Nuestra editorial Lucha de Clases, acaba de publicar una nueva edición en castellano del libro clásico de Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Esta obra que presentamos al lector es uno de los textos más importantes del socialismo científico. No en vano, representa el primer análisis científico acabado sobre el origen de la propiedad privada, de las clases sociales, del Estado y de la familia, con su corolario en la opresión de la mujer. Es, por tanto, un texto indispensable para todo estudioso de las ciencias sociales y todo revolucionario que quiera comprender el origen y el devenir de tan importantes formaciones sociales, y de sus consecuencias.
El origen de esta obra se remonta a un manuscrito de Marx, recuperado por Engels después de su muerte. Se trataba de un resumen de Marx de La sociedad antigua, un libro del académico progresista estadounidense Lewis Henry Morgan, que había sido publicado en Londres en 1877. El resumen, escrito entre 1880 y 1881, contenía numerosas observaciones de Marx sobre Morgan, así como pasajes de otras fuentes.
Tras leer el texto, Engels se propuso escribir un trabajo amplio sobre el tema, interpretando que cumpliría la voluntad de Marx. En su trabajo sobre el libro, Engels utilizó el resumen de Marx, hechos recopilados por él y las conclusiones de Morgan en su libro. También utilizó una cantidad importante de datos recopilados de sus propios estudios sobre la historia de Grecia, Roma, la antigua Irlanda y los antiguos alemanes, muchos de ellos extraídos de trabajos del antropólogo y filólogo suizo Jakob Bachofen y del historiador alemán Theodor Mommsen.
Este libro se convertiría en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, cuya primera edición se publicó en octubre de 1884 en Hottingen-Zúrich.
Engels escribió El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado en tan solo dos meses: comenzó a finales de marzo de 1884 y lo terminó a finales de mayo.
En 1890, tras recopilar nuevo material sobre la historia de la sociedad primitiva, Engels se dedicó a preparar una nueva edición de su libro. Estudió las obras más recientes sobre el tema, incluyendo las del historiador ruso Maxim Kovalevski. Como resultado, introdujo varios cambios en su texto original. Como curiosidad, esta fue la primera obra de Engels publicada legalmente en Rusia. En España, el libro fue publicado por primera vez en 1891.
Pese a haber transcurrido más de 130 años de su última publicación en vida de Engels, el análisis y las conclusiones de esta obra permanecen tan válidos como cuando fueron escritos. Sin duda, hay aspectos de detalle, de vocabulario y de clasificación de etapas históricas que han quedado obsoletos o completados por los descubrimientos operados desde entonces en la ciencia antropológica, pero el tronco fundamental del análisis permanece inatacable, pese a los continuados intentos de los críticos del marxismo en la ciencia burguesa y en la academia por denigrar este trabajo de Engels.

El Materialismo Histórico
Marx y Engels desterraron del estudio de la historia el subjetivismo idealista que intentaba explicar aquélla por la acción y la voluntad de los “grandes hombres”. En contraposición, este texto de Engels es una aplicación brillante del materialismo histórico al origen y desarrollo de las primeras sociedades humanas, a saber: que el desarrollo de la sociedad humana tiene como base la producción y reproducción de sus condiciones materiales de existencia. Sobre la base del desenvolvimiento de la estructura económica de las sociedades primitivas fueron apareciendo, tomando forma, y evolucionando, la familia, las clases sociales, la moral y las costumbres, las formas religiosas y, como coronación de todo lo anterior, un armazón de convenciones e instrumentos materiales y represivos para dar consistencia, estabilidad y permanencia al sistema social establecido en cada época dada. Esto es, el Estado.
El trabajo de Engels destaca los dos grandes períodos en que se ha dividido la historia humana hasta el presente. El primero, que ocupa la mayor parte de la existencia de nuestra especie, es lo que él denominó “comunismo primitivo”. En este período, que actualmente se sabe que abarca aproximadamente desde el 300.000 hasta el 12.000 antes de nuestra era, las sociedades humanas primitivas de cazadores-recolectores vivieron sin propiedad privada, ni amos, ni cuerpos especiales de represión, ni desigualdad individual entre sus miembros, ni tampoco entre hombres y mujeres. Todas las posesiones de la tribu eran comunes y no existían privilegios de ningún tipo para miembros individuales de la misma. El segundo período se inicia con la mayor revolución operada en la historia humana hasta la actualidad, en lo que el reputado arqueólogo marxista australiano Gordon V. Childe denominó la “Revolución neolítica”, detectada por primera vez en Oriente Próximo alrededor del 12.000 antes de nuestra era. Este período nació con el descubrimiento de la agricultura y la domesticación de los animales, y el establecimiento del sedentarismo; es decir, de las primeras concentraciones de población permanentes en aldeas y ciudades.
