¿Un “Trotsky moment”? Entrevista a Warren Montag

Warren Montag, en una entrevista publicada originalmente en Left Voice habla del creciente interés por León Trotsky y sus ideas entre jóvenes militantes y activistas, así como entre intelectuales y académicos de izquierda en Estados Unidos.

Warren Montag es profesor de literatura comparada y filosofía política en el Occidental College de Los Ángeles, California. También es uno de los principales especialistas en el campo de los estudios althusserianos, editor de la revista Décalages, y autor de varios libros, como Philosophy’s Perpetual War: Althusser and his Contemporaries (Durham: Duke University Press, 2013) y, junto a Mike Hill, The Other Adam Smith (Stanford University Press, 2014), entre otros. Participó en EE. UU., entre 1976 y 1978, de un colectivo relacionado con las ideas de Ernest Mandel, y luego fue miembro del comité nacional de las organizaciones Workers Power (entre 1978 y 1985) y de Solidarity (entre 1985 y 1990).

Juan Dal Maso: Dijiste que puede que estemos a punto de vivir una especie de “momento Trotsky” entre los intelectuales y académicos de izquierda y, más importante aún, entre una capa amplia y relativamente joven de militantes y activistas que se identifican con el socialismo y el comunismo. ¿Qué te hace pensar que esto es así?

Warren Montag: Cuando decidí aceptar tu invitación para escribir una crítica a la serie de Netflix sobre Trotsky hace unos años, lo hice porque tenía la sensación de que Trotsky, y en menor medida el trotskismo, se había vuelto algo tan poco familiar en el mundo angloparlante que se podía hablar de su teoría y su práctica sin tener que responder en forma preventiva a los clichés antitrotskistas comunes tanto en la izquierda como en la derecha. Solo cuando volví a leer, después de muchos años, la Historia de la Revolución Rusa de Trotsky, me di cuenta de hasta qué punto esa misma atmósfera me había afectado incluso a mí. Me había olvidado hasta de cuáles eran los fundamentos que en su momento me habían acercado a Trotsky, o me había olvidado que los había encontrado por primera vez en Trotsky y de forma más detallada que en cualquier otro lugar. Pero para responder a tu pregunta, es necesario no solo constatar que hoy puede existir la posibilidad de evaluar el marxismo de Trotsky de forma abierta y honesta; también hay que explicar sus causas.

A principios de los años 70, el semanario The Guardian, órgano de un movimiento marxista-leninista bastante difuso y que en ese momento todavía estaba en evolución, publicó una serie de 12 artículos de Carl Davidson cuyo título era “El trotskismo: de izquierda en la forma, de derecha en la esencia”. Publicado posteriormente como folleto y reimpreso varias veces durante la década siguiente, el análisis de Davidson es útil hoy en día tanto porque funcionó como un libro de consulta muy leído como fuente de mitos y conceptos equivocados contra los trotskistas, y también porque muestra la amenaza que suponía el crecimiento de ciertos grupos trotskistas o neotrotskistas, en particular el Partido Socialista de los Trabajadores (SWP) de EE. UU. y los International Socialists [1], y el importante papel del primero en la construcción del movimiento antiguerra y de los segundos en su establecimiento en el ala combativa del movimiento sindical. Davidson (que desde entonces ha abandonado el marxismo-leninismo de su juventud, aunque permaneciendo en la izquierda) recurrió en gran medida al repertorio del estalinismo, pero evitó cuidadosamente las teorías conspirativas y se abstuvo de toda discusión sobre el asesinato de Trotsky. Sin embargo, no dudó en describir a “casi todo el movimiento trotskista” como aliado de Nixon contra el pueblo vietnamita por su negativa a dejar de plantear la exigencia de la retirada incondicional de Estados Unidos de Vietnam en vez de la consigna de que Nixon firmara el tratado de paz de nueve puntos propuesto por los vietnamitas. Es evidente, por el hecho de que comienza con este desacuerdo sobre las consignas, que Davidson considera que el error que atribuye a “casi todo el movimiento trotskista” es una equivocación tan palmaria que no harían falta más pruebas del papel “perturbador” del trotskismo en todas sus variantes, tanto en el pasado como en el presente.

