La huelga general paraliza Portugal

Las federaciones sindicales convocaron una huelga general en Portugal el jueves 11 de diciembre contra la ley laboral antiobrera del primer ministro Luís Montenegro. La huelga contó con una gran participación y representa un importante punto de inflexión para la lucha de clases en Portugal. Ha transformado parcialmente el clima social y ha situado las cuestiones de clase en el centro de la atención pública.

Un ataque sin precedentes

Como explicamos previamente, el proyecto de ley laboral de Luís Montenegro incluye más de cien artículos que pisotean los derechos conquistados tras décadas de lucha. La ley introduce un «banco de tiempo» que elimina el pago de horas extras, facilita los despidos, fomenta la subcontratación y ofrece cobertura legal para el falso autoempleo. También limita la negociación colectiva, restringe el derecho a la huelga y socava los derechos de maternidad, entre otras medidas.

Esta ofensiva contra la clase trabajadora no es un capricho de Luís Montenegro, aunque su gobierno de derecha esté conscientemente alineado con los patronos. Más bien refleja las necesidades objetivas del capitalismo portugués en un momento de crisis. Hay una crisis mundial de sobreproducción y Europa está perdiendo. Para aumentar la «competitividad», controlar sus deudas y financiar sus ambiciones imperialistas, los capitalistas europeos deben apretarle las tuercas a los trabajadores.

La clase dominante parasitaria de Portugal siempre ha recurrido a la super explotación para compensar su atraso. Con el centro-derecha en el poder, los patronos renuevan su ofensiva contra los derechos laborales de la manera más brutal posible. Pero esto está dando un poderoso impulso a la lucha de clases.

La última huelga general en Portugal tuvo lugar hace casi trece años, como resultado de los memorandos de austeridad posteriores a 2008. Los líderes sindicales no estaban dispuestos a convocar una ahora, pero el Gobierno no les dejó otra opción. Habrían perdido toda su legitimidad si no hubieran aceptado convocar la huelga.

La huelga tuvo lugar el jueves 11 de diciembre. No hay estadísticas precisas sobre cuántos trabajadores participaron. El Gobierno afirma que menos del 10 % de la población activa participó en la huelga, mientras que los sindicatos cifran en tres millones el número de huelguistas (más de la mitad de la población activa).

Lo cierto es que la huelga paralizó sectores críticos de la economía, como el transporte y la distribución, la producción industrial a gran escala y, especialmente, el sector público: escuelas y universidades públicas, instalaciones de recogida de residuos y centros de salud. Es cierto que tuvo una participación limitada en las industrias más precarias del sector privado —que cuentan con una gran cantidad de trabajadores migrantes—, como la hostelería, la construcción y el comercio minorista. Esto se debe al acoso y la intimidación sistemáticos por parte de los patronos (especialmente eficaces contra los migrantes), la baja afiliación sindical en estos sectores (debido en gran medida a la pasividad de los sindicatos) y la renuencia de los trabajadores a perder un día de salario cuando apenas les alcanza para llegar a fin de mes.

Sin embargo, el impacto de una huelga no puede medirse únicamente por sus consecuencias directas: debemos considerar el apoyo social general que recibió. En este sentido, la huelga general del 11 de diciembre contó con la simpatía incondicional de la mayor parte de la sociedad portuguesa.  Una encuesta de opinión realizada por el periódico Diário de Notícias reveló que el 61 % de los encuestados apoyó la huelga, y solo el 31 % se opuso. Esta amplia simpatía social se sintió el día de la huelga, con escenas conmovedoras de trabajadores de la limpieza y camareros animando a los manifestantes y piqueteros.

La juventud toma la iniciativa

Los líderes sindicales abordaron la huelga general de manera rutinaria. Mientras que la pequeña federación UGT amenazó con otra huelga general, la CGTP, mucho más grande y supuestamente más radical, evadió el asunto y propuso continuar la lucha mediante… ¡Recoger firmas! Su estrategia es clara: mostrar su fuerza con una huelga de un día y luego pedirle concesiones al Gobierno en la mesa de negociaciones. Sin embargo, para las masas, especialmente para los jóvenes, la huelga general supuso una válvula de escape para su ira reprimida.

