Se apropiaron de la costa caborrojeña mediante la compra de miles de cuerdas de terrenos que comprenden áreas naturales protegidas, terreno en la zona marítima terrestre y otras áreas ecológicamente sensitivas, no aptos para la construcción que se pretende. Pero entienden, al igual que el gobierno, que la propiedad privada les otorga el derecho de construir en contra del bien común.
Ese proyecto, lejos de ser turístico, es un apartheid, una comunidad exclusiva, cerrada; un municipio construido dentro de otro. Pretenden construir más de 900 viviendas, 5 hoteles, 2 campos de golf, un centro comercial, hospital, salones escolares, aeropuerto y otras construcciones más. Impactaría la pesca, manglares, aves migratorias, manatíes y tortugas. Agravaría el problema de los desperdicios sólidos, pero más que nada, dejarían sin agua a los habitantes de Cabo Rojo. En resumen, convertirían los terrenos de alto valor ambiental de todos, en una urbanización extensa y apartada de la gestión comunitaria.
Entonces, desde la perspectiva del marketing, lo nombran “esencia”, un nombre corto, con un significado noble y profundo, capaz de captar y encerrar emocional y psicológicamente a las personas. Pero llamar “esencia” a un proyecto que destrozaría toda la costa de la región oeste es un acto de deshonestidad moral y lingüística. Esencia es un término que encarna lo auténtico, lo vital, lo que sostiene la vida, y convertirlo en un velo para ocultar la devastación; es un intento de apropiarse del lenguaje para suavizar una herida que, de concretarse, sería profunda y permanente.
La esencia de la costa caborrojeña no es un nombre de mercadeo, sino que nace de su historia, de sus ecosistemas, de la vida que alberga y de la relación íntima entre la gente y su entorno.
Para los amantes de la naturaleza, el lenguaje también importa porque nombra lo que amamos, lo que defendemos, lo que somos. Cuando se usa una palabra de tanto significado para encubrir un acto de destrucción, se comete una doble agresión: contra la tierra y contra el idioma. El acto se convierte en una máscara que pretende ocultar la pérdida de aquello que sí es esencial.
La verdadera esencia de la Isla no está en el cemento y la varilla ni en las promesas de desarrolladores que ignoran el costo ambiental. Está en sus acuíferos vivos, en su biodiversidad, en la riqueza natural que nos distingue y nos sostiene.
La esencia no es un recurso para explotar, sino un legado para proteger. Defendamos la verdadera esencia de nuestras costas.
Imagen de portada: Claridad

















