirman que sus relaciones con países más pequeños se basan en la igualdad y la cooperación mutua.
Por otro lado, también permite desenmascarar el discurso de muchos gobiernos de países dependientes, que hablan permanentemente de soberanía nacional e independencia mientras administran políticas dictadas por el capital financiero internacional.

La lucha por la independencia nacional
Los marxistas consideran que la demanda de independencia nacional tiene un carácter progresista, en la medida en que la lucha por la soberanía implica un enfrentamiento directo contra el imperialismo y contribuye a debilitarlo.
Lenin defendía firmemente el derecho de autodeterminación de los pueblos y naciones oprimidos, entendido como el derecho de una nación a separarse políticamente de una potencia opresora:
“Por derecho de autodeterminación de las naciones se entiende su derecho a separarse políticamente de una nación opresora y constituir un Estado nacional independiente” (Vladimir Lenin, El derecho de las naciones a la autodeterminación).
En esta obra, Lenin insiste en tres aspectos centrales. En primer lugar, plantea que es obligación de los socialistas defender el derecho de autodeterminación de los pueblos oprimidos. En segundo lugar, advierte sobre el peligro de confundir esta posición con el nacionalismo burgués, que utiliza la consigna de autodeterminación para defender un capitalismo nacional. Finalmente, sostiene que los marxistas deben mantener una posición internacionalista frente a todos los conflictos nacionales.
Analizando el desarrollo histórico del capitalismo, Lenin explica que, en su etapa ascendente, la lucha por la formación de los Estados nacionales fue una tarea progresista asumida por amplias masas populares contra el orden feudal. Las burguesías revolucionarias de aquella época impulsaron estas luchas.
Sin embargo, conforme el capitalismo se desarrolló y alcanzó la etapa imperialista, la formación de los Estados nacionales quedó prácticamente concluida en los países avanzados. La internacionalización del capital modificó el contenido de la lucha nacional, y la contradicción fundamental pasó a ser la existente entre la burguesía y el proletariado.
Lenin hace una diferenciación muy importante al señalar que no todas las naciones ocupan la misma posición en el sistema mundial. Existen naciones opresoras y naciones oprimidas. El deber de los comunistas es colocarse del lado de las naciones oprimidas en su lucha contra la opresión imperialista, independientemente del carácter político del gobierno que las encabece.
Esto no significa brindar apoyo político a la burguesía nacional. Los comunistas deben mantener siempre su independencia de clase respecto a cualquier gobierno burgués. Lo que significa es que la lucha contra la opresión nacional debilita al imperialismo y puede abrir el camino para que la clase obrera avance hacia reivindicaciones socialistas más profundas.
Lenin también diferenciaba claramente el derecho de autodeterminación defendido por los marxistas del nacionalismo burgués. La burguesía nacional busca sustituir la dominación extranjera por su propio derecho a explotar a las masas trabajadoras. Por ello, en determinadas circunstancias, puede enfrentarse parcialmente al imperialismo.
Los comunistas, aunque defendemos el derecho de autodeterminación, no defendemos el nacionalismo burgués. Nuestra perspectiva es internacionalista: buscamos la unidad de la clase obrera mundial y subordinamos los intereses nacionales a la lucha histórica de los trabajadores de todos los países.
Por ello, la lucha contra la opresión nacional sólo puede completarse plenamente mediante la transformación socialista de la sociedad. La igualdad real entre las naciones sólo puede existir sobre la base de una federación socialista internacional.

Las diferencias entre Lenin y Rosa Luxemburgo sobre la autodeterminación de las naciones
Vale la pena mencionar algunas diferencias importantes entre Lenin y Rosa Luxemburgo con respecto a la cuestión nacional.
Ambos coincidían en la defensa del internacionalismo proletario, rechazaban el nacionalismo burgués y consideraban que la única salida real para la humanidad era la revolución socialista. Sin embargo, divergían en la forma de abordar la cuestión nacional dentro de la lucha de clases.
