Dos imprentas, dos países: cómo la prensa obrera y la prensa comercial imaginaron a Puerto Rico (1890–1920)

A veces olvidamos que un país no solo se gobierna: también se imprime.

Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, mientras Puerto Rico pasaba del colonialismo español al estadounidense, la prensa se convirtió en un laboratorio donde se ensayaban miedos, deseos, jerarquías y posibilidades. En esas páginas se decidía quién era “pueblo”, quién era “peligro”, quién merecía compasión y quién debía ser disciplinado(a).

Este ensayo compara dos periódicos que convivieron en tensión: La Correspondencia de Puerto Rico, diario comercial de amplia circulación, y Unión Obrera, órgano del movimiento sindical. Ambos hablaban del obrero, pero no hablaban del mismo país. Uno defendía el orden colonial‑capitalista; el otro intentaba construir una voz desde abajo, aunque no siempre escapaba de sus propias contradicciones.

La Correspondencia: el país del miedo y la obediencia

La Correspondencia se vendía por un centavo y se presentaba como un periódico “neutral”. Pero su neutralidad era una ilusión. Su modelo de negocio dependía de complacer a los sectores que controlaban la economía y la política. Y eso se notaba en cada línea.

En enero de 1917, por ejemplo, el diario publicó una columna titulada “Perspectivas sociales: Tortolos vs. Boricuas”. Allí se advertía que la llegada de inmigrantes daneses podía dejar “más de 50,000 brazos puertorriqueños inactivos”. La frase reduce a los trabajadores a piezas de una máquina. Más adelante, el texto habla de la “multiplicación incesante de nativos”, como si la población fuera una plaga.

Nada se decía de la Ley Jones, aprobada dos meses después, que encareció la vida y reforzó la dependencia económica. Nada se decía del colonialismo estadounidense. El problema, según el periódico, eran los cuerpos pobres.

Nada se decía de la Ley Jones que encareció la vida y reforzó la dependencia económica. Nada se decía del colonialismo estadounidense.

La voz patronal como verdad

En otra columna, “El Capital y el Trabajo”, el diario publicó únicamente la respuesta de los dueños de la Central Guánica a una carta obrera que nunca mostró. Los patronos aparecían como razonables y justos. Los obreros, como exagerados o violentos. La explotación —jornales de hambre, trabajo no permanente, costo de vida en aumento— desaparecía del encuadre.

El obrero como criminal

En 1920, la crónica del asesinato cometido por el tabaquero Enrique Martín convertía la violencia machista en espectáculo moral. El énfasis en su oficio —tabaquero, símbolo del radicalismo obrero— no era casual. La noticia asociaba el socialismo con la criminalidad y reforzaba la idea de que el hombre pobre era peligroso por naturaleza.

La Correspondencia imprimía un país donde el obrero era un problema que había que vigilar.

La Correspondencia, 12 noviembre 1917

Unión Obrera: el país de la dignidad… y de sus propias sombras

Unión Obrera nació desde otro lugar: desde la precariedad, la organización colectiva y la necesidad de construir una voz propia. Era parte de una cultura obrera vibrante que incluía veladas, lecturas colectivas, escuelas nocturnas y redes de solidaridad.

Pero tampoco era un periódico perfecto. Sus páginas revelan tensiones internas, silencios y contradicciones que también forman parte de nuestra historia.

Machismo en tinta obrera

En la sección “Casi 25,000 votos”, los editores se burlan de sus adversarios diciendo que “la criada les salió respondona”. La frase, aparentemente inocente, expone un imaginario profundamente machista: la mujer aparece como figura subordinada, usada para insultar a otros hombres.

En la columna Puntos Negros, una trabajadora sexual expulsada por una orden militar es descrita como “miseriosa”, “raída”, “despojo”. El autor no reconoce su agencia ni su lucha por sobrevivir. La convierte en símbolo de decadencia moral. La violencia simbólica se cuela incluso en un periódico que decía defender a los oprimidos.

Las obreras hablan… pero con permiso

Cuando las mujeres lograban publicar —como en la convocatoria a la “Gran Asamblea de damas socialistas”— debían dirigirse a los varones para pedirles que “sugirieran” a sus esposas e hijas participar. La agencia femenina estaba mediada por la autoridad masculina. Aun así, las obreras aprovecharon ese espacio mínimo para afirmar que las mujeres debían “sacudirse los hábitos antiguos” y tomar acción en la comunidad.

Capitalismo dentro del periódico socialista

En la sección “Nuestras próximas reformas”, los editores justifican el aumento del precio del periódico por el costo de operar en San Juan. Hablan de “exigencias de la empresa” y de la necesidad de competir con otros periódicos obreros. Adoptan estrategias capitalistas para sostener un proyecto socialista.

La publicidad revela otra tensión. Un anuncio de lámparas Westinghouse dirigido a “señores hacendados e industriales”. Otro de “Hierro Nuxado” promete poner “rosas en la cara a las mujeres” y “vigor juvenil” a los hombres. Estereotipos de género, aspiraciones blancas, símbolos de la cultura dominante estadounidense… dentro de un periódico socialista.

Colonialismo laboral

La relación con la American Federation of Labor (AFL) también muestra la complejidad del proyecto. La AFL enviaba comisionados, fiscalizaba uniones locales y disciplinaba liderazgos. La autonomía obrera siempre estuvo atravesada por la supervisión imperial.

Dos imprentas, dos países

La coexistencia de La Correspondencia y Unión Obrera revela dos formas radicalmente distintas de imaginar a Puerto Rico.

La Correspondencia imprimía un país donde el orden colonial‑capitalista era natural, donde el obrero era sospechoso y donde la pobreza era culpa de los pobres.

Unión Obrera imprimía un país donde el trabajador tenía voz, dignidad y derecho a organizarse. Pero también reproducía el patriarcado, el racismo y ciertas lógicas capitalistas.

Ambas imprentas usaban el mismo papel, pero no imprimían el mismo país.

Una narraba el país que convenía al poder; la otra, el país que luchaba por existir.

Conclusión: el país que seguimos imprimiendo

Leer estos periódicos desde el presente es reconocer continuidades incómodas. La austeridad impuesta, la privatización de servicios esenciales, la criminalización de la pobreza y la xenofobia institucionalizada no surgieron de la nada. Tienen genealogías largas.

Pero también persisten las resistencias.

Los medios alternativos, los proyectos comunitarios y los colectivos feministas que hoy producen sus propias narrativas son herederas de Unión Obrera. Siguen apostando por una palabra que no se arrodilla ante el poder.

La pregunta que nos toca no es qué país imprimieron ellos, sino qué país estamos imprimiendo nosotras(os).

Qué historias decidimos contar.

Qué cuerpos decidimos escuchar.

Y qué silencios estamos dispuestos a romper.

Porque un país no se sostiene solo con leyes o economías, sino con las historias que nos atrevemos a narrar.

Y mientras no disputemos la palabra, otros seguirán escribiendo el país por nosotras(os).

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Author: Christian Vélez Pagán

Historiador egresado del Recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico, donde completó su doctorado en Historia de Puerto Rico. Su investigación se centra en el movimiento obrero y las transformaciones sociales de la historia contemporánea puertorriqueña. Su trabajo busca rescatar las voces del pueblo trabajador y aportar a una comprensión más profunda de las dinámicas históricas que configuran el presente puertorriqueño.