Lo interesante y significativo es que en el análisis que luego hace Davidson señala sistemáticamente que Trotsky estuvo en desacuerdo con la dirección estalinista de la Tercera Internacional en varios combates importantes: en particular, la Revolución China de 1927 y la lucha contra el fascismo en Alemania, como si lo importante fuera el hecho del desacuerdo en sí mismo, el hecho de que “naufragó” algo que podría haber sido un consenso de los comunistas de todo el mundo. No toma nota que las directrices de Stalin (que no fueron obstaculizadas para nada por las críticas de Trotsky) en estos casos (podríamos añadir el ejemplo de España del mismo período) dieron lugar a tres de las derrotas más importantes para el movimiento comunista y la clase obrera internacional en el siglo XX. En el caso de China, la masacre de cuadros comunistas en Shanghai y otras ciudades por parte del Guomindang, que Mao consideró como la derrota de toda una generación y que, en última instancia, condujo a la costosísima Larga Marcha hacia la relativa seguridad de las montañas, marcó, según Davidson, la apertura de un período de luchas victoriosas, en vez del sombrío período sobre el que advertía Trotsky. Puede ser aún más extraño que Davidson celebre la dirección de Mao en el período 1973-74 como una orientación internacionalista, incluso a pesar del apoyo de China a los movimientos rebeldes anticomunistas respaldados por Estados Unidos, como la UNITA en Mozambique, y el rápido reconocimiento que dio al gobierno de Pinochet, por no mencionar el extraño apego de Mao a Nixon y Kissinger incluso durante la campaña de bombardeos masivos que estaba devastando Vietnam del Norte.

Sobre la cuestión del fascismo en Alemania, Davidson se mofa de la propuesta de un frente único entre el KPD (Partido Comunista alemán) y los socialdemócratas contra Hitler, cuando estos últimos estaban alineados con fuerzas burguesas, y respalda el desastroso y sectario voluntarismo del KPD sin afrontar las consecuencias de esta estrategia. Si uno leía este folleto, casi no se enteraba de que se trataba de derrotas enormes para el movimiento comunista. No le importaba si las posiciones de la Internacional Comunista habían resultado correctas o no en la práctica, sino que Trotsky había introducido la división en el movimiento comunista, hasta el punto de fomentar escisiones organizativas. Davidson parece haber olvidado que la Tercera Internacional se había originado en una escisión y que exigía que sus organizaciones afiliadas se separaran de los partidos que no aceptaran sus 21 condiciones. Para él, la naturaleza esencial del trotskismo era su característica más objetable. Los trotskistas siempre habían sido lo que eran entonces: “rupturistas y destructores de las organizaciones y movimientos populares”. Pero los trotskistas, argumentaba, de la misma manera eran destructores de sus propias organizaciones: su énfasis en la democracia interna, su concepción del centralismo democrático como plena libertad de discusión con unidad en la acción, según Davidson, era una concepción pequeñoburguesa que transformaba al partido revolucionario en una sociedad de debate. Una vez más, su crítica no se basaba en los documentos reales del Comité Central del Partido Bolchevique –que mostraban que su éxito no dependía de la lealtad a un líder sino del desacuerdo constante y el debate sin límites (hasta que se tomara una decisión por mayoría) que permitiera expresar todas las posibles objeciones a cada curso de acción– sino en un marxismo-leninismo derivado de algún manual de la época de Stalin.

