En 2022, Lula recibió el voto de 60,3 millones de brasileños (el 38,6 % de los votantes). Cuántos de ellos apoyaban realmente el proyecto político de la coalición encabezada por Lula es una incógnita. Lo que es seguro es que más de 60 millones de brasileños no querían que Bolsonaro continuara en el cargo de presidente de la república y acudieron a las urnas con este objetivo común. Otros 58,2 millones (el 37,2 % de los votantes) apoyaron la reelección de Bolsonaro y 37,9 millones (el 24,2 % de los votantes) no apoyaron a ninguna de las opciones en la segunda vuelta (suma de los votantes con derecho a voto que votaron «en blanco», de los que anularon el voto y de los que no acudieron a votar).
Casi cuatro años después, se avecinan nuevas elecciones y el circo de la democracia burguesa vuelve a montar su carpa. ¿Cuál será el resultado? Jair Bolsonaro, que fue el presidente odiado por la mayoría de la población, ahora está condenado y en prisión, pero aún cuenta con el apoyo de un sector importante del electorado. Su hijo mayor es precandidato al cargo que ocupó su padre y que hoy ocupa Lula.
En las encuestas más recientes, Lula aparece con una ligera ventaja sobre Flavio Bolsonaro en la primera vuelta (Datafolha 11/04: 38 % frente a 32 %; Quaest 15/04: 37 % frente a 32 %; BTG/Nexus 27/04: 41 % frente a 36 %; AtlasIntel/Bloomberg 28/04: 46,6 % frente a 39,7 % y 44,2 % frente a 39,3 %) y técnicamente empatado, pero con posibilidades de perder en la segunda vuelta (Datafolha 11/04: Flavio 46 % frente a Lula 45 %; Quaest 15/04: Flavio 42 % frente a Lula 40 %; BTG/Nexus 27/04: Lula 46 % frente a Flavio 45 %; AtlasIntel/Bloomberg 28/04: Flavio 47,8 % frente a Lula 47,5 %).
Muchos se preguntan cómo es posible que un gobierno elegido y formado con un amplio conjunto de alianzas pueda ahora correr el riesgo de perder las elecciones frente a un candidato tan mediocre como el hijo del condenado Jair Bolsonaro. Y es precisamente la amplitud de esas alianzas y la política que las acompaña las que ayudan a responder a esa pregunta.
Un gobierno de orden burgués
El gobierno de frente amplio de Lula-Alckmin es la culminación de la política lulista de conciliación de clases.
Líder sindical y dirigente del mayor partido obrero de la historia de Brasil, Lula se presenta como un representante de la clase trabajadora que promueve las buenas relaciones con los patronos. Desde que era sindicalista, Lula ya defendía que todo se podía resolver con una buena conversación. Pero la lucha de clases es una lucha de fuerzas vivas antagónicas. La gran mayoría de las veces, la clase de los explotadores impone sus intereses a las clases explotadas. Los explotados pueden imponer sus intereses en la medida en que organizan su fuerza potencial y la convierten en un poder real. Pero cuando el líder de los explotados ya advierte de antemano que todo se negociará y que se llegará a un buen resultado para «ambas partes», está actuando para que nada cambie, es decir, para que prevalezcan los intereses de la clase dominante.
El Lula que gobierna hoy no es muy diferente de aquel Lula sindicalista. Solo que, como gobernante, bajo el pretexto de «gobernar para toda la sociedad» (y no solo para la clase trabajadora), Lula no solo hace valer los intereses de los capitalistas en detrimento de los de los trabajadores; Lula compone su gobierno directamente con partidos, representantes y miembros de la burguesía. Incluso nombró a partidarios de Bolsonaro para sus ministerios, como André Fufuca, Silvio Costa Filho y José Múcio Monteiro.

La política económica del gobierno de Lula-Alckmin, diseñada y dirigida por Fernando Haddad1, ha perpetuado la austeridad fiscal en detrimento de la inversión en áreas sociales. Es decir, la mayor parte de los ingresos fiscales se destina al pago de los intereses de la deuda pública, en detrimento de las inversiones necesarias para proporcionar salud, educación, vivienda, cultura, ocio, etc., para todos.
Sumisión a los imperialistas
Brasil es hoy uno de los principales escenarios de la disputa entre los capitales de las burguesías imperialistas a nivel mundial. En particular, en los últimos 15 años, la disputa entre los capitales de EE. UU. y China se han intensificado notablemente en suelo brasileño, que también es disputado por varias potencias europeas.