Lo que caracteriza al neolítico, un término ya utilizado en la época de Engels, es la aparición por primera vez de un excedente en la producción. Como un mago que conjura los espíritus que luego escapan a su control, dicho excedente adquirió, como fenómeno, vida propia y transtornó en su proceso de desarrollo las viejas relaciones sociales, familiares y de propiedad. Esto aceleró la división del trabajo, y condujo a la separación del trabajo manual e intelectual, con la aparición de la casta sacerdotal que monopolizaba el conocimiento incipiente y los primeros intentos de comprender la naturaleza para someterla a los fines de la comunidad y de la producción. Finalmente, la producción para generar un excedente condujo a la propiedad privada de la tierra y de los animales, y al surgimiento de las primeras sociedades divididas en clases sociales (esclavistas), entre los que producían y los que vivían del trabajo de otros. La necesidad de dar estabilidad y permanencia a la naciente sociedad de clases, llena de contradicciones e intereses diversos, es lo que condujo a crear lo que Engels denominó “cuerpos de hombres armados en defensa de la propiedad”; es decir, el Estado.
Como vemos, son las condiciones materiales de existencia, independientemente de la voluntad de hombres y mujeres, las que condicionan el surgimiento y desarrollo de las formas sociales (régimen social, Estado, familia, etc.). Esto es más notorio en las etapas primitivas, por el bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas, cuando el ser humano era un mero juguete de fuerzas de la naturaleza que no comprendía ni controlaba. De esta manera, la historia deja de parecer un amontonamiento arbitrario y sinsentido de acontecimientos, sino que está sujeta a leyes objetivas que pueden ser identificadas y comprendidas para conocer el devenir de los acontecimientos y utilizadas en una etapa superior de desarrollo para dirigir de manera consciente y armónica el destino mismo de la humanidad.
La evolución de la familia
Un aspecto central de esta obra de Engels es el análisis de la evolución de la familia y, dentro de ella, del papel de la mujer. Basándose en los descubrimientos de Lewis H. Morgan en su trabajo sobre los indios iroqueses y, en menor medida, de Jakob Bachofen en sus análisis, entre otros, de la mitología griega y de los escritos de los historiadores romanos sobre las tribus bárbaras, Engels estableció la idea revolucionaria de que la actual familia “nuclear” o monogámica (padre, madre e hijos) es solo el resultado transitorio de un largo proceso evolutivo iniciado desde los tiempos prehistóricos. En la alborada de las primeras sociedades humanas, y durante decenas de miles de años, lo que existía era, en palabras de Engels, la promiscuidad sexual que evolucionó a través de diferentes formas de matrimonios por grupos. Dado que la única descendencia acreditada era por vía materna, las relaciones de parentesco se basaban en la descendencia materna (matrilinealidad), formando familias amplias. De esta manera, la consideración de la mujer jugaba un papel central en la vida de la tribu. Los hijos no pertenecían a nadie en concreto, sino que eran atendidos por toda la comunidad familiar.
Con el surgimiento de la propiedad privada, cambiaron los papeles dentro de la sociedad primitiva y en el seno de la familia. La figura ascendente del hombre se afirmó con el cultivo de la tierra, ya que la división del trabajo dentro de la familia en las primeras sociedades neolíticas, obligaba a la mujer a permanecer periodos amplios atendiendo su embarazo y la lactancia de los recién nacidos, relegando su importancia social, siendo la producción para el excedente el factor decisivo en la vida de la comunidad. Una vez surgida la propiedad privada, ésta se heredaba individualmente y, eventualmente, entraron en conflicto los derechos materno y paterno. Al final, se impuso la descendencia acreditada por vía paterna y la evolución de la familia en dirección a la familia “nuclear” o monogámica actual. Como afirma Engels:
“El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción. Esta baja condición de la mujer, que se manifiesta sobre todo entre los griegos de los tiempos heroicos, y más aún en los de los tiempos clásicos, ha sido gradualmente retocada, disimulada y, en ciertos sitios, hasta revestida de formas más suaves, pero no, ni mucho menos, abolida”.