No nos equivoquemos: este manual de argumentos antitrotskistas, antaño popular, es ahora letra muerta. Los socialismos en cuya credibilidad se apoyaban sus argumentos ya no existen, el capitalismo se ha restaurado en Rusia (tal como Trotsky había pronosticado, aunque con un retraso de 60 años), así como en China (con sus características específicas), y se sabe mucho más sobre la vida interna de los bolcheviques en 1917, sobre el fascismo y sobre los otros fenómenos históricos a los que se refiere Davidson. Aunque ciertas tendencias de la izquierda se aferren a estos conceptos, como se aferran a Stalin, el poder de esos argumentos disminuye con el paso de los años. Pero los errores de los demás no son lo que confiere verdad a los análisis de Trotsky. Lo importante es que las obras de Trotsky, liberadas del “ruido” que las rodeó durante tanto tiempo, son más legibles que antes.

Para aprovechar este momento, sin embargo, también debemos estar dispuestos a dejar de lado, aunque sea temporalmente, las lecturas existentes dentro del movimiento trotskista. De hecho, si los análisis de Trotsky sobre las causas de estas derrotas catastróficas son correctos, serán relevantes para la izquierda en general y no solo para los grupos trotskistas, muchos de los cuales tienen sus propios obstáculos a la hora de leer a Trotsky de una manera nueva, más cuidadosa y rigurosa. Porque aunque este movimiento, tanto en el mundo anglosajón como a nivel internacional, incluía a intelectuales con una amplia experiencia práctica, acostumbrados a pensar tanto a nivel táctico como estratégico, había una tendencia marcada a transformar en principios estrategias que eran adecuadas en circunstancias específicas y que habían sido conformadas por ellas. De este modo, las posibilidades estratégicas de las reivindicaciones transicionales (un concepto que fue introducido en el Tercer Congreso de la III Internacional) quedaron eclipsadas por el Programa de Transición de 1938, que a menudo fue tratado como algo inmutablemente válido mientras el capitalismo siguiera existiendo. De forma similar, la idea de la revolución permanente se basaba en la tendencia irrefutable de los movimientos revolucionarios a desbordar las fronteras artificiales establecidas por la teoría de la revolución por etapas, a medida que los trabajadores tomaban las fábricas y los campesinos arrebataban las tierras a los terratenientes ricos. La tarea de los revolucionarios era participar en estos movimientos, alentarlos y darles todo el apoyo material y político. Su tarea, sin embargo, no era sustituir a las masas, ni intentar llevar a cabo la revolución por decreto, ni mucho menos considerarse como revolucionarios que respetaban el ritmo de la movilización de las masas (generalmente a la distancia), sabiendo, como observaba Trotsky a menudo, que las masas comprendían por experiencia diaria los puntos fuertes y débiles tanto de los amigos como de los enemigos con mayor precisión que los intelectuales, traidores a la revolución. Al mismo tiempo, cuando ocurría, a la manera de España en 1936-37, que todas (o casi todas) las fuerzas de la izquierda se unían para limitar o incluso hacer retroceder las conquistas de los obreros y campesinos en aras de la unidad con algún elemento de la burguesía, era necesario trazar una clara línea de demarcación entre los que tanto en la práctica como en la teoría apoyaban la movilización obrera y campesina, de los que no lo hacían, y explicar a quienes sustentaban esta última posición el desastre que seguramente sobrevendría y cómo se podría evitar. Porque esas explicaciones, los principios abstractos o las condenas morales a las organizaciones por no hacer lo que no se podía hacer no pueden ser eficaces; solo el análisis más concreto y detallado de la coyuntura y de la fuerza relativa de las fuerzas implicadas puede servir de guía para la acción futura.

Juan Dal Maso: ¿Cuáles son las ideas particulares de Trotsky que te parecen importantes para entender las contradicciones que conforman el capitalismo realmente existente? ¿Cómo pueden sus teorías ayudar a la izquierda a desarrollar una estrategia eficaz hoy en día?

Warren Montag: En el momento actual, creo que el conjunto de escritos en torno al fascismo en Alemania son los más directamente relevantes de los análisis de Trotsky, dada tanto la importancia de los movimientos de extrema derecha en los EE. UU. hoy en día como la indiferencia práctica de la izquierda, si no la negación, del creciente poder de estos movimientos, un fenómeno que también existía en la Alemania previo a 1933, aunque su racionalización adoptara formas diferentes, y que Trotsky consideraba cada vez más alarmado.