Los gobiernos de Lula y Dilma siempre han tenido una postura más abierta a todos los capitales que quisieran explotar Brasil. En este sentido, al igual que Lula busca conciliar los intereses de clases antagónicas en la lucha de clases, también busca conciliar los intereses de capitales rivales en la disputa interimperialista.
Cada vez que Lula pronuncia un discurso defendiendo el «multilateralismo», en realidad está defendiendo el derecho de Brasil a ser saqueado por diversas potencias imperialistas al mismo tiempo, y no solo por Estados Unidos. Con ello, pretende ganar cierto margen de maniobra en las negociaciones con los distintos capitales.
Por su parte, los gobiernos de Temer y Bolsonaro se mostraron mucho más serviles a los intereses de Estados Unidos, llegando incluso a bloquear inversiones chinas en Brasil, en particular en la construcción de grandes ferrocarriles y en los proyectos nucleares brasileños.
Lo que ocurre es que el ascenso de China como potencia imperialista llevó al fin del orden mundial establecido por EE. UU. tras la Segunda Guerra Mundial. Esto significa que hemos entrado en una nueva era de enfrentamiento abierto entre las potencias imperialistas, como no se veía desde hace 80 años. Las guerras arancelarias son una primera expresión de ello.
El comportamiento más agresivo de EE. UU. al invadir Venezuela, presionar a Panamá, asfixiar a Cuba, atacar a Irán y amenazar con anexar Groenlandia, también es un síntoma de esta nueva situación en la que la defensa de la hegemonía estadounidense está a la orden del día para Washington. La iniciativa «Escudo de las Américas» y la llamada «Doctrina Monroe» son confirmaciones de ello.
Dicho esto, ¿cuál fue entonces el verdadero significado del «arancelazo» de Trump contra Brasil en 2025? Se habló mucho del cabildeo del clan Bolsonaro para que Trump presionara al poder judicial brasileño. También había otras cuestiones expuestas en la carta de Trump, como la defensa de los intereses de las grandes empresas tecnológicas. Pero es importante recordar que, en esa carta, Trump mentía descaradamente sobre un supuesto déficit comercial de EE. UU. con Brasil. Una cosa era esa carta con los motivos alegados; otra, el verdadero motivo principal, que no estaba escrito en la carta, pero que fue expresado en numerosas ocasiones por el propio Trump: ¡Presionar para que el gobierno brasileño se alineara con EE. UU. en detrimento de China!
En un primer momento, la reacción de Lula ante los aranceles de Trump fue responder con «reciprocidad». El simple hecho de que Lula esbozara un enfrentamiento contra el imperialismo estadounidense, el simple hecho de que hiciera bravuconadas en favor de la soberanía nacional, ya fue suficiente para que obtuviera una sutil mejora porcentual en su índice de aprobación en las encuestas de ese momento.
Sin embargo, después de que Lula abrazara a Trump en la Asamblea General de la ONU y dijera que «hubo química» entre ambos, las ilusiones de que Lula pudiera desempeñar un papel antiimperialista se fueron disipando y su postura pasó a inclinarse más abiertamente hacia la sumisión a los dictados de la Casa Blanca.
A partir de entonces, el gobierno de Lula hizo varios gestos y declaraciones de que EE. UU. podría explotar las reservas brasileñas de «tierras raras». Es posible que se haya asumido algún compromiso a puerta cerrada en este sentido entre septiembre y noviembre, lo que explicaría el cambio de postura de Trump y la retirada de una serie de aranceles.
En febrero de este año, la U.S. International Development Finance Corporation (DFC) concedió un préstamo de 565 millones de dólares a la empresa minera Serra Verde, en Goiás, con cláusulas de «offtake» que priorizan el suministro para la producción de empresas estadounidenses o afines y limitan las ventas a China, por un período de hasta 15 años.
También en febrero se lanzó el «Proyecto Vault», con 10 000 millones de dólares del EXIM Bank para la reserva de minerales críticos, incluyendo proyectos brasileños de tierras raras y litio; foros y negociaciones diplomáticas para acuerdos bilaterales, con presiones para controlar la producción.