Este enfoque revolucionario de Engels sentó también un nuevo punto de partida para comprender la opresión de la mujer y cómo ésta emergió con el colapso de las comunidades comunistas primitivas y el surgimiento de la propiedad privada. Esta concepción arrojó el guante a las viejas concepciones que defendían la supuesta eternidad de la familia tal como se la conocía hasta entonces, bajo el dominio férreo del hombre, y la inferioridad y subordinación “natural” de las mujeres.
De esta manera, el origen de la opresión de la mujer, lejos de las posiciones machistas interesadas que la justificaban por la supuesta inferioridad física o intelectual de aquélla, y de las posiciones idealistas feministas estrechas que la explicaban por la maldad intrínseca de los hombres, tenía una base material, una base en las condiciones económicas y sociales de la naciente sociedad de clases, que ha adquirido durante siglos el arraigo de un prejuicio social y cultural.
Estas condiciones materiales que condujeron a la opresión de la mujer, se han perpetuado con el devenir de las sociedades de clase posteriores, y alcanza hasta nuestros días.

Marxismo y feminismo
Podemos comparar el enfoque marxista sobre la opresión de la mujer con el que defienden las diferentes corrientes feministas. El feminismo está considerado comúnmente como sinónimo de lucha contra la opresión de la mujer. De manera que todos los que estamos comprometidos con esa lucha, mujeres y hombres, deberíamos llamarnos y sentirnos feministas. Más aún, hay quienes se consideran feministas marxistas. Es decir, personas comprometidas con la lucha por la emancipación de la mujer que se guían por los postulados y análisis del marxismo sobre este tema. No obstante, desde un punto de vista estricto, el feminismo es un concepto interclasista. No son sólo las mujeres de la clase obrera quienes sufren opresión, también la sufren las mujeres de la pequeña burguesía e incluso, y hasta cierto punto, las mujeres burguesas. En todas las clases sociales, en un grado u otro, la mujer padece prejuicios sexistas y sociales, desvalorización social, y hasta violencia por su condición de género. Desde luego, nada tiene que ver la situación realmente opresiva de las mujeres obreras, sobre todo las que se sitúan en la escala más baja de precariedad laboral y salarial, respecto a las mujeres acaudaladas y ricachonas que, al mismo tiempo, son parte de la clase opresora contra los trabajadores en general, incluidas las mujeres obreras.
Desde este punto de vista, la opresión de la mujer puede considerarse equivalente a la opresión que sufren determinadas naciones por parte de naciones más grandes o imperialistas, o a la opresión étnica o religiosa, etc. Todas las clases sociales que integran dichos sectores oprimidos, padecen esa opresión en un grado u otro. Por eso es un sinsentido llamarse feministas marxistas, como tampoco nos llamamos nacionalistas marxistas o, para el caso, ecologistas marxistas. El marxismo, con ser una ideología profundamente humanista, actúa principalmente como portavoz y altavoz de la clase obrera, y de ninguna otra clase social más. Y señala que la tarea de terminar con todo tipo de opresión (la de la mujer, la de las pequeñas naciones, étnicas, sexuales, etc.) sólo puede realizarla la clase obrera luchando ella misma contra su propia opresión. Aunque muchas de estas opresiones son anteriores al capitalismo (como la de la mujer), no obstante éste las ha incorporado, asimilado e integrado a su funcionamiento cotidiano. No puedes tener capitalismo sin el “doble turno de trabajo” para la mujer trabajadora (el primero fuera de casa, y el segundo dentro del hogar), no puedes tener capitalismo sin que la mujer obrera ocupe en general las escalas salariales más bajas, no puedes tener capitalismo sin que la familia obrera asuma en soledad la crianza y cuidado de niños y ancianos, etc. Solo la clase obrera, por su número y su papel central en la producción, y por ser el producto mas genuino del desarrollo capitalista y el enemigo de clase directo de los capitalistas, está en condiciones de agrupar al resto de capas y sectores oprimidos, y dirigir la lucha contra la explotación capitalista y, en general, contra todo tipo de opresión. Sin duda, las mujeres de la clase obrera están destinadas a jugar el papel más resuelto y de vanguardia en esta lucha revolucionaria de su clase, como siempre lo hicieron a lo largo de la historia.
