En un giro sin precedentes, Lula ganó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas. Nunca antes se había visto algo así.
Lula obtuvo 53.8 millones de votos (45 por ciento) en la primera vuelta. Ahora consiguió más de 64 millones (51 por ciento) de votos, lo que supone un aumento de más de 10 millones de votos. Por su parte, Bolsonaro pasó de 56 millones en la primera vuelta (47 por ciento) a 59.8 millones ahora (48 por ciento).
Esto significa no solo que Lula se llevó la mayor parte del aumento en la participación y del menor número de votos nulos, sino que también debió haber conseguido los votos de algunos de los que habían votado por otros candidatos de derecha en la primera vuelta.
Esto solo fue posible gracias a la enorme movilización de masas de las últimas semanas, liderada e impulsada por la juventud. La victoria de Bolsonaro en la primera vuelta provocó una reacción que logró cambiar por completo la dinámica de la situación. Dos millones en Río de Janeiro, un millón en São Paulo y cientos de miles en todo el país salieron a las calles en marchas, manifestaciones masivas y mítines que fueron más radicales y fueron más allá de lo que la dirección del Partido de los Trabajadores (PT) quería.
Ese fue el factor decisivo. Muchos de los que, en la primera vuelta, no se atrevieron a votar por Lula —cuyo compañero de fórmula es un representante clave de la clase dominante y que no ha llevado a cabo ninguna reforma significativa a favor de la clase trabajadora mientras estuvo en el poder— ahora salieron en masa para detener a Bolsonaro.
Ahora Lula tendrá que lidiar, por un lado, con un Congreso donde la derecha tiene una mayoría sólida y, por otro, con las masas movilizadas que esperan que cumpla sus promesas. Una ecuación imposible.
Lo que han demostrado las últimas semanas es que el terreno en el que se puede derrotar a la derecha es en las calles, a través de la lucha. Ese es el camino a seguir.
Como señalaron los compañeros de la sección brasileña de la ICR:
“Una característica de las manifestaciones tras la primera vuelta electoral ha sido la afinidad que han mostrado amplios sectores del público por los símbolos comunistas —y por quienes se atreven a exhibirlos—. Emblemas de hoz y martillo hechos a mano, camisetas improvisadas con motivos comunistas y consignas radicales garabateadas en cartulinas están apareciendo por todas partes en estas protestas. Aunque la burguesía y los reformistas han logrado mantener las manifestaciones ‘ordenadas’ y enfocadas en la política electoral, entre los manifestantes están madurando claros elementos insurgentes y radicales».
La presencia de Jones Manoel —el diputado comunista electo y líder del grupo de la izquierda radical— en las manifestaciones masivas de las últimas tres semanas es el símbolo más visible de este anhelo por una política más radical, por el fin de la colaboración de clases.
La sección brasileña de la ICR participó activamente en la movilización masiva de las últimas semanas con tres lemas claros:
- Derrotar al bolsonarismo
- Voto crítico por Lula
- Construir una alternativa comunista
Ahora esa última tarea se vuelve aún más urgente.
Las elecciones brasileñas también desmienten la idea de la «trumpificación de América Latina», que los medios burgueses han estado pregonando a nivel internacional en los últimos meses. Sí, los demagogos de derecha pro-Trump han ganado las elecciones en la mayoría de los países de América Latina. Pero eso no revela un apoyo generalizado a sus políticas ni a las de Trump. Lo que refleja son las limitaciones de la izquierda «progresista» que estuvo en el poder en el período anterior, debido a sus políticas tímidas y a medias.
Así, incluso en países donde recientemente han ganado demagogos reaccionarios de derecha (como Chile y Colombia), lo que vemos es un movimiento de protesta creciente en las calles —incluida una huelga general en Colombia el 14 de octubre—.
















