La lucha por el internacionalismo: El comunismo debe ser internacionalista o no ser nada

No hay rincón del mundo que no haya sido tocado por la crisis del capitalismo, una crisis que se ha expresado en una profunda inestabilidad política, económica y social. Las agresiones imperialistas por parte de los Estados Unidos al hemisferio occidental y particularmente a los países de América Latina, la bancarrota de la economía europea y los constantes ataques a las condiciones de vida de la clase trabajadora mundial evidencian esto. Se trata de, justamente, una crisis internacional. El capitalismo en su etapa de decadencia senil deja de conocer fronteras. Las guerras, los genocidios y la crisis son reflejo de una barbarie a escala global. La perspectiva, entonces, que adopte la juventud y el movimiento obrero debe ser internacional. Es este el principio del internacionalismo.

Fue a partir de este principio que Marx y Engels fundaron en 1864 la Asociación Internacional de Trabajadores (hoy conocida como la Primera Internacional), que buscaba construir la organización mundial del proletariado y establecer consigo los cimientos para una revolución mundial. Aunque es cierto que, poco después de la derrota de la Comuna de París, la AIT fue desintegrada, la necesidad de una Internacional revolucionaria no desapareció. Fue entonces que, en 1889, se fundó formalmente la II Internacional Comunista.

La Gran Guerra y la II Internacional

La II Internacional representó un enorme salto cualitativo a partir de la Primera. Establecida formalmente en el marxismo, su programa logró conectar con las masas de todo el mundo. Sin embargo, el periodo en el que se construyó esta Internacional fue uno de un auge relativo del capitalismo, provocando que entre las filas de la socialdemocracia comenzaran a surgir elementos oportunistas. Aunque en palabras la II Internacional tenía como fin último la revolución proletaria, en realidad gradualmente comenzaron a ceder cada vez más al reformismo.

Delegados al Congreso Internacional Socialista de Copenhague en 1910. Alexandra Kollontai toma de la mano a Clara Zetkin. Detrás de ellas está Rosa Luxemburgo.

El mayor desafío de la socialdemocracia llegaría a principios del nuevo siglo. En vísperas de la guerra imperialista, la II Internacional advirtió del peligro que se avecinaba, instando a los trabajadores del mundo a “luchar decididamente por la paz”. En el Manifiesto de Basilea, aprobado en 1912, la Internacional se posicionaba firmemente en contra de cualquier conflicto imperialista  en favor de “la fuerza de la solidaridad internacional del proletariado”.  

Sin embargo, en agosto de 1914, el Partido Socialdemócrata Alemán declaró su apoyo incondicional a la guerra alemana contra Rusia orquestada por su burguesía nacional. Durante las siguientes semanas, el resto de los partidos socialdemócratas que integraban la II Internacional siguieron su ejemplo, votando con una mayoría devastadora a favor de la Guerra Imperialista. Tan solo un puñado de elementos se mantuvo firme a los principios marxistas: principalmente Luxemburgo y Liebknecht en Alemania y los bolcheviques en Rusia.

Inmediatamente después de esta traición, Lenin declaró completamente muerta a la II Internacional, proclamando la necesidad de una nueva Internacional que verdaderamente sirviera como un instrumento para que el proletariado mundial llegara al poder, una Internacional que se mantuviera firme a una línea revolucionaria basada en los principios del internacionalismo proletario y la independencia de clase frente a la burguesía. Fue así como nació la III Internacional.

La Revolución Traicionada

La defensa del internacionalismo proletario regresó a la orden del día en 1924. Tan solo unos meses después de la muerte de Lenin, se publicaría en Pravda un artículo escrito por Iosif Stalin, postulando por primera vez el desarrollo del “socialismo en un país”. En este artículo, Stalin planteaba la edificación del socialismo aislado como “perfectamente posible y probable”, una postura que recuperaba las tendencias oportunistas de la II Internacional y de los mencheviques, y que representaba una revisión total del marxismo: el abandono del internacionalismo proletario a favor del ‘nacionalismo socialista’.