Pero a un nivel más fundamental, el grueso de los escritos de Trotsky posteriores a 1917 –desde sus reflexiones sobre estrategia militar y los documentos presentados en los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, hasta la Historia de la Revolución Rusa y sus conjuntos de artículos sobre China, Alemania, Francia y España– representan un modelo de análisis de coyuntura que siguió ajustando y refinando hasta el final de su vida. Su ruptura con las nociones anteriores de coyuntura y las posibilidades de intervención efectiva en ella solo fueron posibles en la medida en que rechazó los dos conceptos imperantes cuya oposición parecía conformar las alternativas entre las que estaban obligadas a elegir las organizaciones revolucionarias: (1) el modelo, típico de la socialdemocracia, de un enfoque primordial en la economía, su contracción o expansión, las tasas de productividad y el desempleo, del que se desprendía el correspondiente estado de las clases antagónicas y las organizaciones políticas que expresaban sus intereses antagónicos; y (2) su opuesto, el enfoque “comunista de izquierda” [2] que, en lugar de basar su estrategia de la “ofensiva permanente” en un análisis exhaustivo de las circunstancias objetivas, a esa coyuntura necesaria más bien la encontraba o la creaba a partir de la “teoría de la ofensiva”, cuya victoria estaba asegurada por la doctrina infalible del materialismo dialéctico.

Trotsky recurrió, en cambio, al modelo esbozado por primera vez por Lenin en ese intervalo que comenzó con la Revolución de Febrero, cuando Lenin producía a diario obras maestras de análisis, cuando su pensamiento era superado por lo que escribía, lo que escribía era superado por las circunstancias (“una extraordinaria aceleración de la historia mundial”), componiendo sin interrupción una reflexión sobre ese vasto cúmulo de contradicciones del que formaba parte su escritura, y como tal recibiría la impronta de una significación que solo emergería en su especificidad más tarde: “No hay milagros en la naturaleza ni en la historia, pero cada giro brusco de la historia, y esto se aplica a cada revolución, presenta tal riqueza de contenido, despliega combinaciones tan inesperadas y específicas de formas de lucha y de alineación de fuerzas de los contendientes, que para la mente laica hay mucho que debe parecer milagroso”. Aunque el apresurado retrato de Lenin de la especificidad y complejidad sobredeterminadas de la coyuntura es de hecho poco más que un gesto, es un gesto cuya fuerza es suficiente para hacer añicos el determinismo tranquilizador de la Segunda Internacional, y el voluntarismo de la ultraizquierda. A Trotsky le correspondía iniciar el trabajo de establecer un concepto de la coyuntura capaz de registrar la complejidad de su composición, cuyo conocimiento detallado era necesario para la estrategia revolucionaria.

Acometió este trabajo, pero en las condiciones que le proporcionaba la historia, es decir, en estado práctico, en sus estudios sobre la revolución y la contrarrevolución en Rusia, China, Alemania y España. Su experiencia en la guerra civil rusa le enseñó valiosas lecciones para conducir la lucha de clases: no se puede basar la estrategia en una caracterización general de la época, que solo requeriría la férrea voluntad de provocar o “forzar” la revolución. La fantasía de que por pura voluntad o por una fe inquebrantable se podían superar los obstáculos y las barreras que se interponían a la movilización de masas, en la medida necesaria como para poner en pie una alternativa revolucionaria y, al mismo tiempo, debilitar y dividir a la clase dominante y su coalición, es algo que no puede considerarse para nada como una estrategia. La determinación de dónde y por qué medios son posibles los avances en una situación dada comienza con un análisis de la relación de fuerzas:

La sociedad capitalista, especialmente en Alemania, ha estado varias veces al borde del colapso en la última década y media; pero en cada ocasión ha salido de la catástrofe. Las condiciones económicas y sociales para la revolución son insuficientes por sí solas. Se necesitan las condiciones políticas, es decir, una relación de fuerzas que, si no asegura la victoria de antemano –no hay situaciones así en la historia–, al menos la hace posible y probable. El cálculo estratégico, la audacia, la resolución, transforman después lo probable en realidad. Pero ninguna estrategia puede convertir lo imposible en posible.