Rosa Luxemburgo consideraba que la autodeterminación nacional era, en gran medida, una ilusión dentro del capitalismo y que debía subordinarse por completo a la lucha por el socialismo.
Sostenía que el concepto de “nación” era ambiguo y fácilmente manipulable, pues ocultaba las divisiones de clase existentes en el interior de cada sociedad. Para ella, el sujeto central de la transformación histórica debía ser la clase obrera internacional y no la nación como abstracción política.
Además, señalaba que, en la época imperialista, las economías se encontraban profundamente entrelazadas y que los países pequeños dependían inevitablemente de las grandes potencias, lo que hacía muy limitada la posibilidad de una verdadera independencia nacional. En La cuestión nacional y la autonomía escribió:
“La consigna del ‘derecho de las naciones a la autodeterminación’ no es, en esencia, más que una frase hueca, una pequeña fórmula metafísica del tipo de los ‘derechos del hombre’ y los ‘derechos del ciudadano’”.
Más adelante agrega:
“En una sociedad de clases, la ‘nación’ como entidad político-social homogénea no existe. En cada nación existen más bien clases con intereses y ‘derechos’ antagónicos”.
También afirmaba:
“El desarrollo del gran capital y del imperialismo contemporáneo hace ilusoria la independencia de los pequeños Estados”.
Rosa Luxemburgo tendía a subestimar la fuerza que podía adquirir la lucha nacional entre las masas oprimidas y, por lo tanto, no consideraba la consigna de autodeterminación como una herramienta de transición hacia la revolución socialista.
Lenin, por el contrario, comprendió que ignorar la cuestión nacional significaba dejar a millones de trabajadores y campesinos bajo la influencia de las burguesías nacionales.
La posición de Lenin resultó decisiva durante la Revolución Rusa. El antiguo imperio zarista era conocido como “la prisión de los pueblos”, pues mantenía sometidas a decenas de nacionalidades. Sin una política clara de defensa de la autodeterminación y del internacionalismo proletario, la revolución bolchevique difícilmente habría triunfado.
La política de Lenin puso al proletariado a la cabeza de luchas como la autodeterminación, demostrando la incapacidad de la burguesía para encabezarlas. La posición de Rosa por el contrario dejaba a las masas a merced de la demagogia nacionalista burguesa.

¿Internacionalismo o socialismo nacional?
Como señalamos anteriormente, el imperialismo destruyó las barreras nacionales y unificó la economía mundial bajo relaciones de dominación y dependencia. León Trotski lo expresó de la siguiente manera:
“La humanidad moderna, sin excepciones, desde los obreros británicos hasta los nómadas etíopes, vive bajo el yugo del imperialismo. No hay que olvidarlo ni por un instante. Pero esto no significa en absoluto que el imperialismo se manifieste del mismo modo en todos los países. No. Algunos países dirigen el imperialismo; otros son sus víctimas” (Combatir al imperialismo para combatir al fascismo).
Frente a esta realidad surge una pregunta fundamental: ¿deben los comunistas luchar por un “socialismo nacional”, es decir, por la construcción aislada de una economía socialista dentro de las fronteras de un solo país, o deben defender una estrategia internacionalista basada en la revolución mundial?
Lenin y Trotski, a diferencia de Stalin, fueron internacionalistas consecuentes. Siempre concibieron la Revolución Rusa como el inicio de un proceso revolucionario mundial. Sabían perfectamente que una economía atrasada y devastada como la rusa no podía sobrevivir indefinidamente aislada en medio del cerco imperialista.
Por eso impulsaron la creación de la Internacional Comunista y defendieron la necesidad de extender la revolución a otros países.
Incluso antes de la toma del poder, Lenin insistía en que los revolucionarios de los países imperialistas tenían la obligación de denunciar la opresión ejercida por sus propias burguesías y apoyar activamente las luchas de los pueblos oprimidos:
“La educación internacionalista de los obreros de los países opresores debe consistir necesariamente en la propaganda y defensa de la libertad de separación de los países oprimidos”.