La manifestación celebrada en Lisboa el jueves por la tarde no fue un asunto rutinario. Fue una notable demostración de fuerza de la clase trabajadora, no solo por su número, sino también por su atmósfera eléctrica. Los jóvenes predominaban en esta enorme multitud, gritando consignas revolucionarias como «huelga general contra el capital», «el país está en una situación desesperada, ¿qué vas a hacer? ¡Revolución y poder popular!», y «son los trabajadores, portugueses o inmigrantes, los que llenan los bolsillos de los patrones».

Los sindicatos apenas se dejaron ver. Lo mismo ocurrió con el Partido Comunista. La multitud se situaba sin duda a la izquierda de las cúpulas de la CGTP y el PCP. Se trataba, en gran medida, de una manifestación sin líderes.

Una huelga general exitosa siempre plantea la cuestión del poder. Revela la enorme fuerza de la clase trabajadora, sin la cual no se enciende una bombilla, no gira una rueda, ni suena un teléfono. Este poder permanece latente en tiempos normales, pero sale a la superficie durante una huelga. El ambiente que se respiraba el jueves en Lisboa, un estado de ánimo de ira, pero también de confianza, insubordinación y alegría, reflejaba este creciente poder de los trabajadores moviéndose como clase, aunque todavía de forma tímida y a tientas.

Este estado de ánimo revolucionario existe principalmente entre la capa radicalizada de la juventud. Este sector crece en número bajo la presión implacable de la crisis, pero sigue siendo una pequeña minoría en la sociedad. Sin embargo, visto dentro de los procesos más amplios que tienen lugar entre las masas, esta juventud anuncia la radicalización de capas mucho más amplias, que, sin embargo, necesitarán más tiempo y acontecimientos para llegar a conclusiones revolucionarias.

Consecuencias imprevistas

Portugal es, por mucho, el país más pobre de Europa occidental y, a pesar de un crecimiento económico (mediocre), la inflación, la falta de vivienda y el colapso de los servicios públicos han deteriorado progresivamente las condiciones de vida. Un sentimiento de ira y frustración se ha extendido en la sociedad portuguesa en los últimos tiempos. Sin embargo, este sentimiento adquirió una expresión política distorsionada con el auge del partido populista de derecha Chega.

Chega y su líder, André Ventura, deben su popularidad al descrédito de la izquierda tras ocho años en el poder entre 2015 y 2023, cuando terminaron limitándose a gestionar la crisis del sistema. Los diferentes partidos de izquierda no se han recuperado, ya que repiten como loros sus fórmulas reformistas vacías, desconectadas del ambiente social. Se está allanando el camino para la llegada de Ventura al Gobierno.

Ventura es un demagogo capitalista que ha galvanizado una base de apoyo extremadamente heterogénea, que abarca desde fanáticos racistas y empresarios reaccionarios hasta trabajadores indígnados que anteriormente votaron por socialistas o comunistas, o que no votaban en absoluto. Ventura se ha beneficiado del relativo estancamiento de la lucha de clases, lo que le ha permitido librar guerras culturales sobre cuestiones como la migración, la criminalidad y la corrupción.

Sin embargo, la huelga general ha puesto las cuestiones de clase firmemente sobre la mesa. Esto coloca a Ventura en una situación difícil. Inicialmente apoyó la legislación laboral del Gobierno, pero, al sentir la oleada de protestas, tuvo que cambiar de rumbo. Según la encuesta mencionada, ¡el 67 % de sus seguidores apoyó la huelga general!

En los últimos días, Ventura ha atacado la ley sin rodeos y ha adoptado una retórica pseudo pro-obrera. Se trata de una demagogia vacía, pero que entusiasma a sus seguidores de clase obrera, de forma similar a la retórica de Donald Trump durante su campaña de 2024. Sin embargo, al ser un político capitalista oportunista, no podrá cumplir estas expectativas: al contrario, las pulverizará. Su base de apoyo se desmoronará. El péndulo se inclinará entonces con fuerza hacia la izquierda. La fuerte radicalización que observamos en un segmento de la juventud portuguesa se extenderá a las masas en general. El problema es que no hay alternativa en la izquierda. Tenemos que construirla.

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Author: Rui Faustino y Arturo Rodríguez

Dirigentes del Colectivo Comunista Revolucionario (CCR), sección de la Internacional Comunista Revolucionaria (ICR) en Portugal.