Tal es la razón por la que los marxistas no nos definimos como feministas, pese a estar en la primera fila en la lucha contra la opresión de la mujer. Demás está decir que respetamos y estimamos profundamente a todas las mujeres y hombres que se consideran feministas e identifican este término con la lucha contra la opresión de la mujer, simpatizamos con su lucha y participamos de la misma causa. Pero, como socialistas científicos, nos basamos en principios claros. No necesitamos de una concepción interclasista, como el feminismo, para comprender el origen de la opresión de la mujer ni para dotarnos de los instrumentos ideológicos, programáticos y de lucha para luchar exitosamente a favor de la liberación de la mujer. La cuestión de la mujer no es algo extraño al marxismo, es abordada ya en el documento fundacional del movimiento comunista internacional, El Manifiesto Comunista, escrito a fines de 1847. De hecho, sólo el marxismo ha dado una explicación científica al origen de la opresión de la mujer y establecido las condiciones materiales para terminar con ella. Cualquier movimiento o corriente feminista seria que se ha propuesto a lo largo de las décadas comprometerse seriamente con la lucha de la liberación de la mujer ha tenido siempre que partir de los análisis de Engels expresados en este libro. Aquellas corrientes feministas que culpan de todo al “hombre” por su mera condición de género como el causante de la opresión de la mujer, dejando de lado el estudio científico y materialista de la cuestión, no valen para nada como instrumentos de lucha y de liberación de la mujer e, indefectiblemente, terminan integradas y adaptadas en el sistema capitalista, del que viven.

Una corriente extrema de este tipo de feminismo, que se atreve a vestirse con un ropaje “marxista”, es el que defiende el salario para el “ama de casa”, y cuya representante mas resuelta es Silvia Federici. Argumentan que la incorporación de la mujer al trabajo fuera de casa, lejos de liberarla, la ata con dobles cadenas al tener que enfrentarse al “doble turno” de trabajo, dentro y fuera del hogar. De esta manera, explican, la mujer tendría libertad económica disponiendo de un salario por su trabajo doméstico y evitaría la ansiedad de sufrir una doble explotación. Tomando los efectos como la causa, aquí se vuelve todo del revés. Dejamos a un lado la practicabilidad utópica de esta medida en un sistema capitalista sumido en deudas públicas enormes, que lleva décadas recortando los gastos sociales, y con las grandes empresas evadiendo impuestos a gran escala. Vayamos a lo sustancial. El trabajo del hogar, no es en absoluto liberador, al contrario es un estado de esclavitud doméstica, que marchita psicológica y físicamente a la mujer, reduce su horizonte mental y la margina de la vida social al confinarla 24 horas dentro de las paredes de su casa, desde que se levanta hasta que se acuesta. Lejos de disminuir el papel dominante del hombre en la casa y fuera de ella, el salario para el “ama de casa” lo afirma, al poder ahora exigir éste “a su obrera” la plena satisfacción de sus necesidades hogareñas y disponer, él sí, de tiempo libre fuera de su jornada de trabajo para hacer vida social y evadirse mentalmente de su explotación diaria.
Algunos representantes de esta corriente se atreven a justificar esta reivindicación del salario para el ama de casa con un pretendido argumentario “marxista”. Dicen que el ama de casa trabaja “gratis”, que su trabajo no está remunerado, que al dar a luz y criar a sus hijos, que serán futuros trabajadores asalariados, proporciona trabajadores gratis a los empresarios que no pagan nada por el coste de su producción. Aquí hay una ignorancia completa de los fundamentos básicos de la economía política. Como muy bien explica y fundamenta Marx en El Capital y en multitud de folletos sobre economía política, el trabajador no recibe solo en su salario la parte que le corresponde para su manutención individual sino que incluye otra parte complementaria para sostener a su familia, que incluye a su mujer y a sus hijos. Es decir, el trabajo doméstico de la mujer ama de casa sí está remunerado, pero esa remuneración no la recibe ella directamente, sino su marido, al estar incluida dentro del salario de éste. De no ser así, seria imposible explicarse cómo, durante 200 años, han podido sobrevivir aquellas familias obreras donde sólo ha trabajado el marido, si el salario de aquél incluía exclusivamente su propia manutención. Esto viene a confirmar que, al final, la mujer “ama de casa” es esencialmente la esclava del esclavo. Que esta sea la alternativa que ofrecen estas corrientes feministas a la mujer, eternizar su esclavitud doméstica, es una muestra elocuente de la bancarrota teórica de sus postulados.