El internacionalismo de Lenin y Trotski no se limitaba a una posición moral. Ambos comprendían que el desarrollo pleno de las fuerzas productivas sólo podía alcanzarse mediante una federación socialista internacional.
La degeneración burocrática de la Unión Soviética implicó el abandono de esta perspectiva y su sustitución por la teoría del “socialismo en un solo país”.
Muchos estalinistas justifican esta orientación afirmando que fue una necesidad histórica para preservar la revolución. Sin embargo, esta concepción significó una adaptación nacionalista frente al aislamiento y fortaleció a la burocracia soviética.
El internacionalismo no es un capricho ideológico: es la respuesta necesaria a un sistema mundial de producción. Una política puramente nacional es incapaz de derrotar de manera definitiva al capital internacional.
Nuestra tarea actual es defender la soberanía de los pueblos de América Latina frente a la agresión imperialista, pero hacerlo desde una perspectiva internacionalista. Esto implica un llamado fraternal a la clase obrera estadounidense para luchar contra su propia burguesía y construir, en igualdad de condiciones, una federación socialista de las Américas.
Aquellos sectores de “izquierda” que defienden la soberanía nacional desligada del internacionalismo terminan actuando como portavoces de la burguesía nacional o como reformistas que aspiran únicamente a renegociar mejores condiciones dentro del sistema capitalista.

La revolución permanente
Para concluir, es necesario explicar la teoría que ofrece una salida revolucionaria coherente frente a la dominación imperialista contemporánea: la teoría de la revolución permanente.
Trotski comprendió, al igual que Lenin, que la única forma en que un país atrasado y dependiente puede conquistar una verdadera independencia es rompiendo con el sistema capitalista. Él dice en La revolución permanente: “La solución verdadera y completa de sus fines democráticos y de su emancipación nacional tan sólo puede concebirse por medio de la dictadura del proletariado.”
La lucha antiimperialista y la defensa de la autodeterminación nacional forman parte de la lucha mundial por el socialismo. Lenin lo expresó claramente en sus Tesis sobre la cuestión colonial: “El movimiento revolucionario de los pueblos atrasados y oprimidos contra el imperialismo es una de las partes integrantes de la revolución proletaria mundial”.
Para los comunistas, la lucha por la independencia nacional debe integrarse en una estrategia más amplia de emancipación social. Es obligación de los revolucionarios apoyar todas las luchas contra la opresión imperialista, sin caer bajo la dirección política de la burguesía nacional.
Lenin y Trotski comprendieron que las revoluciones comienzan inevitablemente dentro de marcos nacionales, pero sólo pueden triunfar plenamente si se extienden internacionalmente.
Lenin lo resumía así:
“La revolución socialista no será únicamente, ni principalmente, una lucha de los proletarios revolucionarios de cada país contra su burguesía; será también una lucha de todas las colonias y países oprimidos contra el imperialismo”.
Trotski sistematizó estas experiencias bajo el nombre de la teoría de la revolución permanente. Sus principales ideas pueden resumirse así:
La clase obrera es la única fuerza capaz de llevar hasta el final la lucha por la emancipación de la humanidad.
Las burguesías nacionales de los países atrasados son demasiado débiles y dependientes del imperialismo para cumplir tareas históricas como la reforma agraria, la democracia plena o la independencia nacional.
Las tareas democráticas y nacionales sólo pueden resolverse mediante medidas socialistas: expropiación de la gran propiedad, planificación democrática de la economía y el establecimiento de un poder obrero.
Ninguna revolución puede consolidarse de manera aislada; debe extenderse internacionalmente o corre el riesgo de degenerar y ser derrotada.
Esta sigue siendo hoy la estrategia fundamental para enfrentar la opresión imperialista en América Latina.
La lucha por la soberanía nacional sólo puede triunfar plenamente si se transforma en una lucha contra el capitalismo mundial y por la construcción de una federación socialista internacional basada en la solidaridad de los trabajadores y pueblos oprimidos del mundo.








