La política exterior norteamericana y el papel de Cuba en la lucha antiimperialista

Desde la época de la independencia de las 13 Colonias británicas existe una fundamentación ideológica para la prepotencia norteamericana que se basa en una supuesta predestinación como presuntos herederos de las promesas bíblicas para el “pueblo elegido”. La creación de un campesinado acomodado, base para el proceso de industrialización interna, requería grandes extensiones de tierra y el empleo de mano de obra esclava. Cierto es que los estados norteños, más vinculados al comercio con la metrópoli inglesa, priorizaron el desarrollo industrial temprano, mientras que los del sur se centraron en la explotación intensiva de la tierra apoyándose en el trabajo esclavo.

El expansionismo norteamericano

Los padres fundadores de los Estados Unidos nunca dejaron de señalar su ambición expansionista

“Nuestra Confederación debe ser considerada como el nido desde el cual toda la América, la del Norte y la del Sur, ha de poblarse. Así, tengamos buen cuidado, por el interés de este gran continente, de no expulsar demasiado pronto a los españoles, pues aquellos países no pueden estar en mejores manos. Mi temor es que España sea demasiado débil para mantener su dominación sobre ellos hasta que nuestra población haya avanzado lo suficiente para ganarles el dominio palmo a palmo”.

Más adelante, en 1823, ante los conflictos internacionales derivados de la reciente independencia de los estados hispanoamericanos, el presidente James Monroe estableció: “América para los americanos”. Aunque diplomáticamente se refería a la no interferencia de los europeos en los asuntos del continente, en realidad se tradujo en que sólo los Estados Unidos de América tenían el derecho de intervenir en los asuntos internos de los países de nuestro continente.

Ya en plena vorágine expansionista previa a la guerra de conquista de la mitad del territorio mexicano, el periodista John O’Sullivan, proclamó:

“Otras naciones han emprendido una […] interferencia hostil contra nosotros, con el objeto declarado de frustrar nuestra política y obstaculizar nuestro poder, limitando nuestra grandeza y frenando el cumplimiento de nuestro destino manifiesto de extendernos por el continente asignado por la Providencia para el libre desarrollo de nuestros millones que se multiplican anualmente”.

Política Roosevelt

Esos millones a los que se refería no eran simplemente los pobladores de los distintos territorios que iban comprando o conquistando, se refería a los anglosajones, fundamentalmente protestantes. De tal modo que ningún territorio que no tuviera mayoritariamente ese origen étnico era aceptado como miembro de pleno derecho de la Unión. De hecho, después de la guerra civil se estableció un auténtico sistema de segregación racial que permaneció vigente, especialmente en el sur de Estados Unidos, hasta 1968.

Ideas como la necesidad de un espacio vital, que más tarde se popularizaría  en la Alemania de Hitler, eran comúnmente aceptadas e impulsadas por la clase dominante norteamericana. 

En los albores del siglo XX, Teodoro Roosevelt añadió la doctrina injerencista su propia visión:

“[…] los comportamientos incorrectos crónicos […] requieren la intervención de alguna nación civilizada, y en el hemisferio occidental el apego de Estados Unidos a la Doctrina Monroe nos obliga […] a ejercer ese poder”.

Dicha visión correspondía ya a una fase imperialista tal y como los marxistas entendemos el término. La política de Roosevelt, conocida como la del gran garrote o de puertas abiertas, señalaba el derecho a intervenir en cualquier país de América, incluso por la fuerza, si incumplía sus obligaciones de deuda, erigiéndose como árbitro de cualquier otro país. Intervenciones en Panamá, Venezuela y Cuba se realizaron apelando a esta política que se basaba en la idea ya señalada de la predestinación y en la excepcionalidad, es decir que los Estados Unidos, por mandato divino, pueden estar por encima de cualquier norma del derecho internacional.

