8M: Un mundo en llamas

Frente a los ataques imperialistas, muchas se preguntan: ¿qué posición deberían asumir las mujeres que luchan contra su opresión? ¿Será suficiente un cambio cultural, discursivo o de ideas para combatirla? Desmontemos esta postura. 

Se acerca nuevamente el histórico 8M, pero este año sucede en medio de un mundo en llamas: los ataques del imperialismo yanqui, la escandalosa reapertura de los archivos de Epstein, las brutales agresiones contra Cuba por EE.UU., levantamientos revolucionarios de juventudes en todo el mundo, olas de despidos masivos de obreras en el norte del país. 

Nada de esto le es ajeno al movimiento de mujeres y podemos esperar que asuman consignas antiimperialistas sumadas a sus demandas históricas, lo que evidencia el carácter progresivo del movimiento: contra la amenaza del imperialismo la única vía para vencer es golpear juntos. 

Está fuera de cuestión que el imperialismo afecta a las mujeres, ¿pero son luchas separadas o dos caras de una misma moneda? Muchas compañeras coincidirán en que la lucha es la misma, pero ¿de qué forma en concreto se conecta la opresión de la mujer con el imperialismo? 

Norte vs. Sur… ¿o lucha de clases?

Se ha dicho que lo que motiva las amenazas contra los países oprimidos del “Sur Global” es una política racista y colonial de la cuna del Norte Global: Estados Unidos. De acuerdo con la mirada decolonial del mundo, éste se divide en dos polos políticos, no geográficos: El Norte Global, que incluye las potencias económicamente imperantes y el Sur Global, los territorios históricamente subordinados. 

Ciertamente las élites de todos los países imperialistas comparten intereses fundamentales, antagónicos a los del resto de la humanidad, pero ni se componen ni actúan como un monolito. Tan solo la reciente amenaza de Trump de invadir Groenlandia –colonia de un país europeo y un acto que infringe los acuerdos de la OTAN– evidencia las contradicciones entre las propias élites económicas. 

Más importante aún, esta perspectiva desdibuja las diferencias de clase que existen en el seno de cada “polo”, e inclina a la clase trabajadora del “Sur Global” a confiar en su propia burguesía nacional –principal cómplice y benefactor de la opresión de sus pueblos– por encima de nuestras hermanas y hermanos de clase en otras latitudes. 

Esta perspectiva desdibuja las diferencias de clase que existen en el seno de cada “polo”, e inclina a la clase trabajadora del “Sur Global” a confiar en su propia burguesía nacional. Imagen: Wikipedia

¿Quién es el verdadero enemigo?

Sería un sinsentido negar la historia  de dominación y sometimiento de los países excoloniales, y una incongruencia rechazar el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Pero esto no es lo único que la decolonialidad propone.

Esta perspectiva nos inclina a colocar en un ring a la población blanca de los países imperialistas vs. las poblaciones racializadas de territorios excoloniales, presentando las iniciativas provenientes de las últimas como inherentemente revolucionarias, mientras las otras son inherentemente colonizadoras​. Al seguir este camino, no solo niegan la experiencia de la clase obrera de otras naciones, sino que abren la ventana para permitir proyectos reformistas que, en nombre de la identidad regional o latina, refuerzan el  orden capitalista.

Esto significaría, por ejemplo, que debemos defender la colaboración de la 4T con la política yanqui de asfixia económica a Cuba, pues es una iniciativa proveniente de una mujer presidenta del Sur Global. En este mismo sentido nos preguntamos ¿son los intereses y acciones de Salinas Pliego y su calaña de parásitos –provenientes del Sur Global– los mismos que los de las trabajadoras mexicanas? Absolutamente no.

La misma paradoja la encontramos cuando vemos que decenas de miles de trabajadores estadounidenses se manifestaron en Minnesota contra la brutalidad de ICE hace unas semanas; sería absurdo aducir que como la clase obrera estadounidense pertenece a un país imperialista comparten intereses con Trump y su administración, o desestimar sus experiencias de lucha sólo por no tener el sello de «población racializada-colonizada».

La histórica lucha de la clase obrera estadounidense y europea demuestran que los intereses que comparte la clase trabajadora internacional no son sólo los mismos de aquí a Japón, sino que además, son antagónicos a aquellos de la clase capitalista.

¿Es posible la liberación de la mujer dentro del capitalismo?

