El concepto de raza ha sido una categoría central en la configuración de las sociedades americanas, tanto en el período colonial como en los procesos modernos de diáspora y resistencia. Este ensayo integra dos aproximaciones historiográficas: los estudios sobre la negritud, el comunismo y la diáspora caribeña en Harlem (Acha, Holcomb, Parker, Denman) y los análisis sobre la raza en la época colonial de México (Mörner, Cope, Rabell, Schwaller, Vinson, Frederick). Aunque se refieren a contextos distintos, ambos comparten una preocupación fundamental: la raza como instrumento de control social y, al mismo tiempo, como espacio de negociación y resistencia. Estas dinámicas, además, dialogan con la experiencia puertorriqueña contemporánea, donde las jerarquías raciales y el colonialismo siguen moldeando desigualdades y formas de resistencia.
Para orientar la lectura, este ensayo sostiene que la raza funcionó simultáneamente como mecanismo de control y como espacio de agencia, y que su carácter dinámico permite comprender cómo distintas sociedades americanas articularon poder, movilidad y resistencia. Asimismo, estas dinámicas dialogan con la experiencia puertorriqueña contemporánea, donde las jerarquías raciales y el colonialismo siguen estructurando desigualdades sociales.
El marco teórico común parte de la convergencia analítica entre Gary E. Holcomb (2001) y R. Douglas Cope (1994): ambos entienden la raza no como una categoría biológica fija, sino como un constructo social que articula relaciones de poder. Frente a visiones deterministas como las de Magnus Mörner (1969), centradas en el genotipo y los rasgos físicos, la historiografía más reciente subraya la flexibilidad y contingencia de las categorías raciales. Holcomb (2001) resulta especialmente útil porque combina un análisis histórico de Harlem con una reflexión más amplia sobre la raza en el capitalismo industrial; esa doble dimensión permite emplearlo tanto como marco teórico como estudio de caso.
Por su parte, en el Caribe, el marxismo negro ofreció herramientas para comprender la opresión y la resistencia; en México colonial, las castas y los matrimonios revelan cómo la raza se negociaba en la vida cotidiana. Esta coincidencia teórica permite tender un puente analítico entre ambos contextos, mostrando que la raza no solo clasificaba, sino que también organizaba relaciones sociales y posibilidades de acción. Cuando hablo del “Caribe moderno”, me refiero al Caribe que se reconfiguró en el siglo XX a través de la diáspora, el comunismo y las luchas negras que encontraron en Harlem un punto de encuentro y una plataforma de proyección internacional.
Omar Acha (2015) retoma la obra de C.L.R. James sobre la revolución haitiana, mostrando cómo la inclusión del factor racial enriqueció el análisis marxista clásico. Holcomb (2001) subraya que la construcción de la raza en el capitalismo industrial funcionó como estrategia de control social, pero también como motor de resistencia. Jason Parker (2004) y Denman et al. (Black and Red) muestran cómo la comunidad negra en Harlem y el Partido Comunista articularon redes transnacionales que vincularon la diáspora caribeña con luchas por la libertad en Estados Unidos y el Caribe. En conjunto, estos estudios revelan que la raza en el Caribe moderno no solo delimitaba jerarquías, sino que también generaba identidades políticas capaces de articular proyectos culturales y redes internacionales.
En México colonial Douglas Cope (1994) destaca que la raza estaba vinculada a categorías económicas y morales, mientras que Cecilia Rabell (1992) demuestra que en comunidades como San Luis de la Paz la calidad racial era determinante en la elección de cónyuge. Robert Schwaller (2011) y Ben Vinson III (2000) amplían esta perspectiva al analizar cómo los afrodescendientes negociaban su lugar en la sociedad colonial. Jake Frederick (2011) enfatiza que la raza era una identidad flexible, moldeada por factores culturales y sociales más allá de la genealogía. Estos trabajos muestran que, aunque el sistema de castas buscaba fijar jerarquías, la vida cotidiana producía espacios de negociación que complejizan la imagen de una sociedad rígidamente estratificada.
Comparación transversal
Al poner en diálogo el Caribe moderno con el México colonial, se advierte que la raza operó en ambos escenarios como un instrumento de control social, aunque con matices distintos. En Harlem, la categoría racial fue utilizada por el capitalismo industrial para mantener la subordinación de la población negra, tal como señala Holcomb (2001), pero al mismo tiempo se convirtió en un motor de resistencia y emancipación. En México colonial, el sistema de castas cumplió una función semejante: regulaba la movilidad social y delimitaba los espacios de participación, como muestra Cope (1994).
Sin embargo, la raza nunca fue un dato fijo. En Harlem, la negritud se resignificó como identidad política y cultural, vinculada a las luchas comunistas y transnacionales (Acha, 2015; Parker, 2004). En México, las categorías raciales podían ser manipuladas en censos, matrimonios y litigios, lo que revela su carácter contingente y negociado (Rabell, 1992; Frederick, 2011). En ambos casos, la raza se tejía en redes que trascendían lo local: las conexiones entre comunistas negros y caribeños dieron lugar a vínculos internacionales (Denman, Scullin, & Goracy, s.f.), mientras que las comunidades afrodescendientes mexicanas negociaban su lugar en estructuras coloniales más amplias, vinculadas a la Iglesia y al Estado (Schwaller, 2011; Vinson, 2000). Esta comparación evidencia que, aunque los contextos difieren en escala, temporalidad y lenguaje político, ambos muestran la capacidad de las categorías raciales para adaptarse, transformarse y ser disputadas.