Peor aún es la posición de un sector del feminismo y de algunas corrientes de izquierda que apoyan una de las formas más opresivas de la explotación de la mujer como es la esclavitud sexual; esto es, la prostitución, cuyo origen también es abordado por Engels en este libro. Lo más indignante es que lo disfrazan como una opción “libre”. A este punto llega la adaptación al sistema capitalista de estas corrientes, su bancarrota política e ideológica, y su abandono de cualquier perspectiva de liberación integral de la mujer. Para ellas y ellos no se trata de luchar para superar y barrer estas lacras que tienen su origen en la sociedad de clases, sino de “humanizarlas” y hacerlas lo “menos penosas” posible. Lo llamativo es que, por alguna razón, los pequeñoburgueses “progresistas” acomodados que defienden las “lindezas” del trabajo doméstico y de la prostitución para la mujer obrera, no consideran dar ellas y ellos el ejemplo primero, ni para sí mismos ni para sus familiares más cercanos.
Engels y el patriarcado: una aclaración necesaria
Hay un asunto que merece una aclaración respecto al término patriarcado. En todas las ediciones anteriores del Origen de la familia en castellano, se ha traducido mal un párrafo del original en alemán. En concreto, se ha traducido la palabra alemana Vaterrecht, que significa derecho paterno, por patriarcado. De hecho, esta palabra (patriarcado) aparece solamente una vez en el libro en todas las versiones en castellano, justamente en dicho párrafo mal traducido. El original alemán dice:
“Bei den Shawnees, Miamies und Delawares ist die Sitte eingerissen, die Kinder durch einen der Gens des Vaters gehörigen Gentilnamen in diese zu versetzen, damit sie vom Vater erben können. „Eingeborene Kasuisterei des Menschen, die Dinge zu ändern, indem man ihre Namen ändert! Und Schlupfwinkel zu finden, um innerhalb der Tradition die Tradition zu durchbrechen, wo ein direktes Interesse den hinreichenden Antrieb gab!” (Marx.) Dadurch entstand heillose Verwirrrung, der nur abzuhelfen war, und teilweise auch abgeholfen wurde, durch Übergang zum Vaterrecht. „Dies scheint überhaupt der natürlichste Übergang.” (Marx)”. (La negrita es nuestra).
Y su traducción correcta al castellano es:
“Entre los schawnees, los miamíes y los delawares se ha introducido la costumbre de dar a los hijos un nombre perteneciente a la gens paterna, para hacerlos pasar a ésta con el fin de que puedan heredar de su padre. «Casuística innata en los hombres la de cambiar las cosas cambiando sus nombres y hallar salidas para romper con la tradición, sin salirse de ella, en todas partes donde un interés directo da el impulso suficiente para ello» (Marx). Resultó de ahí una espantosa confusión, la cual sólo podía remediarse y fue en parte remediada con el paso al derecho paterno. «Esta parece ser la transición más natural» (Marx)”. (La negrita es nuestra)
La introducción artificial del término “patriarcado” en el texto de Engels ha sido utilizada de manera abusiva por las diferentes corrientes feministas e incluso por gente que se califica así misma como marxista para extender la idea de que Engels defendía la existencia de un sistema de relaciones sociales, coexistente con la sociedad de clases pero externo a él, llamado patriarcado. Esto es una distorsión que no tiene nada que ver con la realidad. Engels jamás habló de la existencia de un supuesto patriarcado, que envolviera externamente a las sociedades de clase. Engels solamente habló expresamente de familia patriarcal, a la que consideraba una forma de transición desde el matrimonio por grupos existente al comienzo del neolítico hasta la familia monogámica actual. Engels dice:
“Con la familia patriarcal entramos en los dominios de la historia escrita, donde la ciencia del Derecho comparado nos puede prestar gran auxilio. Y en efecto, esta ciencia nos ha permitido aquí hacer importantes progresos. A Máximo Kovalevski debemos la idea de que la comunidad familiar patriarcal (patriarchalische Hausgenossenschaft), según existe aún entre los servios y los búlgaros con el nombre de zádruga (que puede traducirse poco más o menos como confraternidad) o bratstwo (fraternidad)), y bajo una forma modificada entre los orientales, ha constituido el estadio de transición entre la familia de derecho materno, fruto del matrimonio por grupos, y la monogamia moderna”. (Las negritas son nuestras.