En lugar de frases generales sobre la profundización de la crisis y la “situación cambiante”, el Comité Central tenía el deber de señalar con precisión cuál es la relación de fuerzas en el momento actual en el proletariado alemán, en los sindicatos, en los comités de fábrica, qué vinculaciones tiene el partido con los trabajadores agrícolas, etc. Estos datos se encuentran disponibles para una investigación precisa y no son un secreto. Si Thälmann tuviera el valor de enumerar y sopesar abiertamente todos los elementos de la situación política, se vería obligado a llegar a la conclusión de que, a pesar de la monstruosa crisis del sistema capitalista y del considerable crecimiento del comunismo en el último período, el partido sigue siendo demasiado débil como para intentar forzar la salida revolucionaria. Por el contrario, son los fascistas los que se esfuerzan por alcanzar este objetivo. Todos los partidos burgueses, incluida la socialdemocracia, están dispuestos a ayudarlos. Pues todos ellos temen más a los comunistas que a los fascistas (León Trotsky, 1931, “Contra el ‘comunismo nacional’. Lecciones del ‘referéndum rojo’”).

Si nos apropiamos de lo que dice Trotsky respecto a “Cómo deben pensar los marxistas” y lo aplicamos a EE. UU. en la actualidad, podemos ver que ni las predicciones que se basan en la suposición de que los trabajadores van a actuar en función del interés que se les atribuye, ni los planes de una vía electoral a un socialismo sin obstáculos (salvo desviarse de la ruta planificada de antemano), califican como estrategia. De hecho, parten de una negación sistemática de la fortaleza real de las fuerzas movilizadas contra la izquierda y, más importante aún, de la existencia y aplicación de la estrategia de estas fuerzas. Esto no significa que exista un “Comando Central” de la extrema derecha en las sombras que determine la estrategia y las tácticas; de hecho, el propio ejército estadounidense se está alejando del concepto de un comando central omnisciente, y acercándose hacia un enfoque de la estrategia más laxo, descentralizado e interactivo, basado en la noción de “inteligencia de enjambre”. La extrema derecha, en su heterogeneidad, sus alianzas perpetuamente cambiantes y sus divisiones, opera según una estrategia que, si bien no se ha enunciado en su totalidad y probablemente no es comprendida por quienes la aplican, ha demostrado una sorprendente capacidad para absorber y responder a las derrotas y adaptarse a circunstancias nuevas y potencialmente desfavorables. Están sentando con éxito las bases para anular las elecciones en todos los niveles de gobierno en un número cada vez mayor de estados, mediante una combinación de hacer que la gente no vaya a votar, quedarse con el control de las juntas electorales locales e instalar administraciones de extrema derecha a nivel municipal (donde se cuentan los votos). Los activistas de extrema derecha se han ganado el derecho a revisar el recuento de votos con sus propias organizaciones sin ninguna supervisión, incluso después de que los organismos oficiales hubieran contabilizado y certificado los resultados.

La extrema derecha no solo ha consolidado la gran mayoría de los votantes de Trump, a pesar de las predicciones de los demócratas, sino que también han creado con éxito un movimiento nacional de simpatizantes dispuestos a utilizar tácticas disruptivas para enfrentarse a los consejos escolares locales en cuestiones relacionadas con la pandemia (vacunación obligatoria, uso de mascarillas). Además, están ampliando su incumbencia, por ejemplo, enfrentándose a lo que se enseña en las escuelas, especialmente en la materia de historia de Estados Unidos. La creciente oposición a una enseñanza que se centra en la importancia del racismo en la historia de Estados Unidos incluye ahora la exigencia de que hay que hacer escuchar “las dos campanas” de fenómenos históricos como la esclavitud y, más recientemente, el Holocausto. Estos activistas han aprendido a utilizar las amenazas del uso de la violencia para silenciar a los educadores, y a menudo asisten a las reuniones armados. Cada vez hay más coordinación entre estos grupos y los grandes movimientos de las milicias y las organizaciones para los combates callejeros. Por último, el reclutamiento de la extrema derecha entre las fuerzas del orden y el personal militar (cuyo éxito se puso de manifiesto con la toma del edificio del Capitolio el 6 de enero de este año) continúa sin cesar, a pesar de las garantías de los funcionarios del Pentágono.

