Francia: Una situación explosiva

Desde principios de septiembre, la tensión social ha ido aumentando día tras día. Mientras escribimos esto, decenas de miles de estudiantes de secundaria se han movilizado en todo el país para exigir condiciones dignas para estudiar. El gobierno ha respondido con insultos y represión policial.

El 29 de septiembre, muchos estudiantes de secundaria se unieron a la poderosa movilización de los bomberos y de todos los trabajadores de la administración pública.

La CGT de la empresa TotalEnergies —empresa cuyos patronos se embolsan miles de millones de euros en superganancias a costa del pueblo— ha convocado a todos los empleados del sindicato a la huelga el 8 de octubre. Hay otros movimientos en marcha o en agenda en el sector privado, sobre todo ante el plan de despidos masivos anunciado por la multinacional Sodexo.

Por último, los llamados a movilizarse el 17 de octubre se han difundido ampliamente en las redes sociales. La causa inmediata de esta iniciativa es el aumento vertiginoso de los precios de los combustibles, que afecta a la gran mayoría de los trabajadores, artesanos, pequeños comerciantes y agricultores. Es difícil saber qué pasará el 17 de octubre y en los días siguientes. Pero el hecho de que las convocatorias lanzadas en TikTok hayan tenido tanto éxito en tan pocos días es una muestra de la inmensa ira social.

En este contexto, el gobierno busca recortar 54 mil millones de euros del presupuesto a costa de los trabajadores y las clases medias. Desde el punto de vista de la clase dominante, estos recortes son una necesidad absoluta para tratar de contener los déficits públicos y, por ende, el aumento de las tasas de interés de la deuda pública. Sin embargo, desde el punto de vista de la masa de explotados y oprimidos, son una provocación y una razón más para movilizarse.

«¡Ya basta!»

El regreso del período de vacaciones —potencialmente explosivo— preocupa muchísimo a los estrategas y políticos de la burguesía. Esperaban que las próximas elecciones presidenciales garantizaran, al menos, cierta estabilidad social durante los próximos siete meses. Le dicen a la gente: «No te movilices; lee los programas, escucha los discursos (sobre todo los nuestros) y ve a votar cuando llegue el momento (pero no por Mélenchon); será el ganador de las elecciones quien, con tu apoyo, resuelva todos tus problemas (a menos que sea Mélenchon).»

Esos son, más o menos, los consejos de los ricos y poderosos a los ciudadanos de a pie. Pero muchos jóvenes y trabajadores no quieren ni pueden esperar pacientemente a que lleguen las elecciones presidenciales y luego las legislativas. Es ahora cuando sufren condiciones laborales cada vez peores, el estancamiento salarial, la subida vertiginosa de los precios, los despidos masivos, los recortes presupuestarios y el deterioro de los servicios públicos.

Ya han esperado lo suficiente. Se han apretado el cinturón con la esperanza de que lleguen días mejores; algunos incluso creyeron, en algún momento, en las promesas vacías de Macron o en sus excusas mentirosas («la culpa es de los rusos» y, ahora, «la culpa es de los hutíes»). Pero todo tiene un límite, incluso la paciencia de las masas. Una frase resume el estado de ánimo que podría cristalizarse en un amplio movimiento en las próximas semanas: «¡Ya basta!».

¿Qué programa?

Los líderes del movimiento obrero tienen la responsabilidad de organizar la creciente ira popular y, sobre todo, de dotarla de un programa a la altura de lo que está en juego.

La nacionalización de TotalEnergies, bajo el control de los trabajadores, es una consigna que tendría un gran eco entre la clase obrera y los sectores más pobres de la pequeña burguesía. Sin esa consigna, la exigencia de un «control» o de un «tope» de los precios de los combustibles resultaría ineficaz. Los ejecutivos de Total ya han advertido que reaccionarían con cinismo ante cualquier intento de recortar sus ganancias: reducción del suministro, suspensión o reasignación de inversiones, etc. Hay que expropiar a la empresa: solo así podremos controlar los precios y, al mismo tiempo, mejorar los salarios y las condiciones de trabajo en esta multinacional.

Una segunda consigna que se impone es el aumento de todos los salarios e indexarlos a la inflación. El aumento de los precios de muchas materias primas se reflejará de manera significativa en los distintos sectores de la economía. La inflación no va a bajar en los próximos meses, sino que, sin duda, va a subir. Bajo el capitalismo, solo una recesión mundial — es decir, otra catástrofe — podría frenar la inflación, a costa de un fuerte aumento del desempleo y de la miseria.