Es decir, la familia patriarcal es el primer modo de familia donde el hombre ejerce de “patriarca”, de amo absoluto de la familia, e incluye todavía elementos del matrimonio por grupos anterior. La familia patriarcal todavía es una familia amplia, que puede incluir esclavos y un número indeterminado de ascendientes y descendientes por vía paterna de diferente grado. Engels lo deja claro: la familia patriarcal es un desarrollo intermedio, ya desaparecido, en dirección a la familia monogámica simple actual (padre, madre e hijos). Por eso, es otra tergiversación y una mala lectura de la obra de Engels seguir llamando a la familia actual como “familia patriarcal”, pues esta desapareció hace siglos de la mayor parte del orbe. Que en la familia monogámica o “nuclear” actual el hombre, en general, siga teniendo una posición dominante no justifica emplear un término como “patriarcal” que Engels y otro antropólogos de su época utilizaban exclusivamente para un periodo histórico anterior muy determinado.
Nuevamente, como en el caso de “patriarcado”, el empleo actual del término “familia patriarcal” para referirse a las familias modernas puede transmitir la idea de que es una forma social externa independiente de la sociedad de clases. Y eso es un gran error.

Las condiciones para la superación de la sociedad de clases
El marxismo trata con procesos, no con hechos aislados ni resultados acabados. Todo está en un proceso de transición, de transformación y de cambio. El marxismo no solo es capaz de explicar el origen y la evolución hasta el presente de los fenómenos sociales, sino también de prever su desarrollo futuro a través del análisis de las contradicciones que le dan vida y movimiento. Por tanto, el desarrollo de los fenómenos sociales es un proceso que se inicia con la aparición de determinadas contradicciones (tensiones) que le dan origen y vida, y que termina cuando esas contradicciones son resueltas, es decir, cuando su necesidad se agota y desaparecen, haciendo que dichos fenómenos sociales se transformen completamente o también desaparezcan.
La contradicción central causante de los fenómenos sociales descritos y que se nos presentan como algo “natural”, “acabado” y “eterno” es la propiedad privada de los medios de producción. Todo el sistema social en el que hoy vivimos (el capitalismo) descansa sobre esta contradicción central. Aquí está el origen de la sociedad de clases, de la lucha de clases misma, y de la forma evolucionada de la familia nuclear actual que, como unidad económica celular bajo el capitalismo, debe afrontar individualmente el sostén y cuidado de sus integrantes y la crianza de los niños en el seno de la misma, con la consiguiente subyugación de la mujer a las tareas domésticas y su papel subordinado en la sociedad. El instrumento para hacer frente a las múltiples contradicciones que se derivan de todo esto y que desgarran la sociedad, a fin de evitar que se devore a sí misma, es el Estado. El Estado, en lugar de ser una creación diabólica de un grupo de hombres malvados como opinan los anarquistas de manera infantil, fue un resultado necesario e inevitable de las contradicciones que anidaban en las sociedades neolíticas y que se han mantenido en las posteriores sociedades de clase, y que se ha perfeccionado como un instrumento especial de represión en el devenir de un sistema social de clase a otro (esclavismo, feudalismo, capitalismo).
La gran aportación al conocimiento humano de Marx y Engels, en su interpretación materialista de la historia, es haber establecido que la propia sociedad de clases lleva en su seno las condiciones de su superación; es decir, de su muerte y desaparición. Es el mérito del capitalismo haber preparado las condiciones para esto de una forma acabada. Así, la concentración de los medios de producción en un puñado de multinacionales y grandes empresas ha eliminado de facto la posesión privada para el 90% de la población del planeta. Complementariamente, el desarrollo capitalista ha creado una enorme clase social de desposeídos, de trabajadores sin propiedad, los trabajadores asalariados, que suponen el 85% de la fuerza laboral en las sociedades desarrolladas. Y, sin embargo, todo el sistema está supeditado a los intereses de una plutocracia cuya mera existencia está conduciendo a la humanidad a la barbarie que se despliega ante nuestra vista. El desarrollo de las fuerzas productivas bajo el capitalismo (los medios de producción, la ciencia y la tecnología) escapa a todo control, y se desenvuelve de manera anárquica al entrar en contradicción con unas formas de propiedad tan estrechas. La producción del 85% de la población obrera está sometida a la apropiación del producto de este trabajo colectivo por el 1% de la sociedad de súper ricos. La propiedad privada, de ser un factor revolucionario de progreso como estímulo para la producción en los albores del capitalismo, se ha transformado en un freno colosal para el progreso y en la fuente de todo tipo de calamidades (crisis económicas, dilapidación de recursos, contaminación y cambio climático, imperialismo, guerras, violencia y destrucción).