En marzo, el gobernador de Goiás, Ronaldo Caiado, firmó un memorando de entendimiento con el gobierno de EE. UU. (con el encargado de negocios, Gabriel Escobar), en São Paulo, centrado en la cooperación para la exploración, la investigación, la capacitación y la transferencia de tecnología, como parte del financiamiento de la DFC de 565 millones de dólares a Serra Verde —que Caiado celebró como «el acuerdo geoeconómico más importante» de su gestión, afirmando que «Goiás ya cerró el trato con EE. UU.».
En abril, USA Rare Earth (con apoyo gubernamental de EE. UU., que incluyó una aportación de 1.600 millones de dólares y una participación accionaria del 10 %) anunció la compra del 100 % de Serra Verde por 2.800 millones de dólares. Los parlamentarios del PSOL2 presentaron el 22 de abril una denuncia ante la Fiscalía General de la República (PGR) contra Ronaldo Caiado, solicitando la anulación de la venta de Serra Verde a USA Rare Earth, la apertura de una investigación civil y penal, y la investigación de su conducta. Esto se debe a que usurpó atribuciones exclusivas de la Unión, como las relaciones internacionales y la gestión de minerales estratégicos, al firmar un memorando con EE. UU. y entregar el control de la única mina de tierras raras en operación fuera de Asia a una empresa extranjera, lo que constituye una «grave amenaza» y una posible pérdida de autonomía estratégica de Brasil.
Aún en abril, se presentaron dos proyectos de ley —uno por el diputado Rodrigo Rollemberg (PSB/DF) y otro por el nuevo líder de la bancada del PT3 en la Cámara Federal, el diputado Pedro Uczai (PT/SC)— que proponen la creación de TerraBras, una empresa estatal para gestionar la explotación de minerales de tierras raras en Brasil. Sin embargo, el 22 del mismo mes, Lula convocó una reunión ministerial y decidió que el gobierno no apoyaría la creación de la empresa estatal, dando prioridad al sector privado.
Con ello, Lula da a entender que, al igual que Ronaldo Caiado, favorecerá los intereses de EE. UU., que compite con China en materia de tierras raras.
Pero no es solo en la cuestión de las tierras raras que Lula ha estado cediendo a las presiones de Trump. Después de que Estados Unidos secuestrara al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y pasara a controlar directamente el petróleo venezolano con la colaboración total del gobierno de Delcy Rodríguez, Trump prohibió que cualquier país enviara petróleo a Cuba, amenazando con imponer nuevos aranceles adicionales a las importaciones a Estados Unidos a quien lo hiciera.
Cuba necesita petróleo para generar energía eléctrica. Sin petróleo, no hay electricidad. Esto puede llevar al colapso de los hospitales, donde los pacientes dependen de los equipos para sobrevivir, del transporte de mercancías, de la producción de insumos farmacéuticos y de alimentos, etc. La refrigeración de alimentos y medicamentos colapsaría y, en poco tiempo, la población podría enfrentarse a una catástrofe humanitaria, con millones de cubanos expuestos al hambre y a la escasez de recursos vitales.
Por eso, de inmediato, el 29 de enero, iniciamos una campaña pública para que Lula enviara petróleo a Cuba. Tras nuestra campaña, la dirección del Sindicato de Petroleros de Río de Janeiro y luego las dos federaciones nacionales de sindicatos petroleros —la FUP4 y la FNP5— comenzaron a exigirle a Lula que enviara petróleo a Cuba. ¡Pero Lula prefirió ceder a las presiones de Trump en lugar de atender la petición de los trabajadores de Petrobras!

Incluso después de que Rusia rompió el bloqueo impuesto por Trump al enviar un buque con 730.000 barriles de petróleo, que llegó a Cuba el 30 de marzo… ¡Lula todavía no ha tomado ninguna medida para ayudar a la isla de la revolución de 1959!
Vale la pena recordar que cuando Lula fue electo presidente por primera vez, en 2002, incluso antes de tomar posesión, organizó con el equipo de transición el envío de un petrolero brasileño a Caracas, para socorrer a Venezuela, que enfrentaba un sabotaje golpista en PDVSA6, que venía bloqueando la producción de petróleo para desestabilizar al gobierno de Chávez. Ahora, más de 23 años después, Lula parece mucho más susceptible a las presiones imperialistas que antes.