El papel de los dirigentes sindicales

La crisis del capitalismo francés es tan profunda que nada, en los próximos meses, aliviará el sufrimiento del pueblo: ni la evolución de la situación económica ni la política del gobierno. Al contrario, el poder adquisitivo y las condiciones de vida de la mayoría de la población seguirán deteriorándose, con mayor o menor rapidez.

Para poner fin a este deterioro social, se necesitaría un cambio radical en la política económica y social. En pocas palabras, sería necesario reemplazar al «gobierno de los ricos» por un gobierno de los trabajadores. Lamentablemente, esa no es —ni en lo más mínimo— la orientación de los líderes actuales del movimiento sindical, incluida la CGT.

La noche del 29 de septiembre, la dirección de la CGT publicó un comunicado titulado: «Servicios públicos: ante la ira popular, el gobierno tiene 48 horas para revisar su propuesta». En él se precisaba que «el gobierno tiene 48 horas» para «aumentar el salario de los funcionarios, destinar recursos a nuestros servicios públicos y dejar de saquear los bolsillos de los trabajadores, las trabajadoras, los jubilados, los enfermos, los inquilinos y las familias». Pero todo el mundo sabe —incluyendo, suponemos, a la secretaria general de la CGT, Sophie Binet— que el gobierno no hará nada de eso.

Entonces, ¿qué planea la dirección de la CGT? No se sabe. El comunicado solo reitera que hay varias movilizaciones sociales programadas para los días 5, 6, 8 y 14 de octubre. Eso es todo. No se formula ninguna estrategia que valga la pena. Ni siquiera se menciona el 17 de octubre. ¿Por qué? Porque la dirección de la CGT teme un movimiento social explosivo que se le escape de las manos.

Ahí está el meollo del problema. Los militantes más combativos de la CGT deben emprender la lucha dentro de su organización para que su dirección refleje tanto la ira de las masas como las necesidades objetivas del movimiento obrero.

¿Cómo podemos ganar?

Las reivindicaciones inmediatas —sobre salarios, empleo y condiciones de trabajo— deben articularse con la perspectiva de derrocar al gobierno del primer ministro Lecornu y el sistema que éste defiende. En cuanto a las formas de lucha, deben estar a la altura de la tarea que tenemos por delante.

Ninguna «jornada de acción», por grande que sea, hará retroceder ni un milímetro al gobierno ni a quienes le dan las órdenes: los patronos de TotalEnergies, de otras multinacionales y de los bancos franceses. Los líderes de la izquierda y del movimiento sindical —empezando por la CGT y La Francia Insumisa— deben unir fuerzas para construir un poderoso movimiento de huelgas renovables1, respaldado por una amplia campaña de agitación. Tenemos que demostrarles a todos los trabajadores que, sin ellos, la sociedad se paraliza, que son ellos quienes crean toda la riqueza y que, por lo tanto, deben dirigir la economía —lo cual implica arrebatarles sus principales palancas a los gigantescos parásitos que la controlan.

Por último, Jean-Luc Mélenchon y sus compañeros no deben conformarse con apoyar las distintas expresiones de la ira social, mientras la desvían hacia las elecciones presidenciales de abril y mayo de 2027. LFI debe dedicar todas sus fuerzas a las luchas que se avecinan. Como lo hizo antes del 10 de septiembre de 2025, Mélenchon debe pedir a las direcciones del movimiento sindical que incluyan en su agenda un bloqueo de la economía del país. Sea cual sea el resultado, esto reforzará la autoridad de LFI entre los jóvenes, los pobres y los trabajadores, mientras que la derechista Marine Le Pen y su pandilla se esconderán, como siempre hacen cuando el pueblo trabajador se lanza a la lucha contra los explotadores y los especuladores.

  1. Huelga indefinida que se vota y se renueva periódicamente. A diferencia de una huelga convencional convocada por un período de tiempo fijo (como un paro de 24 horas), en una huelga renovable los trabajadores de un sector o empresa se reúnen en asambleas generales (normalmente cada día o cada pocos días) para debatir y votar democráticamente si continúan o no con el paro. ↩︎
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Author: Jérôme Métellus

Editor del periódico «Révolution» del Parti Communiste Révolutionnaire (PCR), sección francesa de la Internacional Comunista Revolucionaria (ICR).