Las tendencias profundas del desarrollo social empujan a la socialización de las fuerzas productivas, como condición para la supervivencia de la humanidad. Es la hora de que la propiedad privada de los medios de producción ceda su lugar a la propiedad colectiva, comunista, a fin de planificar y organizar los recursos de manera armónica en el interés de la inmensa mayoría no propietaria. Con la desaparición de la propiedad privada –la contradicción central que ha movido a la sociedad humana desde los albores de la civilización– se pondrán las bases para la atenuación primero y la desaparición después, de las demás contradicciones que emergieron de aquélla. El carácter cosmopolita de la producción moderna, la división internacional del trabajo legado por el capitalismo, y el desarrollo cultural, comunicacional y social global haría ya innecesarias las fronteras nacionales y los Estados-nación, para ser sustituidos por una sociedad universal de seres humanos. Sin clases sociales en pugna, desaparece la lucha de clases. Sin contradicciones que desgarren la sociedad, con la desaparición de intereses de clase contrapuestos y sus consecuencias, se haría innecesario un cuerpo especial de represión para mantener el orden en la sociedad. El Estado se extinguiría.

La familia y la condición de la mujer en el tránsito al comunismo
¿Y qué pasaría con la familia y la situación de la mujer?
Engels afirma:
“La familia individual moderna se funda en la esclavitud doméstica franca o más o menos disimulada de la mujer, y la sociedad moderna es una masa cuyas moléculas son las familias individuales. Hoy, en la mayoría de los casos, el hombre tiene que ganar los medios de vida, que alimentar a la familia, por lo menos en las clases poseedoras; y esto le da una posición preponderante que no necesita ser privilegiada de un modo especial por la ley. El hombre es en la familia el burgués; la mujer representa en ella al proletario”.
En el capitalismo actual, la incorporación de la mujer al trabajo productivo se ha extendido como nunca antes. Esto ha sido un gran paso adelante en el camino de su liberación e independencia económica, al menos en los países capitalistas mas avanzados. Pero esto no ha liberado a la mujer trabajadora de su opresión social. Su cosificación sexista sigue arraigada en la conciencia colectiva tras miles de años de opresión y subyugación, lo que también está potenciado por la publicidad y la propaganda comerciales y por los intereses capitalistas en el mundo del espectáculo, la moda, el arte y la cinematografía. La plaga de abusos y agresiones sexuales contra las mujeres, por no hablar de la violencia física y psicológica y de los feminicidios a manos de los hombres, son un recordatorio cruel y trágico del estado de barbarie al que aún se enfrentan las mujeres, adolescentes y niñas, en particular de la clase trabajadora.
Es cierto que cada vez son menos las mujeres que permanecen esclavizadas 24 horas dentro de las paredes de su hogar, dependiendo completamente de sus maridos o parejas, pero la realidad es que la mujer trabajadora está obligada a realizar un segundo turno de trabajo al regresar a casa, concentrándose en ella las tareas alienantes de limpiar, cocinar, cuidar a los niños y ancianos. A menudo, debe optar por los empleos más precarios (por horas, o a tiempo parcial) para sobrellevar las llamadas “tareas del hogar” Esto potencia su degradación social en la familia y en la sociedad, al aportar menos salario a la unidad familiar.
Engels, hace ya 140 años, señalaba la salida hacia la completa emancipación de la mujer:
“La manumisión de la mujer exige, como condición primera, la reincorporación de todo el sexo femenino a la industria social, lo que a su vez requiere que se suprima la familia individual como unidad económica de la sociedad”. Y continúa: “En cuanto los medios de producción pasen a ser propiedad común, la familia individual dejará de ser la unidad económica de la sociedad. La economía doméstica se convertirá en un asunto social; el cuidado y la educación de los hijos, también”.
