La claridad teórica es una necesidad de supervivencia para conseguir la liberación humana. Por ello, este mes destacamos el libro mostrado, el cual nos da una disección al cuerpo de Estados Unidos, realizada con el bisturí del materialismo histórico, sobre el ascenso, la madurez y la inevitable putrefacción de la mayor potencia imperialista que el mundo jamás haya conocido.
Contra la ceguera del liberalismo
La primera gran batalla que enfrenta este texto es contra la ideología dominante que presenta al imperialismo como una política que se puede quitar o poner según el mandatario en turno. Peterson retoma la tradición de Lenin al señalar que el imperialismo ya no se define meramente por el expansionismo militar clásico de romanos, mongoles o mexicas, sino que constituye la etapa culminante del capitalismo. Es la consecuencia de la concentración de riqueza en la burguesía; el imperialismo es inherente al monopolismo y el capitalismo siempre desemboca en el monopolismo.
El coloso estadounidense no es producto de un místico “destino manifiesto” ni de una presunta superioridad moral; es el resultado concreto del desarrollo de las fuerzas productivas y el refinamiento de los mecanismos de explotación del hombre por el hombre. Aunque actualmente no veamos un sistema esclavista basado en cadenas físicas, la realidad es que existen 1,100 millones de personas en el mundo que sobreviven en la pobreza, cifra que continúa en aumento. Con ello en mente, se nos muestra cómo la burguesía estadounidense extendió su yugo desde el siglo XVIII mediante la conquista territorial, posterior control de sus bancos a nivel mundial y en consecuencia la hegemonía cultural capitalista.
Para el lector aficionado al béisbol, es sabido que un juego no conoce el límite del reloj; en teoría, podría prolongarse eternamente mientras no se completen los outs reglamentarios. Esa es precisamente la forma de existir del capitalismo: un sistema que, aunque agotó hace mucho su potencial progresista tras derrocar el feudalismo a nivel mundial, no se desplomará por el simple peso de sus contradicciones internas. La historia no tiene un silbatazo final. El capitalismo no caerá solo; requiere del brazo firme de la clase obrera organizada para sentenciar el último out y mandar a este sistema decadente al vestuario de los derrotados.
El ascenso meteórico
El libro traza la vida de EE. UU. resumidamente, rompiendo con los mitos escolares. Analiza cómo la acumulación originaria de capital en este gigante se cimentó sobre el genocidio sistemático de los pueblos indígenas, esclavismo y la apropiación por medio de convenios económicos y conflictos bélicos de territorios reclamados por otras naciones. Se pone énfasis en la Guerra Civil estadounidense y destaca que tras la victoria del Norte, las fuerzas productivas se desataron con una violencia inaudita. Cerrándose la frontera interna, el capital estadounidense saltó aún más al escenario mundial en 1898, arrebatando a España algunas de sus últimas colonias y de facto pasando a ser colonias yanquis. Desde ese momento, el coloso no dejó de crecer, aprovechando las dos guerras mundiales para dejar que sus rivales se desangraran y emerger en 1945 como la potencia imperialista más fuerte del planeta, con el dólar como su principal arma de coerción.

La anomalía histórica
Con la destrucción masiva de capital durante la Segunda Guerra Mundial, el dominio indiscutible del billete verde y la necesidad de contener la influencia de la URSS, se otorgaron concesiones temporales a la clase obrera estadounidense.
“Era la Edad de Oro del sueño americano. Las encarnizadas luchas de clase que dieron lugar al sindicalismo industrial en los años treinta quedaron en el recuerdo…la ilusión de que el capitalismo había resuelto sus contradicciones tenía una base material”.
No obstante, el autor advierte que este periodo se financió mediante el saqueo intensificado de otros países y la explotación de trabajadores a escala global. Esas superganancias permitieron sobornar temporalmente a su proletariado nacional con mejores niveles de vida, pero las leyes de la economía no perdonan: ante la caída de la tasa de ganancia y la saturación del mercado, el espejismo se desvaneció. El sistema continúa en una espiral de crisis recurrentes de las que no saldrá por inercia.