La posición de Stalin se basaba en la noción de que los recursos materiales de un solo país serían suficientes para impulsar el desarrollo de la economía nacional y edificar un estado socialista fortalecido. Esta concepción, sin embargo, fallaba justamente en considerar que el capitalismo dejó de conocer cualquier tipo de frontera desde principios del siglo XX. Lejos de fortalecer a un Estado obrero, la edificación de una economía socialista bajo los confines de una sola nación solamente lo condena al aislamiento, una muerte lenta. Tal es, por ejemplo, el panorama presente  en Cuba.  

Por su parte, la teoría de la revolución permanente, formulada por León Trotski a partir de las lecciones sacadas de la revolución rusa de 1905, se cimienta profundamente en los principios del internacionalismo. Trotski planteaba que la revolución no debía detenerse solamente con las tareas de la revolución burguesa (como lo es por ejemplo la reforma agraria del sistema feudal o la lucha por la independencia nacional), sino que estas tareas democráticas debían asumirlas el proletariado e inmediatamente continuar con aquellas de la revolución proletaria (la socialización de los medios de producción y la economía planificada por los trabajadores). Además, sostenía que la revolución debía hacer todo lo posible para que esta se expandiera internacionalmente. Es este el enfoque ‘permanente’ de la teoría.

Trotski planteaba que la revolución no debía detenerse solamente con las tareas de la revolución burguesa sino que estas tareas democráticas debían asumirlas el proletariado e inmediatamente continuar con aquellas de la revolución proletaria.

Trotski libró la batalla contra las teorías revisionistas que surgieron tras la muerte de Lenin —Stalin con la teoría del “socialismo en un solo país” y Bujarin con la teoría del “socialismo a paso de tortuga”—, una batalla que eventualmente le costaría la vida: la lucha en defensa del marxismo. Comprendía que la adopción de cualquiera de estas concepciones implicaría bajar la bandera del internacionalismo proletario, aislando completamente a la Unión Soviética y sometiéndola a un proceso de degeneración que inevitablemente traería consigo su colapso, como habría de ocurrir en 1991.

Ninguna guerra excepto la guerra entre clases

Uno puede, al analizar estos procesos históricos, darse cuenta de la amenaza existencial que representa el internacionalismo para la burguesía y sus aliados, que se puede ver reflejada, incluso, en el fin violento de varios internacionalistas a lo largo de la historia. Esto se explica en que el internacionalismo proletario representa al marxismo en su máxima expresión: representa la lucha por la revolución mundial, por la completa victoria de la clase trabajadora en todo el mundo, por la liberación de la humanidad.  

El internacionalismo no es solo una consigna abstracta, sino que parte de un entendimiento científico del papel que juega el proletariado en el modo de producción capitalista: por su rol tan importante en la economía, es capaz de paralizar todo si el proletariado decide dejar de moverse. El internacionalismo representa, entonces, el más directo de los ataques contra la burguesía, quien, para mitigar esta amenaza, ha utilizado cada arma a su disposición, sea una celda, un piolet o una bala. 

El internacionalismo no es solo una consigna abstracta, sino que parte de un entendimiento científico del papel que juega el proletariado en el modo de producción capitalista.

De frente a un panorama lleno de guerras, genocidios e incertidumbre, una capa sustancial de la juventud y del proletariado está llegando a la conclusión correcta de que no se tratan de hechos aislados, sino de las consecuencias de un sistema decrépito y senil que no tiene ningún escrúpulo en subyugar y masacrar pueblos enteros en tanto esto le genere una ganancia. Los ataques a Venezuela en enero y la presente amenaza a la Revolución cubana por parte de la Casa Blanca no son sino la máxima demostración de esto.

El internacionalismo proletario significa que la clase trabajadora mexicana, estadounidense y mundial no pueden quedarse ajenas a los conflictos imperialistas y la subordinación de los gobiernos burgueses dependientes, sino que deben de luchar por el control económico y político que detenga la barbarie actual. Frente a un mundo en llamas, es importante que la bandera bajo la que se reúnan las masas revolucionarias sea una sola, independientemente de naciones o fronteras. Al respecto, nuestra postura es firme: El comunismo debe ser internacionalista o no ser nada. Esa es la herencia que defendemos. 

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Author: Antonio Mejía

Militante del Partido Comunista Revolucionario (PCR), sección mexicana de la Internacional Comunista Revolucionaria (ICR).