Como señaló Trotsky en los casos de Alemania e Italia, el ejercicio visible del poder por parte de estos grupos constituye una propaganda basada en la acción; violan las leyes con impunidad en todos los casos, salvo en los más espectaculares, y el personal de las fuerzas del orden se lo permite mientras ataca brutalmente cualquier manifestación de lo que consideran el movimiento Black Lives Matter; están comprometidos en una contrarrevolución cultural para suprimir cualquier reconocimiento de la existencia, pasada y presente, del racismo, la misoginia, la homofobia y la transfobia en las escuelas de todo el país, y han definido la “teoría crítica de la raza” y el “marxismo cultural” como doctrinas dañinas y “divisivas” que tienen que ser erradicadas de las instituciones educativas. En cada caso, están teniendo éxito mediante campañas de interrupción, amenazas y agresiones físicas. Su poder para imponer sus puntos de vista, que representan los de alrededor del 30% del electorado –y por lo tanto el hecho de que representen una minoría electoral (aunque quizás una ligera mayoría de votantes masculinos blancos)– puede llegar a “alejar” a la mayoría, pero su movimiento pone en duda el derecho de la mayoría a gobernar, especialmente cuando esa mayoría es multirracial y ahora contiene un componente abiertamente socialista. El poder de la extrema derecha, su poder de “lograr cosas concretas” en la campaña para reafirmar la autoridad incuestionable de la supremacía blanca, tiene efectos políticos muy reales que no se registran en los resultados electorales. Este poder atrae a los blancos anteriormente inactivos y apolíticos y legitima su resentimiento ante la creciente diversidad de la población estadounidense y la erosión de los privilegios raciales que detenta. Igualmente importante es que el poder de la extrema derecha, sobre todo su poder físico, ha infundido miedo en la mayoría, un miedo que se manifiesta en evitar cada vez más cualquier confrontación con sus fuerzas, en dejarles las calles y los espacios públicos, y en la falta de voluntad para oponerse en los hechos a su interferencia en cualquier intento de contener la pandemia.

Gran parte de la izquierda se ha replegado a lo que cree erróneamente que es su bastión: el Partido Demócrata. Además, lo han hecho sin tener conciencia de haberse retirado, argumentando que la presidencia de Biden ofrecería una oportunidad única para hacer retroceder décadas de saqueo neoliberal de la economía y de merma de ciudadanos interesados en votar. El hecho de no haber abordado el tema de que la indiferente de la gente en cuanto a ir a votar, algo que está arraigado en la naturaleza y la composición del propio Partido Demócrata, es un error cuya magnitud es casi inimaginable. Por un lado, este fracaso aumenta significativamente las probabilidades de que el Partido Republicano, beneficiándose de un electorado cada vez más reducido y más blanco, gane la mayoría tanto en la Cámara de Representantes como en el Senado (un órgano diseñado para asegurar el gobierno de las minorías). Mientras tanto, la derecha ha descubierto la eficacia de las campañas de destitución en todos los niveles de gobierno como medio para debilitar la capacidad de administración y las finanzas, especialmente las de los demócratas progresistas, y para disuadirlos de pronunciarse enérgicamente sobre cuestiones “controvertidas”. Cuando la Cámara de Representantes aprobó un proyecto de ley que añadía mil millones de dólares a los casi 4.000 millones que da a Israel cada año para mantener la red de defensa Cúpula de Hierro, solo siete demócratas votaron en contra, mientras que otros dos (uno de los cuales era Alexandria Ocasio-Cortez) dieron quórum absteniéndose. Muchos demócratas progresistas votaron a favor del proyecto de ley, a pesar de su apoyo declarado a la causa palestina, por miedo a provocar una destitución (apoyada por la derecha) o una impugnación en las primarias (apoyada por una coalición de los demócratas de derecha y “moderados”).