Es innegable que grandes procesos revolucionarios han marcado enormes saltos para la clase obrera y las mujeres, pero ¿sería lógico deducir que todas las alternativas mientras provengan de comunidades “desde abajo” son en sí mismas emancipadoras? 

Por más que se quieran crear «mundos dentro de otros mundos» no podemos pretender que levantando una barrera imaginaria, el capitalismo y todos sus lastres desaparecerán mágicamente. Si retomamos experiencias como el caso de Rojava –donde las mujeres han ocupado un papel central en la organización política y militar– uno pensaría que han encontrado la fórmula perfecta: mujeres, nativas, revolucionarias; ¿pero es este ejercicio de autodeterminación la alternativa que nos conducirá a la liberación plena de la humanidad? 

En la realidad, vemos cómo estas visiones chocan terriblemente con sus propias limitantes, en este caso buscando desesperadamente aliados que les financiaran o dieran armas, cayendo en los brazos del imperialismo norteamericano. Los «submundos» existen en el planeta tierra y en medio de un pantano reaccionario; a donde sea que voltees habrá un brazo armado del capital listo para atacar. 

El imperialismo aplastará cualquier forma de organización que tenga intereses distintos a preservar el orden de explotación y miseria mundial. Todo sector o comunidad está inserto en una dinámica global del capital, lo quieran o no; “escapar” sin derribar el sistema no representa una salida real, porque no trastoca la base material del capitalismo, mucho menos plantea su transformación. Contrariamente, aislar las luchas, lejos de fortalecer la “resistencia”, actúa como freno y corta el movimiento amplio de las masas.

No podemos pretender que levantando una barrera imaginaria, el capitalismo y todos sus lastres desaparecerán mágicamente. Imagen: dominio público

¿Lucha cultural o de clase?

La opresión que vive una mujer indígena, migrante y pobre no es la misma que una mujer  burguesa, independientemente de su color de piel o lugar de nacimiento. Esto es innegable. También pueden existir diferencias o grados de explotación entre una mujer proletaria europea y una afgana. El problema surge cuando este reconocimiento de diferencias se convierte en el punto final en lugar del punto de partida.

La decolonialidad plantea que la lucha cultural e identitaria son la clave para romper con la hegemonía del capital. Para justificar esta postura, renuncian a todo conocimiento totalizador y europeo, y lo sustituyen con un recalentado de ideas entre idealistas, posmodernas e indigenistas. Como ya vimos, una ideología del “Sur Global” no necesariamente equivale a subversivo, detrás de la cortina de humo, se esconden desvergonzadamente las burguesías nacionales y reformistas que quieren una parte del pastel.

Frecuentemente se acusa al marxismo de jerarquizar las opresiones donde la clase ocupa el primer lugar y todo lo demás queda en segundo plano. No negamos que dentro de las relaciones sociales capitalistas existen prejuicios, instituciones y costumbres que propulsan las múltiples opresiones, pero estas no son más que la consecuencia y justificación directa del saqueo colonial y la expansión del capital, no su causa. 

¿Qué nos une?

Si la opresión de la mujer no se trata simplemente de la dominación capitalista y, por tanto, patriarcal; si el imperialismo no es meramente la supremacía ideológica; y si la cultura hegemónica no es la base de la opresión, sino una expresión de la opresión económica ¿en dónde se conectan las luchas? 

Las políticas imperialistas, en efecto, profundizan las desigualdades preexistentes pero, en la realidad, todas las diferencias dejan de ser centrales cuando amenazan con bombardear tu país, cuando deportan a niños a sus países de origen sin sus familias, o cuando estrangulan a tu pueblo hasta inducir una crisis humanitaria. Es aquí, en el movimiento vivo de la lucha, que la unidad de clase internacional deja de ser una consigna en abstracto y se convierte en una necesidad material incuestionable. 

Este 8M nuestra lucha no se detiene en las fronteras: es por Cuba, por Irán, por cada obrera despedida y cada pueblo en pie de lucha. La destrucción del capitalismo es la condición necesaria para nuestra liberación. 


¡Fuera yanquis de América Latina! 

¡Viva la lucha internacional de las mujeres trabajadoras!

Author: K.A. García e Isa Marín

Militantes del Partido Comunista Revolucionario (PCR), sección mexicana de la Internacional Comunista Revolucionaria (ICR)