El llamado

Hoy no hay tiempo para rodeos 

en la palabra que se encrespa,

ni en la rabia que sube y se agolpa

por el cauce de la garganta.

¡Es que hay que decirlo!

que la Casa Blanca y el Congreso

son una cueva de piedra gris

pegada con la cal de los huesos,

de esos huesos que antes de ser un cerro de polvo

fueron el sudor de un pueblo negro,

el cuerpo molido y desposeído

con plomo fundido en sus entrañas.

Y sobre esa muerte voraz colgada de los años

ahora merodea el aire enrarecido, 

la penitencia ensayada,

el maldito golpe de garrote envilecido.

Es como un presagio de mal aliento

y purulento que ensombrece el horizonte,

es como un antojo caprichudo y guapetón

que se asoma desde el Caribe hasta La Patagonia,

desde el Atlántico hasta el Pacífico,

una mirada torcida sobre los mares,

un derrame de tinieblas sobre toda la tierra.

Pero ahora son otros tiempos

en la noche tenebrosa que nos acecha,

porque en Cuba hay una sombra oricha y fantasmal

que ilumina el canto de los tambores

y un misterio sacerdotal

que grita y reclama,

ahora que la palabra se posa,

ahora que los muertos hablan

y se revuelven,

ahora que soplan su aliento de vida

en el corazón desvelado.

Es como un corrientazo a la mitad del alma,

como si espíritus marinos tocaran la piel

que se crispa

con el beso del viento escondido en la noche,

o como el roce de una ola

que enmudece nuestro paso.

Pero no se trata de la caricia del cuero

ni de un canto lastimero,

ni siquiera de la melancolía de un sollozo 

rompiendo el silencio.

Porque solo el pueblo salva al pueblo,

dice la calle, 

y yo quiero decir;

que solo el pueblo guarda la clave

que no se muere en su memoria,

que solo el pueblo carga la sabiduría 

que descifra la letra antigua

que habita en su piel,

y ese canto montuno de los años,

ese canto que nombra Iyá 

 como su hermano mayor, 

y que convoca a su madre,

que surge desde el fondo marino

y desde las entrañas de la tierra,

el mismo canto que nos convoca

con su voz de trueno y centella

en la voz yoruba de su mandato.

La penumbra no espanta

cuando la multitud sale a las calles

y acompaña el paso de sus caderas,

los pechos erguidos, 

los ojos en la mira,

los puños apretados,

el fusil encendido

y el ritmo seguidor de Itótele 

constante y combativo

como el golpe Okónkolo 

en las manos duras de su hermano.

Todos comparten su mensaje 

como una bandera repartida de verguenza: 

¡“dide-dide” contra el yanki!,

como un código ancestral de lucha

centenaria y ceremoniosa,

una proclama secreta y acompasada.

Y desde acá,

desde esta otra isla del Caribe que nos hermana

el eco encendido de los tambores Batá,

la mirada que se agrupa,

los cuerpos que se agitan,

mi corazón abierto y enrojecido.

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Author: Luis A. Torres

Nació en el año 1959 en Río Piedras, Puerto Rico. En 1981, formó parte del grupo Carnaval, un colectivo de estudiantes del recinto universitario de Río Piedras que buscaba dar a conocer su incipiente producción literaria a la misma vez que establecía vínculos con la producción literaria de los sectores populares. Desde el año 2018, pertenece al colectivo Poetas en Marcha aportando su trabajo a la denuncia militante de las injusticias y cantándole a la lucha de los sectores más conscientes de su pueblo.