Esto debería hacernos reflexionar que la única justificación posible para elegir como estrategia la elección de demócratas progresistas es que hacerlo les permitirá al menos iniciar un proceso de transformación social mediante la promulgación de leyes que tengan efectos reales. En teoría, para hacerlo se requiere una movilización popular en apoyo de dichas leyes que solo se incrementaría a medida que la gente recibiera los beneficios de las políticas redistributivas y viera la necesidad de organizarse para defenderlas y ampliarlas. La realidad, por desgracia, es muy diferente: la derecha ha lanzado una campaña de varios frentes para desviar y agotar a los demócratas que se enfrentan a su reelección y para intimidar y expulsar de sus cargos a los funcionarios electos que se oponen a su visión del mundo de contrarrevolución cultural y abandono neoliberal como medio de disciplinar a las masas intranquilas. Además, ya han conseguido sellar algo que es como un acuerdo de no intervención con las fuerzas del orden locales de todo el país y están preparando a una parte sustancial de sus miembros para el combate. Tomar en serio los análisis de Trotsky significa reconocer esta realidad y desarrollar una estrategia para afrontarla.

Juan Del Maso: Durante la última década de su vida, Trotsky desarrolló un vínculo especial con el movimiento trotskista en los EE. UU. ¿Qué importancia tiene esta circunstancia hoy para nosotros?

Warren Montag: Al releer las discusiones entre Trotsky y C. L. R. James que tuvieron lugar en Coyoacán, México, en 1939, me sorprendió el conocimiento extremadamente detallado que Trotsky tenía del SWP y de sus miembros, y su valoración brutalmente honesta de los límites y debilidades de las fuerzas que componían la recién fundada Cuarta Internacional. Y esta honestidad se extendía a la cuestión de la relación del SWP con la creciente militancia entre los afroestadounidenses. Trotsky, perturbado por la manifiesta incapacidad del partido para relacionarse con el emergente movimiento negro, abordó la cuestión de cómo orientarse hacia él con absoluta apertura, animado por el deseo de aprender todo lo posible de C.L.R. James, incluida su evaluación de la consigna, planteada por el Partido Comunista de EE. UU. (CPUSA), de autodeterminación nacional centrada en el “Cinturón Negro” del Sur, donde se concentraban los afroestadounidenses.

Todo esto es conocido, pero lo que no se ha señalado suficientemente es la convicción inquebrantable de Trotsky de que el racismo y la supremacía blanca constituían el obstáculo central en Estados Unidos para la unidad de la clase obrera y su capacidad para librar su lucha. James P. Cannon, la figura central entre los fundadores del movimiento trotskista en EE. UU., habla del “quiebre” que el CPUSA tuvo que hacer con toda la tradición anterior de la izquierda en EE. UU. Esa tradición, en resumen, consistía en aceptar a los trabajadores negros en sus organizaciones sin prejuicios, pero también sin abordar de ninguna manera su opresión “especial”, suponiendo que hacerlo les parecería algo injusto a los trabajadores blancos. Pero el impulso detrás de ese quiebre no vino del interior del partido sino de la Internacional, inicialmente de Lenin y Trotsky. Ellos habían visto en su país que sin abordar la opresión especial de las minorías no rusas, la revolución no podría haber triunfado, y que pretender que “todos somos iguales” frente a las desigualdades manifiestas entre los trabajadores según la nacionalidad representa una continuación del chovinismo nacional.