Quizás Lula tenía alguna esperanza de que, al entregar las tierras raras a EE. UU. y obedecer los dictados de Washington en América Latina, conseguiría el apoyo de Trump para su candidatura en las elecciones de octubre. Lula tenía programada una visita a la Casa Blanca en marzo, que finalmente no se concretó. Aparentemente fue «aplazada para una fecha futura indefinida», lo cual es un eufemismo para decir «cancelada».
Con las recientes encuestas que apuntan a una posible victoria electoral de Flavio Bolsonaro sobre Lula en la segunda vuelta y el posible apoyo de Trump a la candidatura del hijo de Jair Bolsonaro, a Lula no le quedó más remedio que radicalizar su discurso para intentar recuperar votos entre los sectores más jóvenes del electorado.
Por eso, Lula se ha mostrado más crítico con las acciones de EE. UU. en las últimas semanas, sobre todo en relación a la guerra en Irán. Participó en la cumbre en defensa de la democracia en Barcelona, junto al presidente de España, Pedro Sánchez. Por eso también esboza un giro hacia la izquierda al presentar un proyecto de ley para acabar con el sistema de turnos 6×1.7 Pero todo este discurso contrasta con las políticas que mantiene, como la austeridad fiscal o su negativa a apoyar la creación de la empresa estatal TerraBras.

Lula está atento al tracking (las encuestas diarias), para evaluar cómo modular su discurso. No se trata de un cambio real de postura, sino de las orientaciones de los asesores de campaña para ganarse sectores del electorado. El compromiso de su gobierno sigue firme con los intereses de los imperialistas —todos ellos.
Lula busca servir a todos los dueños del capital. Pero, como explicamos, ya no hay acuerdo de honor entre los imperialistas. Por lo tanto, hay cada vez menos margen para que Lula actúe así. Cada vez más, EE. UU., China y los imperialistas europeos exigirán su parte en detrimento de los demás capitales. Lula se verá cada vez más obligado a tomar partido por uno u otro. Al parecer, en lo que respecta a las tierras raras, ha estado cediendo ante EE. UU.
Ahora, EE. UU. quiere que Brasil cancele los acuerdos de cooperación científica con China en Bahía y Paraíba. Una «Comisión Selecta de la Cámara de Representantes de EE. UU. sobre la Competencia Estratégica entre Estados Unidos y el Partido Comunista Chino» elaboró un informe en marzo de 2026 titulado «China in Our Backyard, Volume 2: Pulling Latin America Into China’s Orbit» [«China en nuestro patio trasero, volumen 2: Atraer a América Latina a la órbita de China»]. En este informe, acusan a China de mantener dos bases militares de espionaje en territorio brasileño: la Estación Terrestre Tucano, en Bahía, y el Laboratorio Conjunto China-Brasil para Radioastronomía y Tecnología, en Paraíba.
El gobierno de Lula, a través de su ministro de Relaciones Exteriores, Mauro Vieira, negó rotundamente que estas dos colaboraciones se traduzcan en bases militares y de espionaje de China en territorio brasileño.
Lula busca complacer a griegos y troyanos, o mejor dicho, a chinos y estadounidenses. ¿Hasta cuándo podrá seguir con este juego? Ya lo veremos…
¿Cuál sería la salida para Brasil?
Esta pregunta, que aparece cada vez más en el debate público brasileño, está mal formulada desde el punto de vista de quienes defendemos los intereses de la clase trabajadora.
Siempre que se habla de «intereses de Brasil» o «intereses nacionales», se refiere a los intereses de la clase dominante brasileña. Los intereses de la clase trabajadora brasileña no coinciden con los de la clase dominante brasileña. En la mayoría de los casos, incluso son intereses opuestos. Sin embargo, cuando se trata de enfrentar la opresión imperialista, los intereses de la clase trabajadora y de la burguesía brasileña podrían coincidir, aunque no siempre.
Resulta que, al menos desde la dictadura militar (1964-1985), la clase dominante en Brasil se ha puesto abiertamente al servicio del imperialismo estadounidense. Es una clase subordinada y, en general, se beneficia mucho de su condición subordinada. Por eso, buena parte de los empresarios brasileños no ve ningún problema en apoyar a un candidato a la presidencia que salude la bandera de EE. UU.
Así pues, para un amplio sector de la burguesía brasileña, principalmente el sector rentista, no hay interés en ningún proyecto de industrialización de Brasil. A los magnates del agronegocio les basta con que Brasil cumpla el papel de proveedor de productos primarios para las potencias imperialistas e importe productos de alto valor añadido.