Tanto Roosevelt con su política agresiva, como  después Woodrow Wilson, apelaban, incluso, exigían la apertura comercial de los demás países. En esos tiempos, la fama internacional de los Estados Unidos, pese al gran garrote que ejercía sobre su patio trasero, era de pacifismo, de apelar a los negocios más que a la guerra. Así pudo aparecer al final de la Primera Guerra Mundial como un mediador antimilitarista. En realidad todo era consecuencia del ascenso del imperialismo norteamericano que a pasos agigantados alcanzaba y superaba al esclerótico imperialismo inglés. Trotski apuntaba en 1926:

“Estados Unidos se lanza por todos los caminos y toma en todas partes la ofensiva. Opera de una manera estrictamente ‘pacífica’, es decir, sin hacer uso de la fuerza armada, ‘sin efusión de sangre’, como decía la Santa Inquisición cuando quemaba vivos a los herejes; se extiende pacíficamente porque sus adversarios, castañeteando los dientes, retrocede paso a paso ante esta nueva potencia, sin arriesgarse a chocar con ella abiertamente. Tal es la base de la política ‘pacífica’ de Estados Unidos. Su principal instrumento lo constituye actualmente el capital financiero”. Trotski, León. A dónde va Inglaterra p. 111.

Si bien, como veremos más adelante, Estados Unidos nunca dejó de ejercer su gran garrote sobre su área de influencia, podía darse el lujo de aparecer ante el mundo, especialmente ante los europeos, como una “potencia pacífica” que solo busca hacer negocios, tal  como ahora se dice de China.

En esos mismos años, Estados Unidos intervenía en Nicaragua, Haití y la República Dominicana, imponiendo en todos los casos gobiernos títeres para proteger la zona del canal de Panamá y apuntalar a la tristemente célebre United Fruit Company, que  exigió y logró la represión y el asesinato en masa de cientos de trabajadores colombianos en huelga el 6 de diciembre de 1928. Es cierto que empleaba a esbirros locales, pero esta violencia formaba parte de un sistema más amplio de dominación imperialista.

Una nueva fase de intervencionismo surgió en el periodo inmediato posterior a la Segunda Guerra Mundial, con la conformación de la agencia central de inteligencia en 1947. Desde esa época se construye de una manera más sistemática una doctrina de seguridad nacional, la cual, independientemente del discurso de los teóricos de la CIA en el sentido de supuesta protección del Estado a los miembros de un país, para los Estados Unidos es:

“el armazón ideológico necesario para las fuerzas armadas que protegen los intereses económicos imperialistas, aunado a la incesante reproducción del capitalismo a escala global, todo ello conlleva, de una parte, la incesante exportación de capitales en sus diferentes modalidades junto con la actualización de dinámicas de control globales, tal como acontece con la guerra irregular, no convencional o de baja intensidad”.  Herrera Medina, Christian, “La doctrina de seguridad nacional estadounidense” (2025)

El imperialismo tras la posguerra

En la fase de la postguerra, cometieron acciones tan deleznables como el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala (1954); la invasión a Bahía de Cochinos (1960) y el golpe de estado a Salvador Allende (1973). 

No obstante, el principal instrumento de intervención fue el control y adiestramiento de los ejércitos de los estados títeres por medio de la tristemente célebre Escuela de las Américas:

“Entre 1950 y 1973, más de 428 000 oficiales y soldados extranjeros […] fueron adiestrados bajo el Programa de Ayuda Militar en Estados Unidos y Panamá, y millares más recibieron adiestramiento a través de programas patrocinados por Estados Unidos […]”. Íbid.

Tal vez uno de los momentos cúspide de esta política fue la implementación del plan continental de exterminio de la disidencia de izquierda, conocido como el Plan Cóndor, el cual implicó la acción conjunta de los ejércitos de todo el cono sur que instauraron feroces dictaduras durante los setenta.

Uno de los momentos cúspide de esta política fue la implementación del plan continental de exterminio de la disidencia de izquierda, conocido como el Plan Cóndor

La era Reagan

Los años siguientes continuaron las mismas políticas intervencionistas, dando énfasis a ciertos aspectos. Por ejemplo, la administración Reagan se valió de su “Política Nacional y Estrategia para el Conflicto de Baja Intensidad”, que se empleó en contra de gobiernos como el sandinista, empleando para ello financiamiento del propio narcotráfico.

La administración Reagan, en su citada estrategia, menciona la lucha contra las drogas como parte del plan de contrainsurgencia. Esto permite justificar el relanzamiento de la guerra irregular a los países periféricos. Esta política se combinó con la promoción de regímenes “democráticos” que aplicaban feroces políticas de ajuste, como Menem en Argentina o Carlos Salinas de Gortari en México, solo por citar a algunos de los más representativos. Entonces irrumpió la revolución venezolana y, con ella, una oleada de gobiernos de izquierda o progresistas que se perfilaban como una posible alternativa al intervencionismo norteamericano.