De ahí el apoyo de Trotsky al planteo de James de poner en pie una organización negra independiente que dirigiera la lucha contra la supremacía blanca. Reconociendo que lo que James había propuesto era “un nuevo tipo de organización que no coincide con las formas tradicionales”, tal vez iniciada en parte por miembros afroestadounidenses del SWP, pero que no estaba ligada al partido ni era una organización de fachada del mismo, Trotsky tenía claro que el propósito de participar en una organización así no consistía en ganar nuevos militantes, sino apoyar la autoorganización de los negros en los EE. UU. Eran ellos quienes mejor podían identificar las formas de su opresión y determinar la mejor manera de combatirlas. Llevar a cabo esta tarea supondría un gran paso adelante en la creación de las condiciones para una acción común con los trabajadores blancos.

Todo lo que hay en estas discusiones es notable: la voluntad de comprender la complejidad de la situación concreta, el reconocimiento del carácter absolutamente inédito del presente, para el que no existen puntos de referencia fijos y que impone, por tanto, la necesidad de una innovación constante, de nuevas formas de organización para responder a nuevas formas de lucha. Nos da la sensación de que estamos en presencia de dos individuos que, a pesar de sus historias muy diferentes, se entienden perfectamente, comprenden lo que está en juego en sus discusiones y se niegan a recaer en ideas que pertenecen a una época anterior y que no sirven para afrontar el presente de forma realista. No tienen tiempo para prometer garantías ficticias de victoria o incluso de supervivencia. En lo único que piensan es en cómo inclinar la balanza a favor de los explotados y oprimidos.

Juan Del Maso: ¿Querés decir algo más?

Warren Montag: Sí. Que Trotsky escribió incesantemente, y no solo porque le acechaba la muerte. La última década de su vida fue una época de movimientos y derrotas sin precedentes que acabaron con las esperanzas de una generación. Por eso sus análisis fueron escritos con tanta exactitud: estaban destinados a desentrañar, de entre toda la configuración de contradicciones y antagonismos, las líneas de fuerza esenciales, y a mostrar hasta qué punto las fuerzas revolucionarias podrían haber debilitado, dividido o derrotado a los ejércitos de la reacción y cuáles fueron las estrategias y las tácticas concretas que impidieron que pudieran hacerlo. De todo esto, sabía que una nueva generación sacaría lecciones que podrían, según las circunstancias, ayudarles a librar con éxito una lucha contra enemigos cada vez más formidables. Pero también nos enseñó a pensar, a analizar una coyuntura concreta y a identificar posibles puntos de intervención. Nos enseñó a no depender nunca de la protección de las leyes o del resultado de las elecciones, sino a contar únicamente con nuestras propias fuerzas y a mirar a quienes tenemos en nuestra contra sin ilusiones.

En este mismo momento, los trabajadores han lanzado una serie de huelgas en diferentes industrias, abriendo la posibilidad de crear una relación de fuerzas más favorable, extrayendo concesiones de los empresarios y disminuyendo el poder del capital. Esta es una de esas oportunidades infrecuentes para que la izquierda intervenga y brinde el apoyo necesario para que los trabajadores puedan vencer y para la ampliación de su lucha.

Traducción: Guillermo Iturbide

NOTAS AL PIE

[1] La International Socialist Organization (ISO), hoy disuelta, estuvo ligada a la corriente del británico Tony Cliff.

[2] El llamado comunismo de izquierda estaba comprendido por las tendencias ultraizquierdistas dentro de la Tercera Internacional, como el bordiguismo en Italia o el Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD) y sus sucesores, que hacia mediados de la década de 1920 ya estaban por fuera de la IC. Una suerte de “teoría de la ofensiva permanente” era su característica, según la cual la lucha de clases avanzaba siempre hacia adelante.

Fuente original en español: La Izquierda Diario

Author: Juan Dal Maso

(Bs. As., 1977) Integrante del Partido de los Trabajadores Socialistas de Argentina desde 1997, es autor de los libros "El marxismo de Gramsci" (2016), traducido al portugués y al italiano, "Hegemonía y lucha de clases" (2018), traducido al inglés, y "Althusser y Sacristán" (2020), escrito junto con Ariel Petruccelli.