Pero eso es mantener al pueblo trabajador brasileño en la esclavitud del subempleo. Cada vez resulta más inútil para un joven cursar estudios de mayor nivel de cualificación, ya que no hay una oferta significativa de empleos altamente calificados en Brasil.
Por eso, hoy en día, un proyecto de industrialización en Brasil es de mayor interés para la clase trabajadora que para la propia burguesía nacional. Pero, precisamente por eso, tal proyecto solo puede ser liderado por la clase trabajadora. Es decir, solo un gobierno de los trabajadores y para los trabajadores podrá llevar a cabo tal cambio.
¿Y sería eso posible mediante elecciones burguesas? Solo si las elecciones burguesas se celebran en el contexto de una situación prerrevolucionaria o revolucionaria. Algo que no está tan lejos de desarrollarse en Brasil.
Los comunistas y las elecciones
Nosotros, los comunistas, debemos presentar candidatos siempre que sea posible en las elecciones burguesas, para disputar la conciencia de los trabajadores con los partidos burgueses que se presentan de manera populista y con los partidos obreros reformistas que le hacen el juego a la burguesía.
La legislación brasileña dificulta mucho que las agrupaciones independientes constituyan partidos políticos legales para disputar las elecciones. En este escenario, a pesar de la gran diversidad de organizaciones que se proclaman representantes de la clase trabajadora, solo 7 de ellas son partidos habilitados para participar en las elecciones en Brasil: PT, PSOL, PCdoB8, PCB9, UP10, PSTU11 y PCO12.
El PT nació como un partido obrero independiente a partir de las grandes huelgas obreras de finales de los años 1970 y de la lucha por el fin de la dictadura militar. Pero su dirección se fue adaptando cada vez más a las instituciones burguesas y, con ello, el partido degeneró. A pesar de que su base social es la clase trabajadora, su dirección aplica un programa político burgués, capitalista y subordinado al imperialismo.
El PSOL, que nació como una disidencia crítica del PT tras la contrarreforma de la seguridad social impuesta por el primer gobierno de Lula (2003-2006), en los últimos años se ha subordinado cada vez más al PT y, a partir de 2023, al gobierno de frente amplio de Lula. A pesar de contar con un ala de izquierda compuesta por algunas corrientes políticas y por diputados independientes, como el parlamentario federal Glauber Braga, el PSOL, como partido, no se presenta hoy como una alternativa al PT y apoyará la candidatura de Lula desde la primera vuelta.
El PCdoB, escisión maoísta del antiguo PCB de los años 1960, se adaptó totalmente al lulismo hace décadas y está más subordinado e integrado al gobierno que el PSOL.
El PCO es una secta familiar que la clase trabajadora no puede tomar en serio.
Por su parte, el PCB, la UP y el PSTU son tres partidos con escasa influencia y alcance entre la clase trabajadora y la juventud brasileña. Electoralmente son prácticamente invisibles (y las reglas electorales burguesas los invisibilizan aún más) y, por eso, la clase trabajadora no los considera una opción real. Sus candidaturas sirven únicamente para su propia construcción y no representan hoy una alternativa política real para la clase trabajadora.
Hoy, es una necesidad histórica una candidatura presidencial que se sitúe a la izquierda de la candidatura de Lula, con un programa abiertamente comunista, para disputar la conciencia de millones de trabajadores y jóvenes que, al no vislumbrar una alternativa seria, terminan cayendo en el escepticismo o en el discurso populista de la extrema derecha.
En el último período, todos hemos visto el desarrollo del fenómeno de Jones Manoel como divulgador de ideas comunistas en Brasil, con millones de seguidores en las redes sociales. Por mucho que podamos tener diferencias con algunos supuestos teóricos y análisis de Jones Manoel, el hecho es que, en lo fundamental, estamos de acuerdo: solo la clase trabajadora organizada puede abrir una salida a la situación actual, tomando el poder político en sus manos y expropiando los grandes medios de producción de los capitalistas. Es decir, queremos una revolución socialista para construir un Brasil comunista.

Por lo tanto, nos parece obvio que la necesidad histórica de la clase trabajadora brasileña, hoy, de contar con una candidatura comunista a la presidencia, como alternativa a la izquierda de Lula, podría satisfacerse con la candidatura de Jones Manoel. Fue Mano Brown quien planteó esta propuesta públicamente por primera vez y obtuvo de inmediato un apoyo masivo en las redes sociales.
