Contra todas las opresiones: ¡Unidad de clase en la acción!

La lucha contra todas las opresiones es parte integrante de la lucha de clases. En todo el mundo, las burguesías alimentan el racismo, el sexismo y la fobia hacia las personas LGBT para dividir a los trabajadores y canalizar su ira hacia chivos expiatorios. El objetivo es paralizar la lucha de nuestra clase contra los únicos responsables de la crisis económica y social: los grandes capitalistas y su sistema agonizante.

Cada burguesía nacional aplica, a su manera, la fórmula ancestral de todas las clases dominantes: «divide y vencerás». En Francia, son el racismo y la islamofobia las que dominan —con diferencia— las ofensivas reaccionarias contra las minorías oprimidas. Ante la crisis del régimen y la creciente exasperación de las masas, en un contexto de regresión social permanente, la burguesía francesa, sus políticos y sus periodistas se dedican a una campaña diaria contra los «extranjeros» y los musulmanes.

Los límites entre lo insultante y lo grotesco se traspasan constantemente. Artículos, reportajes, «debates» y solemnes «reacciones» de políticos se dedican a la presencia de secciones para la dieta islámica en los supermercados, a la longitud de ciertos vestidos (y de ciertas barbas), a la presencia de «burkinis» en nuestras playas, a las prácticas religiosas de los deportistas… y así sucesivamente, hasta la saciedad. La imaginación creativa de los islamófobos profesionales no tiene límites.

En este ámbito, la burguesía supuestamente «liberal» vocifera apenas menos que la extrema derecha. La diferencia está en el estilo, no en el fondo. Incluso los dirigentes «de izquierda» hacen concesiones escandalosas a esta propaganda archirreaccionaria. Esto adopta formas más o menos «sutiles». Por ejemplo, en su patética historieta, François Ruffin [político socialdemócrata] presenta el racismo como un lamentable malentendido —que el mismo François Ruffin, una vez elegido para el Elíseo, sabría disipar gracias a su sensatez, su autoridad y su carisma naturales. Mientras tanto, pide a los oprimidos que se mantengan tranquilos y, en particular, que «respeten» a nuestros valientes policías racistas.

Doble juego

El sexismo y la fobia hacia las personas LGBT ocupan un lugar distinto en el dispositivo ideológico y político de la burguesía francesa. En este ámbito, juega con mayor claridad a dos bandas simultáneamente.

La «facción Bolloré» [multimillonario francés] y sus numerosos satélites no ocultan su indignación santurrona ante la crisis de la familia tradicional, las reivindicaciones de las mujeres y de las personas LGBT, y la lucha general por la igualdad de derechos. Para defender y justificar la opresión de las mujeres, lloran a lágrima viva por la «crisis de la masculinidad». Al hacerlo, fomentan las agresiones sexistas y LGBTfóbicas.

En cuanto a la facción «liberal» de la burguesía, finge protestar contra los «excesos» de CNews [canal televisivo de derecha] y compañía, pero en realidad los necesita objetivamente: los tolera y los fomenta. Por un lado, encuentra en ellos una rara oportunidad para darse aires progresistas; por otro, cualquier distracción le viene bien, incluso cuando no asume directamente la responsabilidad.

Sobre todo, es esta misma burguesía «liberal» la que, al atacar sin cesar la situación material de todos los trabajadores, agrava, de facto, las distintas formas de opresión. Por ejemplo, el aumento de la pobreza ha reforzado la dependencia económica de muchas mujeres respecto a sus parejas violentas.

Malcolm X decía: «No hay capitalismo sin racismo». Esto también es cierto para otras formas de opresión.

¡Lucha de clases!

La profundización de la crisis del capitalismo se traduce —como la noche sigue al día— en una intensificación de los ataques de la burguesía contra las minorías oprimidas. El movimiento obrero debe responder a ello de manera eficaz y masiva.

Para luchar contra los prejuicios racistas, sexistas y homófobos que afectan a ciertos sectores de la clase obrera, los discursos abstractos, «humanistas» y moralizantes resultan totalmente ineficaces. En cuanto a la teoría de los «privilegios», tan en boga en ciertos círculos militantes, no solo es falsa1, sino que además es totalmente contraproducente.

Lo que se necesita es una lucha común, unitaria y masiva de todos los explotados y oprimidos —independientemente de su género, origen, religión, etc. —sobre la base de un programa que ataque las raíces materiales de todas las opresiones: la dominación de la sociedad por un puñado de parásitos gigantes que controlan las grandes palancas de la economía y se atiborran de ganancias a costa de la mayoría. Se necesita una lucha común para acabar con la escasez de empleos bien remunerados, de viviendas dignas y de servicios públicos de calidad.

Como explicaba Lenin, el racismo es, en última instancia, «una cuestión de pan». Añadía que es en la acción unitaria por «el pan», en la propia lucha de clases, donde los prejuicios racistas y nacionalistas pierden su influencia entre los trabajadores. Lo mismo ocurre con todos los demás prejuicios. Lo hemos visto en numerosas ocasiones en las últimas décadas: por ejemplo, durante las revoluciones árabes de 2010 y 2011, así como durante la revolución sudanesa de 2018-2021.

La cuestión del «pan» no se resolverá sobre la base del capitalismo. Malcolm X decía: «No hay capitalismo sin racismo». Esto también es cierto para otras formas de opresión. Para enviarlas todas al basurero de la historia, habrá que tirar allí al propio sistema capitalista.

  1. Sobre este tema, vea el artículo «¡¿Todos privilegiados?!» ↩︎

Author: Jérôme Métellus

Editor del periódico «Révolution» del Parti Communiste Révolutionnaire (PCR), sección francesa de la Internacional Comunista Revolucionaria (ICR).