Hay que vivir en el país para sentirlo. En nuestro quehacer político y social las cosas más sencillas se complican y las más complicadas se trivializan. Es el resultado del colonialismo que no permite, ni educa, para que podamos tener la justa medida de los hechos y actuar en correspondencia.
La Gobernadora acaba de conmemorar sus primeros 100 días de nada. En su resumen de naderías no hay una sola palabra sobre la transformación de las reglas de comercio internacional que está pretendiendo imponer al mundo el presidente Trump, su correligionario republicano. Tampoco ha emitido juicio público formal de las mismas o sobre su impacto concreto en el país. Mucho menos ha dicho sobre las medidas que adoptará su administración para aliviar la carga del pueblo ante el resultado adverso que se atisba tendrán las mismas.
La Junta Dictatorial, que gobierna el país de facto, tampoco ha hecho expresión pública alguna sobre la guerra comercial que ha desatado su jefe político. A la luz del nuevo escenario económico que se vislumbra los encargados de supervisar, dirigir y controlar la economía colonial, tienen la responsabilidad insoslayable de decirle al país cómo van a culminar el proceso del ajuste de la deuda, enderezar las finanzas públicas y hacer que la colonia regrese a los mercados internacionales del capital. Es hora de evidenciar que se toman en serio su trabajo.
Nada podemos esperar del bipartidismo. Tanto el Partido Nuevo Progresista como el Partido Popular Democrático solo tienen un fin, llegar a la administración de la colonia y repartirse el botín de los contratos y nada los desvía ni los desenfoca de ese objetivo central. Para éstos, la vida sigue igual.
La oposición al bipartidismo organizada en formaciones políticas, independentistas y fundamentalistas, andan entretenidos en la reacción al nadismo de sus adversarios y su aportación a la compresión del principal asunto público ha sido igualmente nula.
También puede decirse lo mismo de las otras otras organizaciones de la llamada sociedad civil. Los sindicatos, la Iglesia y las organizaciones sin fines de lucro, por no hablar de las tradicionales organizaciones de los empresarios cuyas expresiones han sido de asombro ante la incertidumbre generada y la repetición de sus propuestas de alivios de impuestos a sus negocios.
Ante esta apabullante realidad los todólogos de la radio y la televisión van tomando posiciones para mantenerse ecuánimes y distantes de cualquier compromiso que afecte sus fuentes de ingreso presentes o futuras. Su orientadora palabra diaria se divide entre los que esperan lo mejor de los cambios impuestos y los que anuncian un desastre pero no ofrecen alternativa alguna para aliviar la carga que gravitará sobre la mayoría del pueblo.
Mientras tanto, en la sencillez de los hechos, nuestro apacible pueblo sigue esperando el diluvio que viene sin capa, sin paraguas, sin diques que contengan el desastre y lo que es peor, solos en la ignorancia de la realidad.¿Hasta cuándo?