Una candidatura de Jones Manoel a la presidencia, con un programa comunista revolucionario, debería recabar el apoyo de las corrientes de izquierda del PSOL, de la militancia del PCB, de la UP, del PSTU y de una serie de organizaciones que no están legalmente habilitadas para participar en el proceso electoral, incluida nuestra ICR-Brasil. Incluso parte del electorado del PT más a la izquierda podría apoyar una candidatura como esta, tal como declaró el diputado Renato Freitas, del PT de Paraná. Y, más que eso, podría dar esperanza a millones de jóvenes trabajadores que hoy buscan una salida radical a la situación.
La dirección del PSOL optó por no presentar una candidatura alternativa a Lula una vez más (la primera vez fue en las elecciones de 2022). En 2022, luchamos para que Glauber Braga fuera candidato a la presidencia de la República por el PSOL, pero la mayoría de la dirección del partido bloqueó esa posibilidad a favor de apoyar a Lula desde la primera vuelta.
Ante esto, los partidos que podrían haber ofrecido su franquicia para que Jones Manoel se presentara a las elecciones presidenciales (PCB, UP y PSTU) cedieron al sectarismo y se negaron a hacerlo. El PSTU llegó incluso a poner su nombre a disposición para que Jones fuera candidato a diputado federal en Pernambuco, pero no a presidente de la República.
Además, al parecer, el propio Jones Manoel prefirió postularse como diputado federal en Pernambuco (bajo la candidatura del PSOL). Algo que es su derecho y que ya cuenta con nuestro apoyo. Pero entendemos que, desde un punto de vista estratégico, sería más acertado lanzar su candidatura presidencial y, si ningún partido le prestara la franquicia (a través de lo que se denomina «afiliación democrática»), entonces sí, en julio, podría cambiarla a la de diputado federal. Esto podría agitar el debate entre millones de trabajadores y jóvenes sobre un programa comunista para Brasil durante todo el primer semestre de 2026.
Ante la ausencia de una candidatura a la izquierda de Lula que sea visible para la clase trabajadora, nos corresponde intervenir en el proceso electoral promoviendo nuestro Programa por un Brasil Comunista y llamando a un apoyo crítico a la candidatura de Lula para derrotar la candidatura de Flavio Bolsonaro o de cualquier candidato de la burguesía.
A pesar de todas las críticas que hacemos a la política aplicada por Lula, ante la ausencia de una candidatura viable a la izquierda de la suya, la situación que se plantea es de «clase contra clase». Votar a Lula, a pesar de las alianzas y de la política, para derrotar al candidato de la extrema derecha, Flavio Bolsonaro. Así es como la mayoría de la clase ve la situación. Llamar a votar en blanco o por alguna de las candidaturas de la izquierda invisible en la primera vuelta sería incomprensible para la clase trabajadora.
Más que luchar por los votos, nuestro principal objetivo durante el proceso electoral debe ser ayudar a los elementos más avanzados de la clase trabajadora y de la juventud a llegar a la conclusión de dedicar sus vidas a construir el instrumento necesario para llevar a cabo la transformación socialista de Brasil y del mundo. ¡Por eso, en primer lugar, debemos difundir el Programa por un Brasil Comunista! ¡Ven a luchar con nosotros para construir la Internacional Comunista Revolucionaria y luchar por un Brasil Comunista! ¡Organízate hoy mismo!
- Candidato del PT a la presidencia del Brasil en las elecciones de 2018. ↩︎
- PSOL: Partido Socialismo y Libertad ↩︎
- PT: Partido de los Trabajadores ↩︎
- FUP: Federación Única de los Petroleros ↩︎
- FNP: Federación Nacional de los Petroleros ↩︎
- PDVSA: Petróleos de Venezuela, S.A. es la empresa estatal de petróleo y gas en Venezuela ↩︎
- Sistema de trabajo en el que una persona trabaja seis días consecutivos y descansa uno. ↩︎
- PCdoB: Partido Comunista de Brasil ↩︎
- PCB: Partido Comunista Brasileño ↩︎
- UP: Unidad Popular ↩︎
- PSTU: Partido Socialista de los Trabajadores Unificado ↩︎
- PCO: Partido de la Causa Obrera ↩︎