Es entonces que surgen nuevas estrategias por parte del imperio, particularmente la política de golpismo judicial, campañas de desprestigio y la promoción de demagogos de derecha, que pretenden capitalizar la incapacidad de los llamados gobiernos progresistas para realizar un programa alternativo. 

Efectivamente, en la medida en que dichos gobiernos “progresistas” no han roto con el capitalismo, se han visto obligados a sortear los costos políticos que representa la crisis global en cada uno de sus países. El capitalismo dependiente latinoamericano, víctima de la baja de los precios de las materias primas, así como del costo cada vez más alto de los bienes de capital y de alta tecnología que se ve obligado a importar, está en un callejón sin salida, que se expresa en devaluaciones o políticas de ajuste, que a su vez llevan a un incremento de la delincuencia, entre otras cosas

En este escenario entra el posicionamiento de China. Tal  y como sucedió a principios de siglo a nivel internacional con los Estados Unidos, se presenta como el “inversionista buena onda”, pacífico, que lo único que quiere es hacer buenos negocios. Ya hemos analizado este proceso en un artículo de Carlos Márquez que recomendamos y también las líneas generales de la actual política de seguridad nacional norteamericana, que en esencia  guarda una continuidad asombrosa con  los pasados dos siglos de intervencionismo de los Estados Unidos en América. 

China se presenta como el “inversionista buena onda”, pacífico, que lo único que quiere es hacer buenos negocios.

En esta ocasión queremos hacer énfasis en cuál ha sido el ejemplo más importante y más efectivo de lucha antiimperialista en nuestra región. Ya se observa que movimientos tan importantes como los de Hugo Chávez en Venezuela o Evo Morales en Bolivia llegaron a sus límites y dieron pie  a un giro reaccionario. A su vez los gobiernos reformistas no han sido capaces de resistir a la menor presión, aun así hayan optado por incrementar su asociación con China.

Es cierto que el ascenso de los demagogos de derecha terminará pronto y que una nueva oleada de gobiernos “progresistas” puede arribar en algún momento. Esto incluso puede suceder en los Estados Unidos donde los grupos afines al partido demócrata afilan navajas para presentarse como la única alternativa realista ante el “fascismo” trumpista, a pesar de que los mismos demócratas son corresponsables de todos los crímenes que el imperialismo ha perpetrado contra los pueblos del mundo.

El ejemplo de la Revolución cubana

Existe una alternativa, una que ha resistido y que hoy en día se encuentra en sus momentos más críticos y esa es Cuba.

En 1959, cuando triunfó la revolución cubana, no había en el horizonte inmediato la intención de ir más allá de una vía democrática y nacionalista que permitiera cierto desarrollo independiente y reformas a favor de las masas, nada distinto al proceso que hemos visto a lo largo de la historia de nuestros pueblos latinoamericanos. La ley de reforma agraria del 17 de mayo del 59 estaba dirigida contra el latifundio y, hasta ese momento, podía circunscribirse como un elemento más de una revolución democrático burguesa. No obstante, tanto la administración norteamericana como la oligarquía ya afincada en Miami lo tomaron como una declaración de guerra. Ello dio pie a un feroz boicot económico. 

En un memorándum secreto, el 20 de abril de 1960, las políticas norteamericanas sobre la isla estaban más que claras: 

“Emplearse rápidamente cualquier medio concebible para debilitar la vida económica de Cuba… una línea de acción que […] logre los mayores avances en la negación de dinero y suministros a Cuba, para reducir los salarios reales, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”.

Se puede decir cualquier cosa sobre la dirección cubana en esos años, pero está claro que eran unos revolucionarios hasta la médula y que no iban a permitir la tutela o el chantaje norteamericano.

Los preparativos para una invasión terrestre organizada por la CIA e integrada por mercenarios, especialmente de origen cubano, era ya evidente para el gobierno liderado por Fidel Castro y Ernesto Guevara. ¿Cuál fue su reacción ante la inminencia del atraque? Pues fue la proclamación del carácter socialista de la revolución el 16 de abril de 1961 cuando se celebraban los funerales de un bombardeo realizado un dia antes, unos días después del desembarco de los mercenarios en Playa Girón, pero la respuesta fue aún más contundente, en unos días unos un poco más de 100 fueron muertos, unos 1200 fueron capturados.