Las diferencias, sin embargo, son notables. En el Caribe, la raza se convirtió en bandera de resistencia política y emancipación, articulada con el marxismo y las luchas transnacionales, como lo demuestra la lectura de James en Acha (2015). En México colonial, en cambio, la raza operó principalmente como mecanismo de estratificación, donde la movilidad dependía de la “calidad” atribuida en matrimonios y registros (Rabell, 1992). La escala también varía: mientras Harlem se proyectaba hacia un horizonte internacional, conectando Nueva York con Haití, Jamaica y Puerto Rico (Parker, 2004), la experiencia mexicana se mantuvo más localizada, centrada en comunidades rurales y urbanas que negociaban su posición dentro del orden colonial (Cope, 1994). Finalmente, el lenguaje político y cultural que caracterizó a Harlem contrasta con el lenguaje jurídico y administrativo que definió las categorías raciales en México (Holcomb, 2001; Schwaller, 2011).
En síntesis, la comparación muestra que la raza, lejos de ser un concepto estático, fue una categoría histórica dinámica que podía servir tanto para legitimar la dominación como para impulsar la resistencia. En el Caribe, su potencial emancipador se vinculó con proyectos políticos transnacionales; en México colonial, su flexibilidad permitió negociaciones sociales dentro de un sistema jerárquico. Esta doble dimensión —control y resistencia— constituye un aporte clave para la historiografía latinoamericana, al mostrar cómo la raza articuló poder y movilidad en contextos diversos pero interconectados.
Conclusión
La comparación revela que la raza no es un concepto fijo, sino una categoría histórica que articula poder, resistencia y movilidad. En el Caribe, fue motor de luchas transnacionales y comunistas; en México colonial, mecanismo de estratificación y negociación social. En ambos casos, la raza se muestra como eje central en la construcción de las sociedades americanas y en la historiografía que busca comprenderlas.
La historia de América está atravesada por un concepto que nunca ha dejado de pesar: la raza. En el Caribe, la revolución haitiana y las luchas de Harlem mostraron cómo la negritud podía convertirse en fuerza política y cultural. En México colonial, las castas y matrimonios revelaron cómo la raza se negociaba día a día en parroquias, censos y tribunales.
En Harlem, comunistas negros y caribeños transformaron la opresión en resistencia, creando redes transnacionales que unieron Nueva York con Jamaica y Puerto Rico. En México, los plebeyos y las castas negociaban su lugar en una sociedad rígida, donde el matrimonio y la “calidad” definían la movilidad social.
Lo revelador es que, aunque separados por siglos y geografías, ambos mundos muestran lo mismo: la raza nunca fue un dato biológico, sino una herramienta de poder y, a la vez, un espacio de lucha. En Haití y Harlem, la raza fue bandera de emancipación; en México colonial, fue campo de negociación y resistencia cotidiana.
Mirar en conjunto estas experiencias históricas —la negritud insurgente del Caribe y las negociaciones raciales del México colonial— no es un ejercicio meramente comparativo, sino una herramienta para las luchas presentes. En un Puerto Rico atravesado por el colonialismo, el racismo estructural y la ofensiva neoliberal, estas historias nos recuerdan que la raza ha sido siempre un campo de disputa donde los pueblos oprimidos han encontrado formas de resistir, reorganizarse y construir poder. La revolución haitiana, las redes comunistas negras de Harlem y las resistencias cotidianas de afrodescendientes en México muestran que la emancipación no surge de la pasividad, sino de la acción colectiva y la confrontación con las estructuras que sostienen la explotación. Recuperar estas genealogías de lucha es indispensable para fortalecer las formas de organización colectiva capaces de enfrentar el capitalismo racial que aún define nuestras vidas y territorios.
Referencias:
Acha, O. (2015). La revolución haitiana en C.L.R. James: leer Los jacobinos negros en los tiempos del bicentenario. Pacarina del Sur, 6(22), 10–15.
Cope, R. D. (1994). The limits of racial domination: Plebeian society in colonial Mexico City, 1660–1720. University of Wisconsin Press.
Denman, C., Scullin, J., & Goracy, R. (s.f.). Black and Red: A journey through communism in the Black community. The College of New Jersey. Manuscrito no publicado.
Frederick, J. (2011). Without impediment: Crossing racial boundaries in colonial Mexico. The Americas, 67(4), 495–520. https://doi.org/10.1353/tam.2011.0072
Holcomb, G. E. (2001). New Negroes, Black Communists, and the New Pluralism. American Quarterly, 53(2), 367–394. https://doi.org/10.1353/aq.2001.0020
Mörner, M. (1969). La mezcla de las razas en la historia de América Latina. Editorial Paidós.
Parker, J. (2004). Capital of the Caribbean: The African American–West Indian Harlem nexus and the transnational drive for Black freedom, 1940–1948. The Journal of African American History, 89(2), 98–117. https://doi.org/10.2307/4134095
Rabell, C. (1992). Matrimonio y raza en una parroquia rural: San Luis de la Paz, Guanajuato, 1715–1810. Historia Mexicana, 42(1), 3–39.
Schwaller, R. C. (2011). Mulata, hija de negro e india: Afro-Indigenous mulatos in early colonial Mexico. Journal of Social History, 44(3), 889–914. https://doi.org/10.1353/jsh.2011.0052
Vinson, B. III. (2000). The racial profile of the rural Mexican province in the Costa Chica: Igualapa in 1791. The Americas, 57(2), 269–295. https://doi.org/10.1353/tam.2000.0008