La resistencia en el “patio trasero”
Al leyente latinoamericano, este libro tiene un valor muy destacable. Peterson aplica la teoría del desarrollo desigual y combinado expuesta magistralmente en su tiempo por Trotski para explicar el porqué nuestras naciones no pueden alcanzar el mismo nivel de desarrollo bajo el capitalismo. El imperialismo busca mercados subordinados y recursos baratos. La deuda externa se ha convertido en un compromiso permanente que los cobradores saben es imposible pagar, usándola como chantaje a los países subyugados y cada vez que una nación se resiste, el coloso responde con sanciones económicas, motivando golpes de Estado o directamente invadiendo con sus fuerzas armadas.
Pero aquí se introduce también el optimismo insurgente: América Latina puede ser la vanguardia de la resistencia. La cercanía geográfica y económica hace que cualquier movimiento emancipador en el sur tenga un impacto inmediato en las entrañas del imperio. La liberación de nuestras naciones es, por tanto, un componente estratégico de la revolución mundial.
El declive irreversible
El autor describe a un coloso que ha perdido su vigor productivo incial y se ha vuelto un parásito financiero. La acumulación de una deuda pública y privada impagable son señales de una agonía histórica. El imperialismo hoy es “dinamita en sus propios cimientos”: para salvar empresas, el Estado precariza a su propia población, afectando la estabilidad política. Como marxistas, sabemos que un imperio en decadencia es más peligroso, se vuelve un animal herido que lanza zarpazos desesperados para sobrevivir y esto lo podemos ver en las políticas actuales, desde las intervenciones militares internacionales y la creación del ICE como brazo represivo interno, hasta los bloqueos comerciales contra cualquier amenaza a su figura de patriarca mercantil.
“Sin duda, hay una continuidad esencial en la política exterior estadounidense… Y es evitar que surjan rivales estratégicos serios.”
En contexto con esto último, la disputa con China se revela como una lucha de influencias imperialistas. Vemos que el llamado “socialismo con características chinas” resulta ser un “capitalismo con características chinas”, donde grandes burgueses son parte fundamental en el Comité Central del Partido Comunista Chino. Vaya ironía.

Una lección de internacionalismo: 1918
Finalmente, Peterson hace un rescate histórico de la intervención de EE. UU. en la Rusia soviética tras la Revolución de Octubre. Demuestra que, por encima de cualquier bandera, la burguesía tiene una conciencia de clase internacional donde alrededor de 15 países enviaron tropas a intentar sofocar el bolchevismo. Fracasaron.
Las tropas estadounidenses no veían razón de estar en Rusia. En un momento cientos de soldados se amotinaron y decidieron que no harían caso a las órdenes. En ese contexto donde muchos hubieran adoptado un discurso nacionalista, Lenin decide redactar una carta donde destaca las tradiciones revolucionarias de los trabajadores estadounidenses. John Reed contribuyó fuertemente en que llegasen a Occidente estas palabras y fue con certeza algo sin precedentes para la burguesía, la cual asustada por el crecimiento del Ejército Rojo y la amenaza de sublevación de más tropas no tuvo más remedio que retirarse.
La conclusión
Este libro es una invitación a dejar de entendernos como víctimas de la historia y empezar a ver que somos sus arquitectos. No basta con lamentar el poder del imperialismo; hay que entender su anatomía para saber dónde asestar el golpe definitivo. Solo así lograremos decir que se tuvo una pesadilla con el capitalismo, y no despertar, otra vez, en la pesadilla del capitalismo.
Nota: Puede comprar su ejemplar de El Coloso: Auge y caída del imperialismo estadounidense en español o inglés con los camaradas del Revolutionary Communists of America.

