La Revolución cubana, en sus inicios, vivió todas las amenazas, chantajes e incluso acciones militares que hacen temblar a los reformistas del siglo XXI y que usan como pretexto para ceder, pero ello no fue excusa; siguieron adelante impulsando una ola revolucionaria que puso en vilo al imperio mismo. 

En los años siguientes la economía cubana se transformó, la revolución expropió a los capitalistas, latifundistas, multinacionales y abolió el sistema capitalista. Eso demostró,  tal y como León Trotski lo vaticinó con su teoría de la revolución permanente, que la única forma de completar una revolución democrática-burguesa es avanzando al socialismo. En los años siguientes se demostró la viabilidad del proyecto socialista con enormes avances en educación, salud y niveles de vida; todo a pesar del bloqueo económico instaurado por el gobierno norteamericano y los sabotajes impulsados por la CIA.

Otro de los aspectos claves para enfrentar al imperialismo era la extensión de la revolución. De otro modo el bloqueo poco a poco haría sentir sus efectos, eso lo entendió Ernesto Guevara como nadie y por ello emprendió toda una odisea con el fin de extender la revolución.

Se puede cuestionar la idea del foco guerrillero, pero no la estrategia. En el caso de que se hubiera logrado otro triunfo como el cubano dentro del continente, la amenaza de la revolución se hubiera extendido por el continente y el imperialismo hubiera quedado contra las cuerdas.  La derrota del Che en Bolivia se convirtió en el golpe más duro a la joven revolución, mucho más que el embargo.

Los años siguientes, la revolución cubana, aislada se vio obligada a replicar más y más los métodos burocráticos de la Unión Soviética.  No cabe duda que la revolución cubana significó un enorme paso adelante en los niveles de vida. No obstante, con la caída de la URSS, la revolución quedó aislada y ahí inició su declive.

La revolución cubana, aislada, se vio obligada a replicar más y más los métodos burocráticos de la Unión Soviética

Esta es otra lección fundamental,  la revolución internacional, el otro factor básico de la revolución permanente, es sumamente importante. De no conseguirse la extensión de la revolución,  la ofensiva contrarrevolucionaria de los imperialistas irá poco a poco mellando las conquistas.

En defensa de la revolución cubana

A lo largo de la historia, desde Espartaco hasta la Comuna de París, los aullidos de lobos de la alianza reaccionaria siempre han precedido los asaltos finales a los sublevados que se atrevieron a luchar por un mundo mejor. Aquí no hay espacio para reseñar los inmensos esfuerzos del pueblo cubano para defender su revolución. 

Bajo la dirección de Trump, los imperialistas están lanzando nuevas ofensivas contra las naciones latinoamericanas. Hoy ya no vemos al imperialismo naciente y en ascenso ni al que se convirtió en la gran potencia del mundo, sino a uno en declive relativo, acosado por el ascenso de nuevas potencias como China. Mientras escribimos esto, está empantanado en una guerra contra Irán que evidencia que ya no es la potencia hegemónica de ayer. 

La entrada de un  barco petrolero ruso demuestra que el bloqueo, aún a pesar de los deseos de los imperialistas, no es tan definitivo como pregonan.

Esto no detiene, sino que intensifica las agresiones contra las naciones latinoamericanas, porque el imperialismo busca como prioridad reafirmar su hegemonía en la región. Tras derrocar militarmente al gobierno venezolano, intensifica el bloqueo contra Cuba impidiendo la entrada de petróleo con el fin de cansar a la población y asfixiar a la revolución. El imperialismo estadounidense está en declive,  como se demuestra con su errática y desastrosa guerra en Irán.

Hoy no es momento de rendirse, es hora de sumar esfuerzos y emprender, de forma conjunta con la revolución cubana, poniendo énfasis en que al final la única manera de defender la revolución cubana es luchando por la revolución mundial.

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Author: Ruben Rivera

Ingeniero electricista y marxista mexicano, es miembro del Comité Editorial del Centro de Estudios Socialistas Carlos Marx. Autor de "Independencia y revolución – 200 ańos de lucha de clases en México", "José Revueltas" y "Jose Revueltas y la Izquierda en México” así como más de 300 artículos publicados en México y el extranjero, relacionados con la lucha de clases.