Esto es, bajo el socialismo no sólo se realizaría la completa incorporación de la mujer al trabajo productivo para disponer de una plena independencia económica de sus parejas, sino que las llamadas “tareas del hogar” estarían socializadas; es decir, pasarían de ser un asunto privado de la familia a ser realizado por la sociedad en su conjunto, liberando completamente a la mujer de la esclavitud doméstica.
Se generalizarán las guarderías, los comedores y lavanderías públicas. Se establecería un sistema colectivo de cuidados y de limpieza doméstica, los niños estarán al cuidado de toda la comunidad, que aseguraría su alimentación, atención médica, vestimenta, ocio y juegos. El actual modo pequeñoburgués de familia se extinguirá. La potencia creadora de millones de mujeres, hoy obligadas a permanecer al margen de la más amplia vida social, y que languidece constreñida y desperdiciada por la esclavitud doméstica alienante y los empleos más precarios, se liberará plenamente y aportará avances y conquistas a la humanidad que la harán avanzar con botas de siete leguas. Las relaciones afectivas alcanzarán una elevación difícil de imaginar, desterrando para siempre el machismo, la lgtbfobia y la violencia en las relaciones entre los seres humanos.
Como explica Engels:
“Lo que sin duda alguna desaparecerá de la monogamia son todos los caracteres que le han impreso las relaciones de propiedad a las cuales debe su origen. Estos caracteres son, en primer término, la preponderancia del hombre y, luego, la indisolubilidad del matrimonio. La preponderancia del hombre en el matrimonio es consecuencia, sencillamente, de su preponderancia económica, y desaparecerá por sí sola con ésta. La indisolubilidad del matrimonio es consecuencia, en parte, de las condiciones económicas que engendraron la monogamia y, en parte, una tradición de la época en que, mal comprendida aún, la vinculación de esas condiciones económicas con la monogamia fue exagerada por la religión. Actualmente está desportillada ya por mil lados. Si el matrimonio fundado en el amor es el único moral, sólo puede ser moral el matrimonio donde el amor persiste”.
Y añade:
“Así, pues, lo que podemos conjeturar hoy acerca de la regularización de las relaciones sexuales después de la inminente supresión de la producción capitalista es, más que nada, de un orden negativo, y queda limitado, principalmente, a lo que debe desaparecer. Pero, ¿qué sobrevendrá? Eso se verá cuando haya crecido una nueva generación: una generación de hombres que nunca se hayan encontrado en el caso de comprar a costa de dinero, ni con ayuda de ninguna otra fuerza social, el abandono de una mujer; y una generación de mujeres que nunca se hayan visto en el caso de entregarse a un hombre en virtud de otras consideraciones que las de un amor real, ni de rehusar entregarse a su amante por miedo a las consideraciones económicas que ello pueda traerles. Y cuando esas generaciones aparezcan, enviarán al cuerno todo lo que nosotros pensamos que deberían hacer. Se dictarán a sí mismas su propia conducta, y, en consonancia, crearán una opinión pública para juzgar la conducta de cada uno. ¡Y todo quedará hecho!”
«Del reino de la necesidad al reino de la libertad»
En todo este larguísimo proceso de desarrollo social, desde el “comunismo primitivo” hasta el comunismo moderno, parecería que volvemos al principio, una vez superada la contradicción que hizo emerger la sociedad de clases. Retornaría la propiedad colectiva de los bienes y medios de producción, la sociedad sin clases y sin Estado, la supresión de toda violencia en el seno de la comunidad, y la completa igualdad entre hombres y mujeres, ampliado a la tolerancia y respeto a cualquier forma libre de expresión y relación sexual y afectiva. Pero no nos moveríamos en un círculo, sino en espiral. Volvemos al principio, pero a un nivel superior de desarrollo, portando los avances sociales, tecnológicos y culturales atesorados por la humanidad en más de 10.000 años de civilización. Ya no nos enfrentaríamos, como nuestros antepasados primitivos, a un medio ambiente hostil y a una ignorancia completa de las leyes naturales El ser humano pasaría, en palabras de Engels, “del reino de la necesidad al reino de la libertad”. Sería dueño de su destino en armonía y atención esmerada al cuidado del medio ambiente, que volvería a ser el hábitat saludable para todas las especies animales y vegetales, estableciendo el auténtico paraíso que nos merecemos, aquí en la Tierra.














